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Ciencia

Unos microbios despiertan luego de 40.000 años congelados, se reorganizan y despiertan las alarmas al liberar carbono que llevaba milenios atrapado

Un experimento en Alaska muestra que microbios congelados durante decenas de miles de años pueden revivir, reorganizarse y empezar a liberar CO₂ y metano cuando el permafrost se descongela. Un hallazgo inquietante para el clima global
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La imagen de un organismo reviviendo tras miles de años congelado parece ciencia ficción. Pero en el subsuelo helado del Ártico —ese terreno que permanece congelado de manera continua durante generaciones— esa historia es real. Muestras tomadas en lo más profundo del permafrost de Alaska han revelado que ciertos microbios, atrapados desde épocas en las que los humanos aún no habían levantado sus primeras ciudades, pueden despertar si el hielo se derrite lo suficiente. Y lo más preocupante no es que vuelvan a la vida, sino lo que hacen después: reorganizarse, formar nuevas comunidades y empezar a devorar carbono orgánico, liberando gases climáticos en cuestión de meses.

Este fenómeno no es puntual ni anecdótico. Forma parte de una amenaza difícil de modelar, que podría acelerar el calentamiento global incluso si la humanidad frenase completamente sus emisiones.

Donde el hielo guarda vida dormida desde hace milenios

Alaska
© Kathrine Coonjohn – Unsplash

Las muestras que revelan este proceso se obtuvieron en un túnel excavado al norte de Fairbanks, Alaska, donde el terreno congelado actúa como una cápsula del tiempo. Allí permanecen atrapados restos de vegetación antigua, capas de hielo formadas mucho antes de la agricultura y microbios que quedaron encerrados cuando mamuts y bisontes salvajes dominaban la región.

En esos suelos hay algo más: carbono orgánico acumulado durante miles de años. Es una cantidad gigantesca, aproximadamente el doble del carbono que actualmente circula en la atmósfera. Si empieza a liberarse a gran escala, las consecuencias serían globales.

El investigador Tristan Caro (Caltech) y su equipo han estudiado cómo estos microbios sobreviven en condiciones extremas y qué ocurre cuando se reactivan. El experimento reproduce temperaturas similares a los veranos actuales del Ártico y a episodios cálidos que, hasta hace dos décadas, eran raros.

Cómo se reactivan microbios que llevan 40.000 años sin moverse

Las muestras se mantuvieron meses en cámaras selladas, con niveles muy bajos de oxígeno, para imitar las condiciones del subsuelo. Se incubaron a 4 °C y 12 °C, reflejando dos posibles escenarios: un verano suave y otro anormalmente cálido, cada vez más frecuente.

Para detectar qué células revivían realmente, los científicos añadieron deuterio, una variante pesada del hidrógeno. Si un microbio incorporaba ese átomo en sus membranas, era prueba de que estaba reparando tejidos, creciendo o reorganizando su estructura interna.

El resultado fue inesperado: muchas células despertaron reconstruyendo glicolípidos, unas grasas especializadas que parecen haber sido clave para su supervivencia en el hielo profundo. No solo estaban vivas: estaban activas.

El despertar es lento… hasta que deja de serlo

MicrobiOS MilenariOS
© National Institute of Allergy and Infectious Diseases – Unsplash

Durante el primer mes, la actividad microbiana era casi imperceptible. Solo una fracción minúscula —entre el 0,001 y el 0,01 % de las células— mostraba señales de renovación diaria. Ese retraso ayuda a explicar por qué unos pocos días cálidos no generan grandes emisiones.

Pero a los seis meses la historia cambió por completo. Las comunidades empezaron a reorganizarse, perdieron diversidad inicial y formaron biofilms: capas viscosas que permiten a los microbios trabajar en equipo y metabolizar carbono con mucha más eficiencia. Era una reestructuración completa, muy parecida a lo que ocurre en los suelos actuales, aunque protagonizada por especies congeladas desde el Paleolítico.

A partir de ese momento, la actividad metabólica aumentó y las emisiones comenzaron a ser detectables. Parte de los gases liberados eran burbujas antiguas atrapadas en el hielo, pero otra parte era completamente nueva: CO₂ y metano generados por microbios recién despertados.

Por qué este proceso puede iniciar una retroalimentación peligrosa

La NOAA lleva años advirtiendo de que las temporadas cálidas en el Ártico se prolongan. La capa que cada verano se descongela —conocida como capa activa— ya es más profunda que hace veinte años. Cuando esa zona se expande, oxígeno y agua alcanzan regiones que llevaban aisladas miles de años. El resultado es un cóctel perfecto para la reactivación microbiana.

Si el deshielo continúa profundizándose, puede iniciarse un círculo vicioso: más microbios despiertos producen más gases, esos gases calientan más la atmósfera, el permafrost se derrite más y el proceso vuelve a empezar. Es una de las mayores incertidumbres de los modelos climáticos actuales. Y lo más inquietante: no depende directamente de decisiones humanas, sino de la física del hielo y la biología del suelo.

Qué significa esto para el futuro del clima y de las comunidades árticas

Permafrost
© Himmel S – Unsplash

Los microbios reactivados no afectan solo al clima global. En regiones como Alaska, Siberia o Groenlandia, el permafrost sostiene carreteras, edificios y ecosistemas completos. Cuando el hielo pierde cohesión, las infraestructuras se hunden, los ríos cambian de curso y los humedales se transforman. También se ven afectadas las comunidades indígenas, que dependen de un terreno estable para desplazarse y cazar.

Los investigadores insisten en que no todo el Ártico reaccionará igual. Cada región tiene microbios distintos, ritmos distintos y capas de hielo con historias distintas. Pero la lógica general es inequívoca: si el suelo permanece descongelado durante varios meses seguidos, incluso la vida más antigua puede despertar y reorganizarse.

Separar el gas antiguo del producido por microbios activos será esencial para anticipar cambios y orientar políticas climáticas. El desafío ahora es doble: comprender el ritmo de este despertar y evitar que se convierta en un acelerador irreversible del calentamiento global.

[Fuente: EcoInventos]

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