Cuando pensamos en Roma, solemos imaginar mármol, togas, columnas y gloria militar. Pero la vida cotidiana de los romanos transcurría entre olores mucho más intensos: humo, comida, animales, perfumes, sudor, letrinas, estiércol, incienso y especias que llegaban desde los rincones más lejanos del imperio.
En una cultura donde el cuerpo, la moral y el rango social se leían también a través de los sentidos, el olor no era un simple detalle ambiental. Era lenguaje. Era advertencia. Y, muchas veces, también era una forma silenciosa de poder. Tal como presenta el volumen académico Smell and the Ancient Senses, editado por Mark Bradley, el estudio del olfato permite entender mejor la vida, la identidad, la conducta y la moralidad en las sociedades clásicas.
Olores como signos de virtud o decadencia

En el mundo romano, el olfato no era simplemente una reacción sensorial: era una brújula social. Un cuerpo perfumado podía sugerir refinamiento, salud o riqueza. Un cuerpo maloliente, en cambio, podía asociarse con enfermedad, pobreza, exceso, corrupción o desorden.
Esa lectura no era inocente. Los olores servían para clasificar personas y comportamientos. Según la reseña de Bryn Mawr Classical Review sobre Smell and the Ancient Senses, varios estudios del volumen muestran cómo el mundo grecorromano explotaba constantemente la oposición entre aromas agradables y olores desagradables para construir valores sociales, religiosos y políticos.
Esta dualidad convertía al olor en una especie de vigilancia invisible. El cuerpo cuidado y perfumado podía presentarse como un cuerpo civilizado; el cuerpo hediondo, como un cuerpo sospechoso o fuera de lugar. No se trataba solo de higiene, sino de reputación.
Incluso la medicina antigua prestaba atención a los olores. El mismo volumen dedica un capítulo al “olor como signo y cura en la medicina antigua”, lo que muestra hasta qué punto el aroma podía ser leído como síntoma, diagnóstico o herramienta terapéutica.
Las calles de Roma: un crisol olfativo
Roma olía a humanidad sin filtros. En el período imperial, la ciudad pudo superar el millón de habitantes, según estimaciones históricas clásicas sobre la población urbana en tiempos de Augusto. Ese tamaño, enorme para el mundo antiguo, convertía a la capital en una maquinaria de olores: mercados, animales de carga, talleres, humo, comida, baños, residuos y aguas sucias convivían en un espacio densamente habitado.
El paisaje olfativo cambiaba según el barrio, el oficio y la clase social. Las villas aristocráticas podían estar rodeadas de jardines, aceites perfumados y habitaciones preparadas para impresionar. Los sectores populares, en cambio, convivían con humedad, hacinamiento, humo, animales y desechos.
De acuerdo con Bryn Mawr Classical Review, uno de los estudios incluidos en Smell and the Ancient Senses reconstruye una ciudad romana marcada por olores de moho, humedad, carbón, tuberías defectuosas, comida procesada y animales. No era una postal limpia de mármol blanco: era una ciudad viva, densa, ruidosa y profundamente olorosa.
La orina también formaba parte de esa economía del olor. Según explica el blog del Museo Nacional Suizo al recordar la famosa frase atribuida a Vespasiano, “el dinero no huele”, la orina era utilizada en actividades textiles como el teñido y el tratamiento de telas, lo que ayuda a entender por qué ciertos trabajos urbanos quedaban ligados a olores considerados bajos o desagradables.
Perfumes, pomadas y control del cuerpo

La industria del perfume en Roma era tan próspera como simbólica. Aplicados en la piel, la ropa, el cabello o los espacios domésticos, los aromas podían funcionar como una marca de civilización. Pero también podían despertar sospechas: demasiado perfume podía leerse como lujo excesivo, debilidad moral o vanidad.
Plinio el Viejo ya dedicaba atención a los perfumes en su Historia Natural, donde describía ingredientes, fórmulas y la fama cambiante de ciertos ungüentos. El detalle es importante porque muestra que los aromas no eran un adorno menor, sino parte de una cultura material sofisticada, ligada al comercio, al lujo y al conocimiento botánico.
La arqueología reciente también ayuda a ponerle olor real a ese mundo. Investigadores de la Universidad de Córdoba identificaron la composición de un perfume romano de hace unos 2.000 años conservado en un ungüentario hallado en Carmona, Sevilla. Según el análisis difundido por la universidad, la esencia detectada era pachuli, un aroma asociado hoy a la perfumería moderna pero extraordinario en aquel contexto.
El hallazgo no solo confirma el refinamiento de ciertos perfumes romanos. También habla de estatus. Como explicó El País a partir del estudio, el frasco estaba elaborado en cuarzo, sellado con betún y asociado a una tumba de alto nivel, lo que sugiere que aquel aroma era un producto valioso, reservado para personas con recursos.
En la esfera funeraria, el olor tenía otro papel: acompañar el tránsito hacia la muerte y proteger la dignidad del difunto. Según el artículo académico “The Smell of Grief”, los olores en los funerales romanos no eran solo una forma de disimular la descomposición del cuerpo, sino una parte central del ritual, capaz de comunicar duelo, estatus y éxito ceremonial.
Un imperio que también se olía
Hoy sabemos que el Imperio romano no solo se escribió, se conquistó o se esculpió. También se olió. Y quizá esa sea una de las formas más directas de acercarse a una Roma menos idealizada: una ciudad donde el perfume podía hablar de riqueza, el hedor podía señalar exclusión y el incienso podía convertir un espacio común en un escenario sagrado.
No es casual que proyectos actuales como Odeuropa estén intentando recuperar el papel de los olores en la historia europea. Según explica la propia iniciativa, su objetivo es usar colecciones digitales, textos e imágenes para rastrear cómo los olores fueron descritos, representados y asociados a emociones, prácticas sociales y memoria cultural.
La Roma antigua también era eso: una red de aromas que ordenaba el mundo. Olía a aceite, a humo, a sudor, a flores, a cloaca, a especias, a muerte y a poder. Y en cada inhalación, los romanos podían leer algo más que el ambiente: podían intuir quién pertenecía a la ciudad, quién estaba por encima y quién quedaba condenado al margen.