La idea es sencilla: si el turismo deja una huella, también debe contribuir a repararla. Y aunque a algunos viajeros les incomode pagar más, el trasfondo es que estas tarifas buscan garantizar que las playas, selvas, arrecifes y montañas que hoy atraen a millones de visitantes puedan seguir existiendo en el futuro.
Un ejemplo reciente es Hawái, donde en 2023 los incendios forestales arrasaron Lahaina, su ciudad histórica más emblemática. El desastre, agravado por la sequía y fuertes vientos, dejó más de un centenar de fallecidos y destruyó miles de edificios. En 2024, el estado aprobó una “tarifa verde” del 0,75 % sobre el alojamiento, que podría recaudar hasta 100 millones de dólares anuales para restaurar arrecifes, prevenir incendios y fortalecer infraestructuras ante el cambio climático.
De Hawái a Grecia: un fenómeno global

Hawái no es un caso aislado. Grecia reemplazó en 2024 su impuesto por noche con la Tarifa de Resiliencia ante la Crisis Climática. Ahora, los visitantes pagan entre 0,58 y 11,60 dólares por noche, con recargos de hasta 24 dólares en islas turísticas como Mykonos o Santorini en temporada alta. El objetivo es financiar proyectos hídricos, prevención de desastres y recuperación de hábitats, con una meta de 460 millones de dólares anuales.
Bali introdujo en 2024 un cargo de 9 dólares para viajeros internacionales destinado a conservación. Las Maldivas, que ya aplicaban un “impuesto verde” desde 2015, lo duplicaron en 2025 hasta 12 dólares por persona y noche, destinando el dinero a gestión de residuos y defensa costera.
Nueva Zelanda también ha incrementado su International Visitor Levy, que financia desde rutas ciclistas resistentes a tormentas hasta la rehabilitación de senderos icónicos como Cathedral Cove. En todos estos casos, la clave para la aceptación pública está en la transparencia: mostrar exactamente cómo se invierten esos fondos.
La importancia de explicar dónde va el dinero
Expertos como Rachel Dodds, profesora de gestión del turismo en la Universidad Metropolitana de Toronto, insisten en que el éxito de estas tarifas depende de una comunicación clara y de informes periódicos que respalden el destino de cada dólar recaudado.
Las Maldivas publican reportes mensuales de su Fondo Verde. Nueva Zelanda emite informes anuales con proyectos concretos financiados. Incluso Hawái ha creado un equipo asesor climático que propone medidas específicas y publica datos abiertos sobre su uso.
Las encuestas confirman que, cuando la gente entiende el propósito y ve resultados, la disposición a pagar aumenta. Según Booking.com, el 75 % de los viajeros quiere viajar de forma más sostenible y el 71 % espera dejar los lugares visitados en mejores condiciones de las que encontraron.
Turismo como colaboración, no solo consumo
Detrás de esta tendencia hay un cambio de paradigma: del turismo como actividad extractiva a un modelo colaborativo. El visitante deja de ser un mero consumidor y pasa a ser un participante en la preservación del lugar que visita.
Expertos del Consejo Mundial de Viajes y Turismo advierten que la sostenibilidad no debería presentarse como un “extra” opcional, sino integrarse de forma natural en las experiencias turísticas. Así, el viajero no tiene que decidir activamente ser responsable: lo es por defecto.
En palabras de Susan Fazekas, guía en Maui, se trata de “reducir la velocidad”: menos aglomeraciones, más respeto por la cultura local y un compromiso real con el cuidado del entorno. Unos pocos dólares extra por noche podrían marcar la diferencia entre perder para siempre un paraíso natural… o conservarlo para las próximas generaciones.