Flotar sobre la Tierra a más de 400 kilómetros de altura puede parecer tranquilo desde las retransmisiones de la NASA. Todo parece lento, silencioso y casi elegante. Pero fuera de la Estación Espacial Internacional no existe margen real para el error. Un pequeño fallo técnico, una fuga imperceptible o un fragmento diminuto de basura espacial pueden convertir una operación rutinaria en una emergencia mortal en cuestión de segundos. Y aun así, las caminatas espaciales siguen siendo esenciales.
Cuenta El Debate que este miércoles, los cosmonautas Sergey Kud-Sverchkov y Sergei Mikaev saldrán al exterior de la Estación Espacial Internacional para instalar un experimento de radiación solar en el módulo Zvezda y retirar varios equipos científicos del segmento ruso de la estación. La misión, organizada conjuntamente por Roscosmos y la NASA, durará aproximadamente cinco horas. Pero detrás de cada EVA (siglas en inglés de actividad extravehicular) existe un nivel de riesgo que pocas veces resulta visible desde la Tierra.
El espacio exterior sigue siendo uno de los entornos más hostiles imaginables para un ser humano
La lista de amenazas es enorme. Fuera de la estación no hay aire, ni presión atmosférica, ni temperatura estable. Tampoco existe protección natural frente a la radiación solar o los impactos de micrometeoritos y fragmentos de basura espacial. Por eso los trajes espaciales funcionan básicamente como pequeñas naves individuales.
Cada escafandra debe mantener presión interna constante, suministrar oxígeno, eliminar dióxido de carbono, controlar la temperatura corporal y proteger al astronauta frente a partículas que viajan a decenas de miles de kilómetros por hora. Y todo eso mientras la persona trabaja usando guantes rígidos, herramientas complejas y movimientos extremadamente limitados.
Un estudio publicado en npj Microgravity resumía el problema de forma bastante directa: las caminatas espaciales siguen siendo “una de las actividades más peligrosas de toda la exploración humana”.
La historia de las EVA está llena de incidentes que estuvieron muy cerca de terminar en tragedia
Uno de los ejemplos más famosos ocurrió en 1965, durante la primera caminata espacial de la historia. El cosmonauta soviético Alexéi Leónov salió al vacío… y descubrió rápidamente un problema inesperado: su traje comenzó a inflarse debido a la diferencia extrema de presión. El volumen de la escafandra aumentó tanto que ya no podía volver a entrar por la escotilla de la nave.
La situación era crítica. Leónov tomó entonces una decisión extremadamente peligrosa: redujo manualmente la presión de oxígeno de su traje hasta niveles cercanos al desmayo para conseguir que la escafandra se encogiera lo suficiente como para atravesar la compuerta.
Funcionó. Pero estuvo a centímetros de convertirse en la primera muerte humana en el espacio. Décadas después, otro incidente volvió a demostrar lo vulnerable que sigue siendo una EVA.
Luca Parmitano estuvo a punto de ahogarse dentro de su propio casco

En 2013, durante una caminata espacial aparentemente rutinaria, el astronauta italiano Luca Parmitano comenzó a notar agua dentro de su casco. Al principio parecía una molestia menor. Luego el líquido siguió acumulándose.
El agua terminó cubriendo parte de su rostro, afectando la audición, dificultando la comunicación y dejándolo prácticamente ciego. Parmitano logró regresar a la estación casi sin orientación visual mientras el agua continuaba moviéndose dentro del casco en microgravedad.
Más tarde se descubrió que el problema había sido provocado por un fallo técnico en el sistema de refrigeración del traje. La NASA calificó posteriormente el incidente como uno de los accidentes más graves en la historia moderna de las caminatas espaciales.
El espacio también obliga a soportar cambios térmicos brutales
Uno de los aspectos menos intuitivos de las EVA es la temperatura. En órbita, los astronautas pueden pasar rápidamente de zonas expuestas directamente al Sol a regiones completamente sumidas en sombra. Y eso provoca diferencias térmicas extremas.
Las superficies iluminadas pueden alcanzar unos 120 grados Celsius, mientras que las áreas en sombra descienden hasta aproximadamente -160 grados. Más de 270 grados de diferencia entre “día” y “noche” orbital.
Los trajes deben gestionar constantemente ese desequilibrio térmico para impedir que el astronauta sufra sobrecalentamiento o congelación. Y todo eso ocurre mientras el cuerpo trabaja físicamente bajo gran esfuerzo.
Incluso moverse resulta agotador dentro de un traje espacial

Los movimientos durante una caminata espacial parecen lentos por una razón muy concreta: los trajes son extremadamente rígidos. Cada flexión de brazos, piernas o manos exige fuerza constante para vencer la presión interna de la escafandra. Eso aumenta enormemente el gasto energético y provoca fatiga relativamente rápida.
Las tareas delicadas se vuelven especialmente difíciles. Ajustar tornillos, manipular herramientas o instalar equipos científicos requiere precisión en un entorno donde los movimientos nunca son completamente naturales.
Por eso la NASA considera que las EVA implican una carga física y cognitiva muy elevada. Los astronautas deben trabajar, orientarse, controlar sistemas vitales y reaccionar ante posibles emergencias simultáneamente mientras flotan en un entorno letal.
La basura espacial se ha convertido en otro de los grandes peligros invisibles
El problema ya no es únicamente el vacío. Miles de fragmentos metálicos, restos de satélites y pequeñas partículas orbitan la Tierra a velocidades enormes. Incluso un objeto diminuto puede perforar un traje espacial o dañar seriamente la estación.
En 2021, la NASA llegó a cancelar una caminata espacial debido al riesgo de impacto de basura orbital cerca de la ISS. Y la situación podría empeorar en las próximas décadas. A medida que aumentan los lanzamientos y las constelaciones de satélites, el entorno orbital terrestre se vuelve progresivamente más congestionado.
Las futuras misiones lunares y marcianas harán estas operaciones todavía más complejas
La Estación Espacial Internacional al menos permanece relativamente cerca de la Tierra. En caso de emergencia, la tripulación puede regresar relativamente rápido. La Luna y Marte cambiarán completamente ese escenario. Las futuras caminatas espaciales deberán realizarse bajo radiación más intensa, gravedad parcial, retrasos de comunicación y entornos muchísimo más hostiles que la órbita terrestre baja.
Por eso las agencias espaciales ya entrenan astronautas mediante simulaciones híbridas y sistemas de realidad virtual capaces de recrear futuras EVA lunares y marcianas. Y quizá esa sea la paradoja más interesante de toda esta historia. Porque después de más de medio siglo de exploración espacial, salir al exterior de una nave sigue siendo una de las actividades más peligrosas que puede realizar un ser humano.