El mapa de la gravedad terrestre no es un globo perfecto y uniforme. Si pudiéramos “ver” cómo se reparte la atracción gravitatoria del planeta, aparecerían pequeñas colinas y depresiones invisibles para el ojo humano. Una de las más llamativas se esconde bajo la Antártida: una anomalía persistente que, lejos de ser un capricho matemático, conserva la memoria de cómo se movió el interior de la Tierra durante decenas de millones de años.
Una anomalía que no está en el hielo, sino en el manto

Cuando los científicos hablan del llamado “agujero de gravedad” de la Antártida, no se refieren a un vacío literal, sino a una depresión del geoide: la superficie teórica que representa cómo varía el campo gravitatorio terrestre. En esa región, la gravedad es ligeramente menor que la media global.
La explicación no está en el hielo, ni siquiera en la forma del continente, sino mucho más abajo, explica el estudio publicado en Scientific Reports. Los modelos recientes indican que la causa principal reside en la distribución de masas en el manto terrestre, la capa caliente y viscosa situada entre la corteza y el núcleo. Allí, el movimiento lento del material rocoso puede generar regiones más densas o más ligeras que alteran la gravedad medida en la superficie.
Un viaje de 70 millones de años por el interior del planeta
Para reconstruir el origen de esta anomalía, los investigadores han simulado cómo se ha movido el manto terrestre desde finales del Cretácico, cuando los dinosaurios aún dominaban el planeta. En aquel momento, la depresión gravitatoria no estaba bajo la Antártida, sino desplazada hacia el sur del océano Atlántico.
Con el paso de los millones de años, esa “huella” interna migró hasta quedar anclada bajo el continente antártico. Este desplazamiento coincide con grandes reorganizaciones del interior de la Tierra y con cambios en la posición relativa de las masas continentales. La anomalía no es estática: su intensidad y localización han variado en paralelo a la dinámica profunda del planeta.
Lo que el interior de la Tierra dice sobre el hielo

El estudio sugiere que, bajo la Antártida, existe desde hace decenas de millones de años una corriente ascendente de material del manto, más caliente y menos denso. Ese ascenso habría contribuido a elevar partes del basamento rocoso del continente y a modelar su relieve oculto bajo kilómetros de hielo.
Este detalle importa porque la topografía subglacial condiciona cómo se forman y se comportan los grandes glaciares. Las montañas enterradas, los valles profundos y las zonas elevadas influyen en la estabilidad de las capas de hielo y en la forma en que estas interactúan con el océano circundante.
Gravedad, nivel del mar y una conexión menos obvia

La anomalía gravitatoria también tiene efectos sutiles sobre el nivel relativo del mar en la región. Donde la gravedad es ligeramente menor, el océano “tiende” a situarse a una altura diferente que en otras partes del planeta. En escalas geológicas, estas variaciones pueden influir en cómo se acumula el hielo y en cómo responde el sistema antártico a los cambios climáticos.
No se trata de una causa directa del calentamiento actual, pero sí de un condicionante de fondo: el escenario físico sobre el que actúan los procesos climáticos modernos fue moldeado por la dinámica interna del planeta mucho antes de que existieran los casquetes polares tal como los conocemos hoy.
La Antártida como archivo de la historia profunda de la Tierra
Este tipo de estudios refuerzan una idea incómoda pero poderosa: el clima, el nivel del mar y la forma de los continentes no dependen solo de la atmósfera o de los océanos. Están conectados, en parte, con procesos que ocurren a miles de kilómetros bajo nuestros pies, en un planeta que sigue “vivo” por dentro.
La Antártida, vista desde el espacio como un desierto blanco e inmóvil, resulta ser un archivo geológico en movimiento lento. Bajo su hielo se conserva la huella de un planeta que nunca ha dejado de reconfigurarse, incluso cuando en la superficie todo parece congelado en el tiempo.