Según Daniel Potter, curador de los Museos Nacionales de Escocia, el mito popular de que las antiguas tumbas de Egipto están malditas es una superstición inspirada en la cantidad de representaciones ficticias de momias que llevan consigo alguna maldición. Ahora, lo extraño es que los científicos dicen que sí puede haber una “maldición” real al acecho para los que trafican restos humanos con intenciones non-sanctas.
Es una maldición que llega con la forma de material biológico de riesgo, según explican los investigadores en un trabajo reciente publicado en el International Journal of Cultural Property. Los restos humanos y animales que están momificados suelen contener moho, hongos y en algunos casos, rastros de sustancias químicas tóxicas utilizadas para mantenerlos intactos. Los expertos en conservación se han entrenado para manipular estos restos de manera segura. Pero el trabajo encontró que las transacciones no oficiales y a menudo ilegales, de partes de cuerpos momificados, carecen casi siempre de las precauciones de seguridad que se requieren.
“El surgimiento de Internet y en especial, de las redes sociales, expandió el tráfico internacional y la demanda del legado cultural, y eso incluye a los humanos y animales momificados”, dijo Kirsty Squires, autora principal del trabajo y bioarqueóloga de la Universidad de Staffordshire, en Reino Unido. Son ítems que “exhiben signos de deterioro biológico pero los vendedores no ofrecen ninguna guía para la seguridad en su manipulación y eso sugiere que hay poco conocimiento y directamente, una deliberada omisión de los lineamientos de seguridad”, añadió.
El mal que reside en la realidad
Las tumbas supuestamente malditas no son una marca registrada de Egipto. En la década de 1970 se relacionó a la muerte súbita de más de una decena de científicos en conservación con la apertura de una tumba perteneciente al rey polaco Casimiro IV. Pero unos 20 años después un microbiólogo alemán volvió a analizar las muestras que se habían tomado de la tumba, e identificó rastros de un hongo tóxico, el Aspergillus flavus. Según el equipo de científicos la revelación reencendió el debate en torno a los relatos similares de las “maldiciones”, entre las cuales la más famosa es “la maldición de Tutankamón”, de la década de 1920.

Los hongos pueden ser increíblemente resilientes, y pueden permanecer latentes durante siglos. Pero cuando se abre la tumba y entra aire, se depositan en superficies orgánicas como los pulmones y la piel de una persona que nada sospecha. Sin embargo, ese no es el único riesgo químico que presentan los restos momificados. En el trabajo el equipo detalla elementos comunes en los líquidos de embalsamamiento, que son peligrosos para la salud humana: arsénico, mercurio, plomo y cobre, entre otros. Las prácticas antiguas utilizaban aceites, resinas y condensados de humo. Algunas de estas sustancias pueden causar una leve irritación en la piel, pero otras pueden causar envenenamiento grave, daño a órganos y problemas cardiovasculares y neurológicos, según indica el trabajo.
Riesgos biológicos a demanda
En la extensa tradición de la arqueología los expertos han aprendido (a veces a alto precio) cómo pueden protegerse de los ítems que están analizando. Hay protocolos obvios como los equipos de protección personal, pero los espacios de las colecciones de los museos también se someten a monitoreos y mantenimiento de rutina para mantener a raya el deterioro biológico y la exposición humana, según explican los científicos en el trabajo.
Lamentablemente no se puede decir lo mismo de los vendedores no oficiales de restos humanos. En su trabajo los investigadores recolectaron 128 muestras de evidencia de restos momificados ofrecidos a la venta por redes sociales y plataformas de comercio electrónico entre 20155 y 2025. El equipo luego evaluó el estado de preservación de las muestras, las precauciones de seguridad que se anunciaban, y la ubicación desde donde se enviaría lo vendido.

Tuvieron varias limitaciones debido a las implicancias legales y éticas. Por ejemplo, solo pudieron confirmar el crecimiento microbiano si era evidente y visible en las fotos que brindaba el vendedor. El alcance d ela investigación también se vio limitado a unos pocos países, y el equipo no tuvo acceso a plataformas clandestinas.
La seguridad, ante todo
Sin embargo, en términos biológicos “se reconoce ampliamente” que los tejidos blandos se deteriorarán y que no siempre este deterioro será visible. El tamaño de la muestra, admiten, no es importante pero su trabajo demuestra que “parece haber un mercado activo para este tipo de restos, y se requiere seguir investigando”. En los casos que pudieron confirmar había “evidencia de que se enviaban los restos momificados a compradores nacionales e internacionales, sin consideración por la salud y la seguridad que implican estas acciones”, afirmó Squires.
“Hasta tanto se implementen medidas efectivas el público debe permanecer alerta e informar sobre las ventas de restos momificados a las autoridades y profesionales relevantes. Con más vigilancia e información, podrá salvaguardarse la salud pública y preservar los restos arqueológicos”, añadió.