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Ciencia

Europa arrojó más de 200.000 barriles radiactivos al Atlántico. Un submarino bajó a 4.700 metros a verlos y encontró vida creciendo encima

Algunos están corroídos y dejan escapar su contenido. Por ahora no hay contaminación significativa, pero recién se empieza a medir qué se filtra
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Durante varias décadas, deshacerse de los residuos nucleares de baja actividad era, para varios países europeos, tan sencillo como cargarlos en un barco, meterlos en barriles de metal sellados con hormigón o asfalto y tirarlos al océano. Entre fines de la década de 1940 y comienzos de los años 80, se arrojaron así más de 200.000 barriles en el Atlántico nororiental, la mayoría a entre 3.000 y 5.000 metros de profundidad.

La práctica se detuvo con una moratoria internacional en 1983 y quedó prohibida definitivamente en 1993. Pero los barriles siguen ahí. Y hasta hace muy poco, casi nadie sabía con precisión dónde estaban ni en qué estado se encontraban.

Una misión para encontrarlos

El proyecto NODSSUM, coordinado por el Centro Nacional de Investigación Científica de Francia (CNRS), se propuso cambiar eso. En una primera campaña, entre junio y julio de 2025, el buque L’Atalante y el robot submarino autónomo UlyX recorrieron 163 kilómetros cuadrados de fondo marino y localizaron 3.355 barriles a casi 5.000 metros de profundidad.

Esa expedición también recogió 5.000 litros de agua, 345 muestras de sedimento y 34 ejemplares de peces y crustáceos. Los primeros análisis no encontraron anomalías que supusieran un riesgo para la protección radiológica de los científicos.

Cara a cara con los barriles

Robot Submarino
© NOAA – Unsplash

La segunda campaña, que terminó a fines de junio de 2026, fue un paso más allá. A bordo del buque Pourquoi Pas?, el equipo usó el Nautile, un submarino tripulado de la flota oceanográfica francesa, que realizó 20 inmersiones a más de 4.700 metros en dos de los antiguos sitios de vertido, conocidos como NEA#3 y NEA#4, en aguas internacionales.

Por primera vez, los investigadores pudieron observar los barriles de cerca y tomar muestras justo a su alrededor. Lo que vieron fue variado. Algunos barriles se conservan relativamente bien; otros están muy corroídos y deteriorados, con parte de su contenido derramado sobre el sedimento.

También encontraron algo inesperado: vida. Anémonas, esponjas, pepinos de mar, peces y crustáceos viven sobre los barriles y a su alrededor. En una llanura abisal de arena casi sin estructuras sólidas, esos contenedores funcionan como pequeños oasis donde los animales pueden fijarse o refugiarse. Y junto a ellos aparecieron otros restos humanos, como plásticos y desechos industriales.

¿Hay fugas radiactivas?

Es la gran pregunta, y la respuesta todavía está incompleta. Según el CNRS, en esta etapa «no se ha detectado una contaminación ambiental significativa». Sin embargo, según reportes sobre los resultados preliminares, los instrumentos detectaron señales de cobalto-60 y niobio-94, vinculadas a los residuos, y niveles de cesio-137 y americio-241 por encima de lo esperable solo por los ensayos nucleares atmosféricos.

Esas señales indican que algo se está filtrando, aunque en niveles bajos. Lo que falta saber es si esos elementos se están acumulando en los organismos que viven sobre los barriles, y si se desplazan más allá de los sitios de vertido. Las muestras de agua, sedimentos y fauna se analizarán en laboratorio durante los próximos meses. Durante la misión también se probaron captadores pasivos que miden cómo reaccionan los contaminantes en el sedimento.

Los investigadores no esperan un evento de contaminación masiva. Pero que los residuos sean de baja actividad no los vuelve inofensivos: algunos de los elementos que contienen, como ciertos isótopos de plutonio, pueden permanecer activos durante miles de años.

Un legado que hay que vigilar

Las próximas campañas buscarán construir un mapa en tres dimensiones de los sitios y tomar muestras todavía más cerca de los barriles. La idea es entender cómo se degradan con el tiempo y qué riesgos pueden suponer en el futuro.

El caso es un recordatorio de una época en la que el fondo del mar se consideraba un basurero sin consecuencias. Décadas después, los científicos recién empiezan a descubrir qué pasó con todo lo que se dejó allí abajo.

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