En los últimos meses de vida de William Gates, el Alzheimer había avanzado hasta impedirle expresar algunas de sus necesidades más básicas. No siempre podía decir que tenía hambre. Sin embargo, las personas que lo cuidaban día y noche aprendieron a reconocerlo.
Bill Gates no olvidó aquella escena. Su padre murió en 2020, y la experiencia terminó convirtiéndose en el punto de partida de una de sus propuestas más radicales sobre el futuro de la inteligencia artificial.
“Algo en los cuidados que le proporcionaron era irreemplazablemente humano”, escribió Gates en un extenso ensayo publicado en su blog. “Ningún robot podría ni debería haberlo hecho”.
La palabra importante no es “podría”. Gates acepta que algún día una máquina probablemente será capaz de realizar ese trabajo. Su argumento es que la sociedad debería impedir que lo ocupe.
Una reserva natural, pero construida para proteger el trabajo humano

Gates ha bautizado la idea como Human Reserved, algo así como “reservado para humanos”. El nombre está inspirado en las reservas naturales: lugares donde técnicamente podrían levantarse edificios, fábricas y carreteras, pero que decidimos proteger porque su pérdida sería demasiado importante.
El mismo principio se aplicaría a determinados trabajos. No porque una inteligencia artificial sea incapaz de realizarlos, sino porque automatizarlos destruiría algo que la eficiencia no puede medir.
Un robot podría comunicar a un paciente que su enfermedad es incurable. Un sistema automático podría cuidar a una persona mayor, acompañar a un niño o responder a alguien que atraviesa una crisis emocional. Para Gates, que la tecnología pueda hacerlo no significa que debamos permitírselo.
La asistencia sanitaria, los cuidados, la educación y la salud mental podrían convertirse en ámbitos mixtos, con profesionales humanos al mando y sistemas de IA ampliando sus capacidades. Otros empleos podrían protegerse temporalmente para evitar que sectores completos desaparezcan antes de que sus trabajadores tengan alternativas.
Gates admite que la propuesta todavía no resuelve las preguntas más difíciles: quién decide qué profesión queda protegida, durante cuánto tiempo, cómo se impide que las empresas ignoren la norma o qué ocurre si un país utiliza robots mientras otro reserva esos trabajos para personas.
Gates cree que esta transformación no se parecerá a la llegada del ordenador

El cofundador de Microsoft sostiene que las comparaciones con revoluciones industriales anteriores conducen a una falsa sensación de seguridad. El ordenador personal necesitó décadas para transformar las oficinas: había que abaratar el hardware, desarrollar programas y enseñar a utilizarlos.
La IA ya funciona en los dispositivos que existen y utiliza lenguaje natural. No exige que el trabajador aprenda a comunicarse con una máquina: es la máquina la que aprende observando los mismos vídeos, documentos y procesos que utiliza una persona.
Por eso Gates cree que la transición afectará casi simultáneamente a abogados, programadores, médicos, administrativos, vendedores y trabajadores de atención al cliente. Los robots terminarán extendiendo la presión a la construcción, la hostelería y la fabricación.
Los primeros indicios se concentran entre quienes intentan entrar al mercado laboral. Un estudio actualizado de la Universidad de Stanford no encontró todavía un desplazamiento masivo en toda la economía, pero calculó que el empleo entre jóvenes de 22 a 25 años en profesiones muy expuestas a la IA se situaba un 19% por debajo de lo esperable frente a ocupaciones menos expuestas. Entre trabajadores experimentados no apareció la misma brecha.
Su segunda propuesta consiste en cobrar impuestos por cada token y cada robot
Actualmente, contratar a una persona obliga a una empresa a pagar cotizaciones e impuestos sobre su salario. Comprar un robot, en cambio, puede contabilizarse como una inversión y desgravar. Para Gates, el sistema fiscal está ofreciendo un incentivo directo para sustituir trabajadores.
Su respuesta es gravar los robots y los tokens (las unidades que procesan los modelos de inteligencia artificial). El dinero serviría para financiar formación, ayudas a los desplazados y una red de protección social precisamente cuando la caída del empleo reduzca la recaudación tradicional.
El impuesto también frenaría ligeramente la carrera por automatizar cada tarea, aunque Gates propone excluir usos beneficiosos como el desarrollo de medicamentos o el abaratamiento de la educación.
A escala internacional, reclama además una nueva institución que combine elementos de las inspecciones nucleares, las normas de aviación y los acuerdos que protegieron la capa de ozono. Asegura que reorganizar los gobiernos para la IA será una tarea todavía mayor que la transformación estadounidense posterior al 11-S.
Gates no está pidiendo conservar empleos porque crea que las máquinas nunca podrán realizarlos. Está planteando algo mucho más incómodo: decidir qué partes de nuestra vida no queremos entregarles incluso cuando sean más rápidas, baratas y eficientes que nosotros.