No todos los avances científicos siguen una línea recta. Algunos pasan años (o décadas) esperando el contexto adecuado para demostrar su valor. El desarrollo de virus diseñados para atacar tumores, iniciado en el Instituto Leloir en la primera década de este siglo, es uno de esos casos.
El equipo liderado por Osvaldo Podhajcer partía de una idea potente: modificar un virus para que pudiera identificar células cancerosas, multiplicarse dentro de ellas y destruirlas desde el interior. La clave no estaba solo en atacar el tumor, sino en hacerlo con precisión, evitando el daño al tejido sano.
Lo que en ese momento era una línea de investigación básica terminó transformándose, con el tiempo, en una plataforma tecnológica compleja. Hoy, tras más de 20 años de trabajo, esa tecnología ha sido licenciada por 12,5 millones de dólares a una empresa estadounidense que cotiza en el Nasdaq. No es el final del camino, pero sí un punto de inflexión claro.
Cómo funciona un virus capaz de atacar tumores desde dentro
El mecanismo detrás de estos desarrollos se basa en los llamados virus oncolíticos, una línea de investigación que busca aprovechar la capacidad natural de ciertos virus para infectar células en división. Las células tumorales, que se replican de forma descontrolada, se convierten en un objetivo ideal.
En este caso, los investigadores trabajaron con adenovirus (comunes en infecciones respiratorias) modificados genéticamente para que solo se multipliquen en células malignas y en su entorno inmediato. Esto incluye no solo el tumor en sí, sino también el tejido que lo sostiene, como vasos sanguíneos y estructuras de soporte.
El resultado es un sistema de ataque doble. Por un lado, el virus destruye directamente las células tumorales al replicarse dentro de ellas. Por otro lado, incorpora lo que se conoce como “payloads”, es decir, genes que estimulan la respuesta inmune del organismo. Esto permite que el sistema inmunológico reconozca y ataque el cáncer incluso en zonas donde el virus no llega de forma directa.
La combinación de estos mecanismos convierte al virus en algo más que un agente destructivo: actúa como una herramienta de precisión que, además, “despierta” al sistema inmune.
De la investigación básica a una plataforma tecnológica compleja

El desarrollo no se detuvo en la idea original. Con el paso de los años, el proyecto evolucionó hasta generar diferentes variantes del virus adaptadas a distintos tipos de cáncer. Uno de ellos está orientado al tratamiento del cáncer de vejiga, otro al cáncer de hígado mediante administración localizada, y un tercero pensado para uso sistémico a través del torrente sanguíneo.
Los resultados en modelos animales han sido prometedores. No solo se ha observado eficacia en la reducción de tumores, sino también un fenómeno especialmente relevante: la respuesta inmunológica se extiende más allá del punto de aplicación. Esto significa que tratar un tumor localizado puede desencadenar una reacción en otras partes del cuerpo.
Ese efecto sistémico es uno de los grandes objetivos de la oncología moderna. No se trata solo de eliminar el tumor visible, sino de activar un mecanismo que permita al organismo combatir la enfermedad en su conjunto.
Un camino marcado por la incertidumbre y los cambios de contexto
A pesar de los avances, el recorrido estuvo lejos de ser lineal. Durante años, la investigación en virus oncolíticos atravesó periodos de escepticismo, especialmente cuando los primeros ensayos clínicos no lograron resultados superiores a otras terapias disponibles.
A eso se sumaron factores externos, como la pandemia de 2020, que frenó inversiones y retrasó acuerdos estratégicos. Sin embargo, el escenario cambió cuando comenzaron a aparecer nuevos resultados positivos con adenovirus, el mismo tipo de plataforma utilizada en este desarrollo.
Casos recientes en la industria, con respuestas clínicas muy favorables en determinados tipos de cáncer, reactivaron el interés global por este enfoque. En ese contexto, la tecnología desarrollada a partir del trabajo inicial en Argentina encontró una nueva oportunidad para avanzar.
Más que una venta: el paso necesario hacia el paciente
La operación con la empresa estadounidense no implica simplemente una transferencia económica. Representa el paso necesario para llevar una tecnología desde el laboratorio hacia el desarrollo clínico, un proceso que requiere infraestructura, inversión y experiencia regulatoria.
El objetivo ahora es demostrar que estos virus son seguros y eficaces en humanos. Si los ensayos clínicos confirman los resultados obtenidos hasta ahora, podrían convertirse en una nueva herramienta dentro del arsenal terapéutico contra el cáncer.
Lo más relevante, sin embargo, es lo que simboliza este caso. No se trata solo de una innovación puntual, sino de un ejemplo claro de cómo la investigación básica (muchas veces subestimada por no tener aplicaciones inmediatas) puede convertirse en una solución concreta años después. Porque, en ciencia, los avances más importantes no siempre son los más rápidos. A veces, los que cambian las reglas del juego son los que tardan más en llegar.