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Ciencia

Chile esconde bajo sus montañas el mayor sistema de caza de Sudamérica. Existen 76 trampas de piedra que revelan una tecnología milenaria totalmente olvidada

Un estudio dirigido por el arqueólogo Adrián Oyaneder identificó 76 estructuras de piedra en forma de “V” en los Andes chilenos. Construidas hace miles de años, funcionaban como trampas masivas para vicuñas salvajes, una estrategia de caza que coexistió con la agricultura y desafía lo que se creía sobre las antiguas sociedades andinas.
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Desde el cielo, las montañas del norte de Chile parecen un mosaico pétreo sin historia. Pero los satélites han revelado algo que ni los lugareños conocían: 76 estructuras de piedra alineadas con precisión, algunas de más de 150 metros de longitud. Al principio fueron un misterio, un patrón sin explicación aparente. Hoy sabemos que esas líneas no eran muros sin sentido, sino los restos de un antiguo sistema de caza tan sofisticado como monumental.

Una revelación desde el espacio

Los satélites detectaron 76 estructuras misteriosas en los Andes. Ahora sabemos que los antiguos cazadores las usaron para atrapar vicuñas
© Adrián Oyaneder.

Este hallazgo comenzó con una imagen. El arqueólogo chileno Adrián Oyaneder, de la Universidad de Exeter (Inglaterra), analizaba fotografías satelitales de la cuenca del río Camarones, en la cordillera de los Andes. Lo que encontró no tenía precedentes: largas estructuras de piedra en forma de “V”, dispersas en pendientes imposibles, que parecían converger en recintos circulares.

“Al principio pensé que necesitaba gafas nuevas o un ordenador nuevo”, confesó Oyaneder. Los muros, de unos 1,5 metros de altura, aparecían siempre en pares, orientados hacia un mismo punto. Cuando los visitó en persona, ni los habitantes locales sabían qué eran. Las llamaban “trampas para burros”, pero el arqueólogo pronto descubriría que su origen era mucho más antiguo —y mucho más ingenioso.

Cazar con geometría

Los textos arqueológicos del siglo XX, especialmente en el sur del Perú, mencionaban unas estructuras similares llamadas chacu, utilizadas por los incas durante las “cacerías reales” para atrapar vicuñas: pequeños camélidos salvajes de pelaje fino y extremadamente esquivos.

El patrón coincidía. Las estructuras chilenas eran, en realidad, megatrampas preincaicas diseñadas para canalizar manadas enteras hacia un punto de captura.
El nuevo estudio, publicado en la revista Antiquity, sugiere que algunas podrían datar de hace 6.000 años, lo que las convierte en uno de los sistemas de caza colectiva más antiguos y mejor conservados del continente.

El funcionamiento era increíblemente brillante en su simplicidad: las vicuñas, al huir de los cazadores, eran guiadas por los muros en forma de “V” hacia un recinto cerrado donde eran rodeadas o sacrificadas. Las construcciones están todas situadas a más de 2.700 metros sobre el nivel del mar, justo en las zonas donde antaño vagaban los rebaños salvajes.

Tecnología sin metal, ingeniería sin planos

Lo asombroso de estas trampas no es solo su tamaño, sino su ingeniería. Cada muro está hecho con piedras locales ensambladas sin argamasa, pero dispuestas de forma precisa para resistir siglos de viento, erosión y sismos. Algunas estructuras alcanzan longitudes comparables a un campo de fútbol y están orientadas según la topografía del terreno, lo que demuestra un conocimiento avanzado del comportamiento animal y del espacio.

Oyaneder y su equipo también localizaron los restos de 800 refugios y campamentos en los alrededores, evidencia de que esta caza organizada requería logística y cooperación. Los cazadores pasaban días o semanas esperando el momento adecuado, planificando rutas, vigilando las manadas. El descubrimiento sugiere que, mucho antes de la llegada de los incas, los pueblos andinos ya dominaban la tecnología colectiva para cazar de manera sostenible.

Una práctica que sobrevivió a la conquista

Hasta ahora mismo, los arqueólogos creían que la caza había desaparecido en los Andes casi mil años antes de la llegada de los españoles, reemplazada por la agricultura y el pastoreo. Pero las evidencias del valle de Camarones indican lo contrario: los chacu siguieron utilizándose durante la Colonia, coexistiendo con los sistemas agrícolas.

Las vicuñas —que fueron casi exterminadas tras la conquista— eran fundamentales para estas comunidades, no solo como alimento, sino por su lana, una de las más finas del mundo. El arte rupestre hallado en la zona muestra escenas de cacerías colectivas con animales conducidos hacia estas estructuras, prueba de que el conocimiento del chacu formaba parte de una tradición que combinaba técnica, cooperación y ritual.

Un misterio compartido con otras civilizaciones

Este hallazgo también sorprendió por otro motivo: trampas casi idénticas se han encontrado en Arabia Saudí, Jordania y Uzbekistán, conocidas como “cometas del desierto”. Aunque no existe conexión cultural entre esos pueblos y los andinos, las estructuras funcionan igual: largas paredes convergentes para guiar animales en estampida hacia una trampa.

Los arqueólogos llaman a esto “convergencia tecnológica”, una evolución paralela que revela cómo distintas civilizaciones, sin contacto entre sí, hallaron soluciones similares frente al mismo problema: cómo cazar de forma eficiente con pocos recursos humanos. “Si tienes animales muy rápidos y poca gente, esta es la solución lógica”, explica Oyaneder.

Los Andes vistos desde el siglo XXI

Los satélites detectaron 76 estructuras misteriosas en los Andes. Ahora sabemos que los antiguos cazadores las usaron para atrapar vicuñas
© Adrián Oyaneder.

La investigación de Oyaneder apenas comienza. Planea usar inteligencia artificial y aprendizaje automático para analizar imágenes satelitales y detectar más chacu ocultos en los Andes. Hasta ahora ha recorrido y mapeado diez de ellos con fotogrametría 3D, y las excavaciones siguen aportando fragmentos de herramientas, restos óseos y trazas de fuego.

El arqueólogo francés Rémy Crassard, experto en las cometas del desierto, calificó el estudio como “una investigación sólida e innovadora que reescribe la historia de la caza en Sudamérica”.

El eco de las piedras

Las estructuras del valle de Camarones no son solo ruinas. Son huellas de coordinación, paciencia y conocimiento ecológico en un entorno extremo. Cada muro de piedra, cada curva de esas trampas, revela la mente de sociedades que comprendían el paisaje mejor que nosotros.

Miles de años después, los satélites —esas máquinas que orbitan el cielo— han vuelto a ver lo que los antiguos cazadores diseñaron para mirar desde la tierra. Y el mensaje, escrito en piedra, sigue siendo el mismo: la inteligencia no siempre deja libros, a veces deja muros.

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