Durante la primavera de 2024 ocurrió algo bastante violento en la Luna. Un asteroide o fragmento de cometa aproximadamente del tamaño de un edificio de entre tres y seis plantas se estrelló contra la superficie. Nadie vio el impacto cuando ocurrió. Ningún telescopio terrestre ni observatorio espacial lanzó una alerta.
Más de un año después, un científico de la NASA estaba realizando una revisión rutinaria de imágenes cuando apareció algo imposible de ignorar: una enorme mancha brillante rodeada por un halo oscuro donde antes no había nada.
El responsable era un cráter completamente nuevo. Se llama McGetchin, mide 222 metros de diámetro y alcanza unos 43 metros de profundidad. Es ligeramente más ancho que la longitud máxima del Coliseo de Roma y, según dos investigaciones publicadas en Science Advances, constituye el mayor cráter de impacto recién formado que hemos conseguido identificar en el Sistema Solar. Eso no significa que sea el mayor cráter lunar, sino el mayor cuya formación moderna hemos podido acotar mediante observaciones anteriores y posteriores.
Sabemos incluso en qué seis semanas apareció

El Lunar Reconnaissance Orbiter lleva fotografiando la Luna desde 2009. Eso permitió hacer algo excepcional: regresar a imágenes antiguas y reconstruir cuándo apareció exactamente la cicatriz.
McGetchin no estaba allí el 11 de abril de 2024 y ya existía el 22 de mayo. El impacto tuvo que ocurrir entre esas dos fechas. Los científicos calculan que un choque capaz de producir un cráter de este tamaño sucede aproximadamente una vez cada 132 años, aunque esa cifra procede de modelos de frecuencia de impactos y no de un reloj perfectamente regular.
La rareza es precisamente lo que hace al lugar tan valioso. Los investigadores pueden estudiar un cráter prácticamente recién estrenado, antes de que millones de pequeños impactos posteriores erosionen sus bordes y mezclen sus materiales.
Las imágenes de alta resolución muestran paredes con pendientes medias de unos 24 grados, llegando casi a los 40 en algunos sectores, y un borde que se levanta unos ocho metros sobre la superficie anterior. El golpe también excavó material situado a más de 20 metros bajo el suelo lunar. Pero el agujero es solo una fracción de lo que ocurrió.
Un impacto de 222 metros alteró terreno situado a más de 100 kilómetros

Alrededor del cráter aparecen gigantescas rayas de material expulsado. El equipo de la cámara LROC detectó alteraciones superficiales a más de 100 kilómetros del punto de impacto, una distancia desproporcionada respecto al tamaño del propio agujero. Los datos incluso sugieren que parte del material salió despedido con ángulos superiores a los que algunos modelos consideraban habituales.
Otro instrumento del mismo orbitador descubrió algo todavía más extraño. Al medir la temperatura nocturna, Diviner encontró una región fría de unos siete kilómetros de diámetro alrededor de McGetchin, hasta unos 8,6 °C más fría que el terreno circundante. El impacto habría removido y esponjado el regolito (la capa de polvo y fragmentos que cubre la Luna), haciéndolo menos compacto y permitiendo que pierda calor más rápidamente durante la noche lunar.
Es una demostración bastante gráfica de que un impacto no modifica únicamente el sitio donde aparece el cráter. Puede alterar las propiedades físicas del terreno muchos kilómetros alrededor.
Y ahí aparece el problema para una Luna llena de astronautas, robots y edificios

Esta parte interesa especialmente ahora que diferentes países y empresas planean mantener infraestructura durante años sobre la superficie lunar. La Luna no posee una atmósfera capaz de quemar o frenar los objetos entrantes. LRO ya ha identificado al menos 1.000 cráteres nuevos durante su misión y unas 100.000 modificaciones superficiales asociadas a impactos o a sus escombros. Los de McGetchin son extraordinarios por su escala, pero los impactos pequeños son continuos.
Para una base lunar, el peligro tampoco termina cuando una roca impacta lejos de ella. Los fragmentos expulsados pueden viajar enormes distancias a gran velocidad. El propio equipo de LROC considera que las estructuras diseñadas para permanecer mucho tiempo en la Luna tendrán que soportar partículas de alta velocidad procedentes de impactos lejanos.
Hay además una consecuencia curiosa. Los datos acumulados sugieren que los primeros dos centímetros del suelo lunar podrían ser removidos por estos procesos aproximadamente cada 80.000 años. Incluso las famosas huellas de las misiones Apollo, tantas veces descritas como marcas que permanecerán durante millones de años, acabarán desapareciendo.
McGetchin tardó más de un año en llamar nuestra atención. Pero cuando finalmente apareció en las imágenes dejó una lección bastante clara: la Luna puede parecer geológicamente inmóvil desde la Tierra, pero su superficie sigue cambiando a golpes. Y el próximo puede ocurrir cuando ya haya seres humanos viviendo allí.