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Ciencia

Un muro que nadie verá podría convertirse en la última defensa de la Antártida. El plan de 80.000 millones quiere desplegar una cortina de 80 kilómetros a 650 metros bajo el océano para frenar al glaciar Thwaites

La estructura no detendría el cambio climático ni reconstruiría el hielo perdido. Su misión sería mucho más desesperada: desviar las corrientes cálidas que derriten el glaciar desde abajo y comprar varias décadas antes de que el aumento del nivel del mar resulte todavía más difícil de contener.
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No sería una presa, tampoco una muralla de hormigón ni una barrera visible desde la superficie. Permanecería oculta bajo uno de los mares más hostiles del planeta, sostenida por enormes anclajes y extendida durante unos 80 kilómetros frente a la costa de la Antártida Occidental.

Esa es la idea que estudia el Seabed Anchored Curtain Project: construir una cortina flexible de aproximadamente 150 metros de altura en un fondo oceánico situado a unos 650 metros de profundidad. Su objetivo sería bloquear parcialmente el agua cálida que se desplaza cerca del lecho marino y alcanza la base del glaciar Thwaites, uno de los puntos más vulnerables de toda la capa de hielo antártica.

El proyecto resulta tan enorme como el problema que intenta contener. Un estudio publicado en 2026 en Geophysical Research Letters estima que Thwaites podría perder entre 180.000 y 200.000 millones de toneladas de hielo al año hacia 2067, una cantidad comparable con la pérdida anual actual de toda la Antártida. Pero existe un detalle fundamental: la cortina todavía no está aprobada y nadie se prepara para instalarla mañana. El equipo busca reunir las pruebas necesarias para que una decisión pueda tomarse dentro de unos 15 años.

El verdadero enemigo de Thwaites no está sobre el hielo, sino debajo

Un muro que nadie verá podría convertirse en la última defensa de la Antártida. El plan de 80.000 millones quiere desplegar una cortina de 80 kilómetros a 650 metros bajo el océano para frenar al glaciar Thwaites
© NASA/OIB/Jeremy Harbeck.

Thwaites tiene unos 120 kilómetros de anchura y contiene suficiente hielo como para elevar el nivel medio del mar aproximadamente 65 centímetros si desapareciera por completo. Además, ayuda a contener otras grandes masas de la Antártida Occidental, por lo que su retirada podría favorecer pérdidas mucho mayores a largo plazo. En la actualidad ya representa alrededor del 4% del aumento global del nivel del mar.

Su debilidad se encuentra bajo la superficie. Buena parte del glaciar descansa sobre un terreno situado por debajo del nivel del mar que se hace más profundo hacia el interior del continente. El agua circumpolar profunda modificada (relativamente cálida y salada) puede avanzar por canales del fondo oceánico, penetrar bajo las plataformas flotantes y derretir el hielo cerca de la línea donde deja de tocar el terreno.

Una investigación publicada en Nature Communications mostró hasta qué punto el sistema es delicado. La descarga de varios lagos situados debajo del glaciar generó una columna de agua que duplicó temporalmente el deshielo oceánico bajo Thwaites. El episodio también contribuyó al adelgazamiento de la plataforma y al retroceso de su línea de apoyo.

La cortina intentaría intervenir precisamente allí. Al elevarse desde el fondo, dificultaría el paso de las capas de agua profunda más cálidas, pero permitiría que el agua fría y menos salada procedente del deshielo continuase circulando por encima. No tendría que cerrar todo el océano: bastaría, al menos en teoría, con modificar el flujo que atraviesa algunos corredores submarinos estratégicos.

No sería una pared rígida: el diseño se parece más a una persiana gigantesca

Un muro que nadie verá podría convertirse en la última defensa de la Antártida. El plan de 80.000 millones quiere desplegar una cortina de 80 kilómetros a 650 metros bajo el océano para frenar al glaciar Thwaites
© Dra. Britney Schmidt/ITGC.

Las primeras propuestas describen una sucesión de paneles de tejido reforzado, parcialmente superpuestos y sujetos mediante sistemas de fondeo. Elementos de flotación mantendrían las secciones levantadas, mientras su flexibilidad les permitiría ceder ante las corrientes en lugar de enfrentarse a ellas como una pared completamente rígida.

Construir una barrera de 80 kilómetros en aguas de unos 600 o 650 metros de profundidad podría costar entre 40.000 y 80.000 millones de dólares, repartidos durante aproximadamente una década. A esa cifra habría que sumar entre 1.000 y 2.000 millones de dólares anuales para mantenimiento. Son cálculos preliminares, no un presupuesto definitivo, pero sirven para entender la escala del desafío.

También explican por qué el proyecto ha comenzado con pasos bastante menos espectaculares. Entre enero y marzo de 2026, una expedición surcoreana desplegó amarres robóticos en la región de Pine Island y Thwaites para registrar temperatura, salinidad, turbulencias y corrientes. El equipo también prepara un gemelo digital tridimensional del mar de Amundsen y pruebas de prototipos en un fiordo noruego antes de considerar ensayos mayores en Svalbard.

Actualmente, la iniciativa intenta recaudar 10 millones de dólares para financiar esa fase de observación, modelado y desarrollo. El salto entre esa investigación inicial y una obra completa de decenas de miles de millones sigue siendo gigantesco.

La cortina podría comprar tiempo, pero también crear un problema nuevo bajo el océano

Un muro que nadie verá podría convertirse en la última defensa de la Antártida. El plan de 80.000 millones quiere desplegar una cortina de 80 kilómetros a 650 metros bajo el océano para frenar al glaciar Thwaites
© Peter Davis/British Antarctic Survey/ITGC.

Incluso sus defensores reconocen que la barrera no salvaría la Antártida por sí sola. Su objetivo sería reducir el ritmo del deshielo y ofrecer más tiempo para recortar emisiones, adaptar las ciudades costeras y mejorar las previsiones. Tampoco existe todavía evidencia de que una estructura de ese tamaño pueda sobrevivir durante décadas entre corrientes, sedimentos, hielo marino, tormentas y operaciones de mantenimiento extremadamente remotas.

Las críticas van más lejos. Alterar la circulación del agua podría modificar el transporte de nutrientes, la oxigenación, la sedimentación y los ecosistemas del fondo marino. Además, cualquier intervención de semejante escala necesitaría evaluaciones ambientales y un acuerdo internacional compatible con el sistema que protege la Antártida. El propio proyecto señala que una posible instalación dependería de pruebas científicas sólidas, salvaguardas ambientales y coordinación internacional.

Algunos investigadores también temen que estas soluciones distraigan recursos y atención de la reducción de gases de efecto invernadero. Otros sostienen que ambas estrategias no son incompatibles: aunque las emisiones descendieran con rapidez, parte del calentamiento oceánico y del aumento del nivel del mar ya está comprometida.

La cortina submarina nace precisamente de esa incómoda posibilidad. Quizá reducir las emisiones ya no sea suficiente para proteger todos los glaciares vulnerables y la humanidad tenga que intervenir directamente en lugares que hasta ahora parecían intocables. No sería una solución elegante ni definitiva. Sería una obra colosal construida para obtener algo que el glaciar Thwaites está perdiendo cada vez más rápido: tiempo.

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