La imagen de los dinosaurios como animales prácticamente indestructibles contrasta cada vez más con lo que aparece en sus huesos. Fracturas que llegaron a cicatrizar, articulaciones deterioradas, infecciones persistentes e incluso tumores malignos han quedado registrados en fósiles de millones de años de antigüedad, permitiendo reconstruir enfermedades que acompañaron a estos animales durante buena parte de sus vidas.
La disciplina encargada de estudiar estas evidencias se conoce como paleopatología, y durante los últimos años se ha beneficiado enormemente de tecnologías como las tomografías computarizadas de alta resolución, la microscopía electrónica y el análisis histológico del tejido óseo. Gracias a ellas, los científicos pueden distinguir una lesión producida después de la muerte de otra que realmente afectó al animal mientras estaba vivo.
Los resultados muestran que muchas enfermedades que asociamos con los humanos y otros animales modernos ya existían mucho antes de nuestra aparición.

Un dinosaurio vivió con un cáncer de hueso avanzado
Uno de los casos más llamativos fue presentado en 2020, cuando investigadores diagnosticaron un osteosarcoma, un cáncer óseo maligno, en un Centrosaurus apertus. El tumor afectaba su peroné y había provocado una deformación considerable del hueso.
Los análisis permitieron diferenciar aquella alteración de una simple fractura o infección y mostraron que el cáncer había avanzado durante un periodo considerable. El animal probablemente sufrió problemas de movilidad mientras la enfermedad progresaba.
Lo más interesante es dónde apareció el fósil. El ejemplar formaba parte de un enorme yacimiento en el que cientos de Centrosaurus murieron aparentemente durante una catástrofe natural, probablemente una inundación. Que aquel individuo enfermo permaneciera junto al grupo hasta su muerte ha llevado a plantear que la vida gregaria pudo proporcionarle cierta protección pese a sus limitaciones físicas.
No demuestra necesariamente que otros dinosaurios lo cuidaran, pero sí indica que una enfermedad grave no lo excluyó inmediatamente de la manada.
Infecciones y articulaciones destruidas por el paso del tiempo
El cáncer no es la única enfermedad registrada. Los huesos de distintos dinosaurios muestran señales compatibles con osteomielitis, una infección del tejido óseo que puede aparecer después de heridas profundas y mantenerse durante largos periodos.
Mordeduras, peleas entre individuos o accidentes podían abrir una vía de entrada para microorganismos. Cuando el animal sobrevivía, el hueso reaccionaba produciendo tejido nuevo y dejando deformaciones, cavidades y crecimientos que millones de años después todavía pueden identificarse.
También existen fósiles con signos de degeneración articular. Los grandes herbívoros soportaban enormes cargas durante toda su vida y algunos ejemplares muestran desgaste, fusión de estructuras óseas y alteraciones compatibles con procesos artríticos.
Estas lesiones no solo permiten conocer de qué enfermaban los dinosaurios, sino también comprobar que algunos sobrevivieron el tiempo suficiente para que sus huesos comenzaran a repararse o adaptarse al daño.
Sobrevivir a una lesión podía exigir cambiar de estrategia
Las fracturas cicatrizadas constituyen otra fuente de información especialmente valiosa. Cuando un hueso muestra un callo óseo desarrollado significa que el animal permaneció vivo después del traumatismo y atravesó un proceso prolongado de recuperación.
En grandes depredadores, una lesión en una pata o mandíbula habría afectado directamente a su capacidad para conseguir alimento. Por ello, los paleontólogos consideran posible que algunos individuos heridos tuvieran que modificar temporalmente su comportamiento, aprovechando carroña o presas más fáciles en lugar de enfrentarse a animales grandes y saludables.
Sin embargo, reconstruir exactamente estas conductas a partir de fósiles requiere cautela: los huesos pueden demostrar que un dinosaurio sobrevivió a una enfermedad, pero no siempre explican cómo consiguió hacerlo.
Lo que sí está cada vez más claro es que los dinosaurios estaban lejos de ser organismos inmunes a las enfermedades. Durante los más de 160 millones de años en los que dominaron los ecosistemas terrestres tuvieron cáncer, infecciones, fracturas y problemas articulares, y algunos consiguieron sobrevivir durante largos periodos pese a esas condiciones.
Sus fósiles no conservan únicamente la anatomía de animales extinguidos: también guardan, literalmente en sus huesos, la historia de las enfermedades que padecieron mientras estaban vivos.