En el nordeste de Brasil, el sertão es sinónimo de sequía. Es una de las regiones semiáridas más pobladas del mundo, con lluvias escasas e irregulares y una larga historia de crisis hídricas. Para cambiar eso, el país emprendió una de las obras de ingeniería hidráulica más grandes de su historia: desviar parte del río São Francisco, uno de los más importantes de Sudamérica, para llevar agua a cuatro estados que casi no la tienen.
Casi dos décadas después del inicio de las obras, el agua corre por los canales. Pero muchas familias que viven a pocos kilómetros de ellos siguen esperando que salga por sus grifos.
Una obra soñada desde el Imperio

La idea de trasvasar el São Francisco hacia el norte se discute en Brasil desde el siglo XIX, en tiempos del Imperio. Las obras del Proyecto de Integración del Río São Francisco recién comenzaron en 2007, y su costo total se estima en unos 12.000 millones de reales, el equivalente a varios miles de millones de dólares según el tipo de cambio de cada año.
El sistema tiene dos grandes ejes, el Norte y el Este, que suman 477 kilómetros de canales, acueductos, túneles, embalses y estaciones de bombeo. Su destino son las zonas semiáridas de Pernambuco, Ceará, Paraíba y Rio Grande do Norte. Según el gobierno brasileño, la obra extrae una fracción muy pequeña del caudal del río, alrededor del 1,4% del flujo regulado por la represa de Sobradinho.
Subir el agua cuesta energía
El gran desafío técnico es que el agua tiene que subir. El sertão está más alto que el río, así que el sistema depende de estaciones de bombeo que elevan el agua en varias etapas antes de que pueda seguir su camino por gravedad. Eso convierte a la electricidad en uno de los costos centrales de operación.
En mayo de 2025, el gobierno ordenó duplicar la capacidad de bombeo del Eje Norte, de 24,75 a 49 metros cúbicos por segundo, con una inversión de unos 491 millones de reales en tres estaciones ubicadas en Pernambuco.
El último kilómetro
El problema que hoy enfrenta la obra no está en los grandes canales, sino en el tramo final. Para que el agua llegue a una casa no alcanza con que pase cerca: hacen falta redes de distribución, conexiones domiciliarias y sistemas locales de tratamiento, y esa parte no avanzó al mismo ritmo que la infraestructura principal.
El proyecto prevé sistemas de distribución para 294 comunidades rurales, donde viven unas 78.000 personas. Algunas consiguieron conexión después de años de reclamos; otras todavía no tienen un suministro regular. El caso más simbólico es el de las villas construidas para reubicar a las familias desplazadas por las propias obras, que en algunos casos quedaron junto a los canales sin acceso estable al agua.
El gobierno federal sostiene que su parte del trabajo en varios sistemas ya está terminada y que la distribución local corresponde a los estados y los municipios. Esa división de responsabilidades es, en buena medida, el nudo del problema.
Cuántas personas se benefician
Las cifras oficiales varían según el momento y la fuente. Algunas estimaciones hablan de unos 12 millones de personas en 390 municipios, mientras que comunicaciones más recientes del gobierno mencionan 8,1 millones de personas en 237 municipios. La diferencia muestra hasta qué punto el alcance real depende de las obras complementarias que todavía faltan.
El caso del São Francisco no es único. Los grandes trasvases de agua, de China a Estados Unidos, suelen tener una lección en común: construir el canal es la parte visible y espectacular. Que el agua llegue a cada casa es la parte lenta, cara y poco fotogénica, y muchas veces la que define si la obra cumplió su promesa.