Durante décadas, la pelvis de los neandertales fue tratada como otra de las muchas rarezas anatómicas que separaban a aquellos humanos robustos de nosotros. Una pelvis diferente para un cuerpo diferente. El problema es que quizá llevábamos todo este tiempo mirando la evolución desde el lado equivocado.
La pista llega de Kebara 2, el esqueleto parcial de un neandertal adulto descubierto en la cueva de Kebara, en Israel. Su pelvis es una de las mejor conservadas del registro fósil neandertal y reconstrucciones anteriores ya habían permitido estudiar con gran precisión su anatomía. Ahora, un equipo encabezado por Yoel Rak y Juan Luis Arsuaga la ha comparado con pelvis fósiles y modernas para proponer algo sorprendente: la configuración ancestral sería la neandertal y la gran innovación habría aparecido después en los varones de nuestra propia especie.
Todo cambia por unos pocos centímetros en nuestra cadera

El secreto está en los acetábulos, las cavidades de la pelvis donde se insertan las cabezas de los fémures.
En los hombres actuales están situados más hacia delante que en Kebara 2 y que en las mujeres modernas. Al escalar la pelvis neandertal hasta unas dimensiones comparables con las de un hombre actual, el estudio calcula una diferencia de unos 2,6 centímetros en la posición de la articulación. Parece poco, pero biomecánicamente puede cambiar bastante las cosas.
Ese desplazamiento habría transformado también otras partes de la pelvis masculina de Homo sapiens. La rama superior del pubis se hizo más corta y robusta y cambió la relación entre la articulación de la cadera, los músculos y la línea sobre la que actúa el peso corporal. No serían modificaciones independientes, sino partes de un mismo sistema mecánico. Y ahí aparece la hipótesis más llamativa del estudio.
Los investigadores proponen que, al apoyar el pie, la disposición de nuestra pelvis permite que determinados músculos flexores y aductores se tensen y absorban parte de la caída del centro de masas. Esa energía podría almacenarse temporalmente y liberarse después al continuar el paso.
Dicho de otra forma: la pelvis masculina moderna podría comportarse parcialmente como un muelle.
La pelvis neandertal se parece sorprendentemente a la de las mujeres actuales

El resultado más desconcertante de la comparación es que algunos rasgos funcionales de las pelvis masculinas neandertales están más cerca de las mujeres modernas que de los hombres modernos.
Eso no significa que los neandertales masculinos tuvieran una pelvis “femenina”. La interpretación de los investigadores es mucho más interesante: ambos conservarían características de una arquitectura ancestral, mientras que los varones de Homo sapiens desarrollaron posteriormente la posición adelantada de las caderas.
¿Por qué las mujeres no siguieron exactamente el mismo camino evolutivo? Los autores apuntan al parto. Modificar más profundamente la forma y dimensiones de la pelvis habría interferido con las exigencias obstétricas, limitando hasta dónde podía transformarse su anatomía.
Los neandertales, por supuesto, no caminaban mal. Eran bípedos plenamente funcionales y recorrían territorios extensos. Lo que cambia es la posibilidad de que Homo sapiens desarrollara posteriormente una especialización diferente.
Una adaptación perfecta para una especie que terminó caminando por medio planeta
La consecuencia resulta especialmente sugerente porque encaja con una característica extraordinaria de nuestra historia: somos una especie capaz de desplazarse enormes distancias.
Si cada paso permite amortiguar el impacto y recuperar incluso una pequeña cantidad de energía, la ventaja puede acumularse después de miles de pasos. Los autores creen que ese mecanismo podría haber sido especialmente beneficioso durante caminatas prolongadas. Pero hay un matiz fundamental: todavía es una hipótesis biomecánica.
El propio estudio advierte que no se ha demostrado experimentalmente que esta arquitectura produzca un ahorro energético neto durante la marcha de larga distancia. Harán falta modelos musculoesqueléticos y experimentos capaces de medir fuerzas, movimiento y consumo energético para comprobarlo.
Eso convierte a Kebara 2 en una pieza todavía más fascinante. Su pelvis no solo permite reconstruir cómo era un neandertal hace decenas de miles de años. Está ayudándonos a descubrir qué cambió en nuestro propio cuerpo cuando Homo sapiens se convirtió en una especie construida para seguir caminando.