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Ciencia

África lleva 19 años intentando levantar una muralla verde de 8.000 kilómetros contra el Sáhara. Ahora ha descubierto que plantar árboles no siempre era la solución

África lleva casi dos décadas intentando frenar la desertificación con una gigantesca Muralla Verde de 8.000 kilómetros. Pero los resultados han obligado a replantear el proyecto: plantar árboles no siempre funciona y el agua se ha convertido en una pieza fundamental.
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Durante casi dos décadas, África ha perseguido un sueño que parecía sacado de una novela de ciencia ficción: construir una gigantesca muralla de vegetación capaz de atravesar el continente y detener el avance del desierto del Sáhara. Una barrera viva de aproximadamente 8.000 kilómetros, desde Senegal hasta Yibuti, destinada a transformar algunas de las regiones más áridas del planeta.

La idea nació en 2007 y recibió un nombre tan ambicioso como su objetivo: la Gran Muralla Verde de África. Sin embargo, después de 19 años de esfuerzos, los científicos han identificado una paradoja: plantar árboles de forma indiscriminada en regiones secas puede agravar precisamente uno de los problemas que se pretende resolver, la escasez de agua.

Ahora el proyecto está cambiando. En lugar de intentar levantar un bosque continuo, los países africanos están apostando por recuperar suelos, restaurar la vegetación autóctona y aprovechar mejor las precipitaciones. Y los últimos resultados muestran tanto avances reales como la enorme distancia que todavía separa al continente de sus objetivos.

África quiso detener el Sáhara con millones de árboles, pero la naturaleza tenía otros planes

África lleva 19 años intentando levantar una muralla verde de 8.000 kilómetros contra el Sáhara. Ahora ha descubierto que plantar árboles no siempre era la solución
Vista aérea de una parcela de 2.300 hectáreas en Widou Thiengoly, Senegal, recuperada mediante plantaciones desde 2009. La zona forma parte de los esfuerzos de la Gran Muralla Verde africana para restaurar los territorios degradados al sur del Sáhara. © Stefan Borghardt.

Cuando la Unión Africana puso en marcha la iniciativa, la imagen era sencilla: una franja de árboles que actuaría como barrera contra la desertificación. El problema es que el Sáhara no avanza como una ola de arena uniforme que pueda detenerse plantando vegetación delante.

La desertificación implica procesos mucho más complejos, relacionados con la degradación del suelo, las prácticas agrícolas, el clima y la disponibilidad de agua. Según explica la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación, la Gran Muralla Verde ha evolucionado hacia un programa de restauración de paisajes que abarca actualmente 22 países africanos. Su objetivo para 2030 es recuperar 100 millones de hectáreas de tierras degradadas, capturar 250 millones de toneladas de carbono y generar 10 millones de empleos verdes.

Pero plantar árboles no garantiza que sobrevivan. En regiones semiáridas, algunas especies pueden consumir más agua de la disponible, mientras que otras no resisten las sequías prolongadas.

Por eso, la nueva estrategia incorpora arbustos autóctonos, pastizales, sistemas agroforestales y técnicas tradicionales de conservación del agua. Un estudio publicado en 2026 en Journal of Arid Environments encontró que las estructuras semicirculares excavadas para retener lluvia, conocidas como medias lunas, favorecieron un crecimiento arbóreo un 12 % superior al de otras condiciones comparadas.

La Muralla Verde empieza a dar resultados, aunque las cifras esconden una dificultad enorme

Medir el progreso de una iniciativa que atraviesa tantos países resulta extraordinariamente complicado. Durante años se han publicado balances diferentes según los proyectos incluidos y las metodologías utilizadas.

En 2024, la FAO señalaba que se habían restaurado cerca de 18 millones de hectáreas dentro del esfuerzo regional. Sin embargo, el nuevo sistema de seguimiento de la ONU utiliza criterios armonizados y ofrece una imagen más limitada de los resultados documentados.

África lleva 19 años intentando levantar una muralla verde de 8.000 kilómetros contra el Sáhara. Ahora ha descubierto que plantar árboles no siempre era la solución
Un jardín circular Tolou Keur se abre paso entre los terrenos áridos de Boki Diawe, Senegal. Estas iniciativas combinan árboles, arbustos y técnicas de conservación del agua para recuperar los suelos degradados de la región del Sahel. © Zohra Bensemra.

Según el informe quinquenal publicado en 2026 por la UNCCD, los proyectos con información compatible permiten contabilizar 1,66 millones de hectáreas en proceso de restauración, 4,6 millones de empleos y más de 46 millones de personas beneficiadas.

Estas cifras no significan que hayan desaparecido las hectáreas restauradas anteriormente. Reflejan principalmente diferencias en el alcance y la calidad de los datos disponibles. De hecho, el observatorio del programa tenía registrados 389 proyectos al finalizar 2025, pero menos de 90 aportaban información compatible con el nuevo sistema. Esa brecha dificulta saber cuánto territorio se ha recuperado realmente.

El mayor enemigo de la Gran Muralla Verde ya no es solamente el desierto

La financiación, la inseguridad y los conflictos armados amenazan con frenar la iniciativa antes de alcanzar sus objetivos. En países como Mali, Burkina Faso y Níger, la violencia dificulta el acceso a grandes extensiones de terreno y complica mantener proyectos agrícolas y ambientales durante años.

A ello se suma un desafío científico: no todas las zonas deben convertirse en bosques. Un estudio de abril de 2026 publicado en Ecosystem Services encontró importantes diferencias regionales en los cambios de vegetación y concluyó que la restauración necesita estrategias adaptadas a cada paisaje. Esto explica por qué el proyecto ya no busca simplemente multiplicar árboles. En algunos lugares, recuperar arbustos y pastizales puede resultar más apropiado que introducir grandes especies forestales. En otros, proteger cultivos existentes o gestionar mejor el agua puede ofrecer beneficios más duraderos.

La Gran Muralla Verde todavía está lejos de cumplir sus metas para 2030. Pero su transformación deja una lección importante: combatir la desertificación no consiste en convertir cualquier terreno seco en un bosque. Después de 19 años intentando construir una muralla contra el Sáhara, África está descubriendo que el verdadero desafío no es plantar millones de árboles, sino conseguir que la tierra vuelva a sostener la vida.

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