La Voyager 2 fue lanzada el 20 de agosto de 1977 con una misión que originalmente debía explorar los planetas gigantes. Visitó Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno y, desde 2018, opera más allá de la heliosfera, en el espacio interestelar.
Casi medio siglo después, el principal enemigo de la sonda ya no es la distancia. Es algo mucho más sencillo: se está quedando poco a poco sin electricidad. La NASA no puede cambiar su fuente de energía ni recargarla. Lo único que puede hacer es administrar cada vez con mayor precisión los pocos vatios que todavía quedan.
Cada año dispone de unos cuatro vatios menos
Voyager 2 obtiene electricidad mediante tres generadores termoeléctricos de radioisótopos (RTG) que utilizan el calor producido por la desintegración del plutonio-238. Pero esa fuente se degrada inevitablemente.
Según la NASA, cada una de las Voyager dispone de aproximadamente cuatro vatios menos de potencia eléctrica cada año. Después de casi 49 años, los márgenes son tan pequeños que prácticamente cualquier dispositivo encendido debe justificar su consumo.
Por eso los ingenieros llevan años apagando calefactores, instrumentos y sistemas que ya no resultan imprescindibles.

La NASA acaba de hacer una maniobra llamada “Big Bang”
El último movimiento fue anunciado el 4 de agosto de 2026.
Los ingenieros del Jet Propulsion Laboratory realizaron una intervención bautizada internamente como “Big Bang”. Consistió en apagar simultáneamente determinados equipos eléctricos y sustituir algunas funciones por alternativas de menor consumo, sin permitir que la temperatura de la nave cayese por debajo de niveles seguros.
El ahorro conseguido cambia el calendario.
Sin esta operación, NASA habría tenido que apagar otro instrumento científico de Voyager 2 antes de terminar 2026. Ahora calcula que los tres que todavía funcionan podrán permanecer activos al menos un año adicional. La agencia pretende aplicar una modificación equivalente a Voyager 1 durante los próximos meses.
De diez instrumentos científicos solo quedan tres funcionando
La Voyager 2 comenzó su viaje equipada con diez instrumentos científicos. Muchos dejaron de ser necesarios después de los encuentros planetarios; otros fueron apagándose para ahorrar electricidad.
En septiembre de 2024 se desconectó su Plasma Science instrument (PLS) y el 24 de marzo de 2025 se apagó el Low-Energy Charged Particle experiment (LECP). Actualmente permanecen encendidos solamente tres:
Cosmic Ray Subsystem (CRS), que estudia partículas de muy alta energía; Magnetometer (MAG), que mide campos magnéticos; y Plasma Wave Subsystem (PWS), encargado de detectar ondas del plasma interestelar.
Curiosamente, el CRS estaba previsto para apagarse durante 2026. El ahorro obtenido con el “Big Bang” es precisamente lo que ha permitido retrasar nuevamente ese momento.
Algún día dejará de hablarnos, pero seguirá viajando
Incluso después de que ya no tenga energía suficiente para realizar ciencia, Voyager 2 podría continuar transmitiendo información de ingeniería durante algún tiempo. La NASA estima que ambas Voyager podrían permanecer dentro del alcance técnico de la Deep Space Network aproximadamente hasta 2036, siempre que conserven suficiente energía para emitir.
Después llegará el silencio. Pero la nave no se detendrá. Voyager 2 necesitará aproximadamente 300 años para alcanzar la región interior de la nube de Oort y podría tardar unos 30.000 en atravesarla. Dentro de unos 40.000 años pasará a aproximadamente 1,7 años luz de Ross 248, una pequeña estrella situada en la constelación de Andrómeda.
Para entonces nadie estará enviándole comandos.
La NASA puede retrasar el momento en que Voyager 2 se apague utilizando cada vez menos electricidad y una ingeniería extraordinariamente cuidadosa. Lo que no puede evitar es que una máquina construida en 1977 termine algún día su conversación con la Tierra y continúe sola su viaje por la galaxia.