Un salón sin televisión, un trayecto sin música o unos minutos sin mirar el teléfono pueden sentirse como un descanso para algunas personas. Para otras, esa misma ausencia de estímulos despierta inquietud y activa casi automáticamente la búsqueda de algo que ver, escuchar o consultar.
La tentación consiste en explicar esa diferencia mediante una frontera generacional: quienes tienen entre 55 y 75 años habrían crecido en un mundo menos saturado y, por ello, tolerarían mejor el silencio que los jóvenes. Es una idea razonable, pero la evidencia científica disponible no permite expresarla de una forma tan contundente.
No existe un estudio de referencia que haya establecido específicamente que las personas de ese rango de edad poseen una mayor “tolerancia al silencio”. Lo que sí ha encontrado la psicología son diferencias relacionadas con el aburrimiento, la regulación emocional, el uso de dispositivos y la manera en que cambian las prioridades a lo largo de la vida.
La ciencia ha medido el aburrimiento, no una supuesta tolerancia generacional al silencio
Silencio y aburrimiento no son equivalentes. Una persona puede estar en una habitación completamente silenciosa y mantenerse absorta en sus pensamientos, mientras otra puede aburrirse en un espacio lleno de música, conversaciones y pantallas.
Aun con esa diferencia, los estudios sobre el aburrimiento ofrecen una pista interesante. Una investigación de experiencia cotidiana realizada por Alycia Chin y sus colaboradores encontró que la frecuencia del aburrimiento disminuía con la edad. Según resume la Sociedad Británica de Psicología, los adultos mayores tendían a informar menos episodios de aburrimiento que los participantes jóvenes, aunque la relación no era idéntica en todas las etapas de la vida.
Esto no demuestra que disfruten más del silencio. Puede significar que encuentran más fácilmente significado en actividades tranquilas, que regulan de otra forma sus expectativas o que sienten una necesidad menor de novedad constante.
La propia literatura científica sobre el aburrimiento en la vejez sigue siendo limitada. Una revisión sistemática publicada sobre esta cuestión advirtió que los estudios disponibles están dispersos y que todavía falta un marco claro para comprender cómo se experimenta el aburrimiento entre los adultos mayores.
Envejecer también cambia la manera de gestionar las emociones
Otra explicación posible aparece en la regulación emocional. Las personas no mantienen exactamente las mismas prioridades psicológicas durante toda la vida. Con la edad suele aumentar la atención hacia experiencias emocionalmente significativas y disminuir el interés por estímulos que aportan poco valor personal.
La Asociación Estadounidense de Psicología señala que los adultos mayores tienden, en determinadas circunstancias, a gestionar mejor el estrés que los jóvenes. Esto no implica que sean inmunes a la ansiedad, la soledad o el aburrimiento, sino que la experiencia acumulada y una selección más cuidadosa de las actividades pueden ayudarles a conservar el equilibrio emocional.
Un estudio sobre la dinámica emocional a lo largo de la edad adulta también encontró que una mayor edad estaba asociada con niveles medios superiores de tranquilidad y relajación. Los investigadores no estudiaron específicamente el silencio, pero sus resultados encajan con la idea de que la calma puede adquirir un valor distinto al avanzar la vida.
También hay diferencias en la cantidad de opciones que cada grupo considera deseable. Un trabajo de Andrew Reed, Joseph Mikels y Kosali Simon encontró que los adultos mayores preferían, en promedio, aproximadamente la mitad de alternativas que los jóvenes en distintas decisiones cotidianas. Según explicaron los autores, esta preferencia podría estar relacionada con una mayor priorización del bienestar emocional y una menor necesidad de maximizar cada elección.
El resultado no habla de sonidos ni de teléfonos. Sí sugiere que “más” no siempre significa “mejor” y que, con la edad, algunas personas pueden necesitar menos estímulos para sentirse satisfechas.
Haber crecido sin móviles es una explicación posible, no una certeza biológica

Quienes hoy tienen entre 55 y 75 años atravesaron buena parte de su infancia y juventud sin internet, redes sociales o teléfonos inteligentes. Los periodos sin entretenimiento inmediato eran más habituales, pero eso no significa que todas esas personas crecieran en entornos silenciosos ni que el cerebro quedara programado de forma permanente para preferir la calma.
El contexto tecnológico puede moldear hábitos. Revisar el móvil ante cualquier pausa, escuchar contenido mientras se realiza otra actividad o utilizar vídeos para evitar el aburrimiento son comportamientos que pueden reforzarse mediante la repetición.
Un amplio estudio francés publicado en JMIR Mental Health encontró que los comportamientos problemáticos relacionados con móviles y redes sociales eran más pronunciados entre los grupos de menor edad. Sin embargo, la investigación estudió patrones compulsivos de utilización, no la capacidad de permanecer en silencio.
Por eso, atribuir la diferencia únicamente al mundo en el que cada generación creció sería simplificar demasiado. La edad, la personalidad, el trabajo, la salud, la soledad, la educación, el entorno familiar y los hábitos digitales pueden intervenir al mismo tiempo.
Estar a solas con los pensamientos tampoco resulta fácil para todo el mundo
La dificultad para permanecer sin estímulos no nació con TikTok ni con los teléfonos inteligentes. En un conocido experimento publicado en Science en 2014, algunos participantes prefirieron administrarse una descarga eléctrica leve antes que pasar varios minutos sin ninguna actividad externa y limitándose a pensar.
El experimento recibió críticas posteriores sobre su interpretación y no permite concluir que las personas “prefieran el dolor al silencio” en términos generales. Aun así, mostró que permanecer a solas con los pensamientos puede resultar incómodo incluso cuando no hay una pantalla involucrada.
El problema tampoco es necesariamente el silencio físico. Al desaparecer las distracciones pueden aparecer preocupaciones, recuerdos o pensamientos repetitivos que la actividad cotidiana mantenía en segundo plano. Para una persona, la calma representa descanso; para otra, puede convertirse en un espacio difícil de gestionar.
El silencio ayuda cuando se elige, no cuando se confunde con aislamiento
Los momentos de baja estimulación pueden favorecer la atención, la reflexión y la recuperación mental, pero eso no convierte cualquier forma de silencio en beneficiosa. El silencio voluntario no es lo mismo que la soledad no deseada, el aislamiento social o la falta de actividades significativas.
La investigación sobre adultos mayores muestra precisamente esta ambivalencia. El aburrimiento persistente en edades avanzadas se ha relacionado con peores resultados psicológicos y funcionales, especialmente cuando aparece junto con una visión negativa del envejecimiento o una pérdida de control sobre la vida cotidiana.
Por tanto, no sería correcto idealizar a todas las personas mayores como si hubieran aprendido automáticamente a estar en paz con la quietud. Muchas sufren aburrimiento, aislamiento y falta de estimulación, del mismo modo que muchos jóvenes disfrutan leyendo, caminando o permaneciendo en completo silencio.
La diferencia más sólida que permite defender la evidencia es bastante menos espectacular que el planteamiento inicial: el aburrimiento suele disminuir con la edad y algunas capacidades de regulación emocional pueden mejorar, pero no existe una frontera psicológica demostrada entre una generación que sabe convivir con el silencio y otra que necesita llenarlo.
Quizá la cuestión no dependa tanto del año de nacimiento como de un hábito que todavía puede entrenarse. Permanecer unos minutos sin buscar inmediatamente otro estímulo no pertenece a una generación concreta. Es una forma de atención que algunas personas conservaron y otras tienen que volver a practicar.