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Ciencia

Nunca formó parte de la fauna de Mesopotamia y, aun así, terminó dejando una huella profunda en su imaginario, sus palacios y hasta sus nombres

Un nuevo estudio muestra cómo el oso, un animal ajeno al paisaje mesopotámico, llegó a convertirse en símbolo de prestigio, exotismo y poder. Su presencia en textos, rituales y representaciones revela hasta qué punto las civilizaciones antiguas podían fascinarse con criaturas que en realidad pertenecían a otros mundos.
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La Mesopotamia antigua, cuna de imperios y mitos, siempre se nos ha contado poblada por leones, toros, caballos y aves exóticas. Pero entre tablillas de arcilla, proverbios y objetos votivos aparece un invitado insólito: el oso. No vivía allí, pero fue capaz de marcar su cultura durante siglos.

El extranjero más ilustre del Próximo Oriente

El regreso del oso olvidado: cómo Mesopotamia lo convirtió en símbolo y leyenda
© Unsplash / Zdeněk Macháček.

En las llanuras bañadas por el Éufrates y el Tigris no se alzaban bosques donde un oso pudiera hibernar. Sin embargo, desde las montañas del Zagros, el Taurus o el Líbano llegaban ejemplares capturados, ofrendados como tributo o intercambiados en redes comerciales. El estudio de Lorenzo Verderame, publicado en Ash-sharq, revela que el oso era tan valorado que se documenta en textos sumerios y acadios con nombres propios: aza₃ o asu, junto al acadio dabû. Aparece en listas léxicas, nombres personales y proverbios desde el 2900 a.C., un rastro que demuestra que, aunque forastero, estaba profundamente integrado en el imaginario mesopotámico.

Un símbolo que se paseaba entre rituales y espectáculos

El regreso del oso olvidado: cómo Mesopotamia lo convirtió en símbolo y leyenda
© Unsplash / Hans-Jurgen Mager.

El oso no solo habitaba las palabras: también formaba parte de la vida ceremonial. En textos como Enlil y Sud, se menciona entre los animales salvajes ofrecidos en alianzas o matrimonios. Los registros de la ciudad de Puzriš-Dagān describen su alimentación, su traslado entre urbes y su uso en espectáculos cortesanos, quizás entrenado por acróbatas y bufones para divertir a la élite. Incluso hubo ocasiones en que su carne formó parte de banquetes selectos, aunque más como excentricidad que como costumbre.

Un rostro tallado en piedra y arcilla

En el arte, el oso asoma con un toque de humor y misterio. En la célebre lira del cementerio real de Ur, aparece erguido tocando un instrumento junto a un asno. Figurillas halladas en Tell Brak o Jemdet Nasr lo muestran sentado, arrodillado o con rasgos humanos, como si fuera un emisario entre el mundo salvaje y el de los hombres. Aunque algunos términos antiguos confundían al oso con hipopótamos o cocodrilos, la combinación de textos, imágenes y procedencia confirma que este animal, aunque ausente de la naturaleza local, fue una presencia constante en la vida simbólica mesopotámica.

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