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Ciencia

Científicos descifraron el genoma de una de las dos únicas plantas con flor de la Antártida. Ahora buscan convertir su resistencia extrema en una ventaja para los cultivos del futuro

El pequeño Colobanthus quitensis soporta frío extremo, falta de agua, salinidad y niveles intensos de radiación ultravioleta. Un equipo liderado desde Chile acaba de construir el primer genoma de referencia a escala cromosómica de una angiosperma antártica para empezar a averiguar cómo lo consigue.
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A primera vista cuesta creer que esta pequeña mata verde pueda esconder algo interesante para el futuro de la agricultura. Colobanthus quitensis, conocida como perla o clavel antártico, es una de solo dos plantas con flor nativas de la Antártida. Crece formando pequeños cojines en un entorno donde las temperaturas bajo cero, la escasez de agua líquida y la radiación ultravioleta convierten la supervivencia vegetal en un desafío extraordinario.

Precisamente por eso lleva años interesando a los científicos.

Ahora un equipo liderado por investigadores chilenos consiguió dar un salto importante: construir el primer genoma de referencia a escala cromosómica de esta especie, publicado en julio de 2026 en Genome Biology and Evolution. El proyecto, bautizado como POLARIX, abre la posibilidad de buscar con mucha más precisión qué genes y mecanismos permiten a esta planta sobrevivir donde prácticamente ninguna otra angiosperma puede hacerlo.

El mapa tiene 887 millones de letras de ADN y más de 40.000 genes

Científicos descifraron el genoma de una de las dos únicas plantas con flor de la Antártida. Ahora buscan convertir su resistencia extrema en una ventaja para los cultivos del futuro
© INACH.

Para reconstruirlo, los investigadores combinaron secuenciación PacBio HiFi, que genera lecturas largas y altamente precisas de ADN, con tecnología Hi-C, utilizada para determinar cómo se organizan físicamente esos fragmentos dentro de los cromosomas.

El resultado ocupa 887,1 millones de pares de bases y está organizado en 40 secuencias a escala cromosómica, correspondientes al conjunto de referencia de una especie tetraploide con 2n=80 cromosomas. El ensamblaje recuperó el 99% de los genes conservados utilizados para comprobar su integridad.

Los investigadores identificaron además 40.762 genes que codifican proteínas, de los cuales alrededor del 95% pudo recibir alguna anotación funcional. Casi el 70% de todo el genoma está compuesto por secuencias repetitivas, un componente que también puede aportar pistas sobre su evolución y adaptación.

No es simplemente una lista gigantesca de letras genéticas. Es, esencialmente, el mapa que permite saber dónde empezar a buscar.

Sobrevive al frío, la sequía y la radiación. Ahora toca descubrir cómo

Científicos descifraron el genoma de una de las dos únicas plantas con flor de la Antártida. Ahora buscan convertir su resistencia extrema en una ventaja para los cultivos del futuro
© INACH.

Las poblaciones antárticas de C. quitensis presentan hojas gruesas, crecen formando cojines que ayudan a conservar agua y muestran adaptaciones relacionadas con la fotosíntesis a bajas temperaturas, protección frente a radiación y control del estrés oxidativo. Sin embargo, gran parte de los mecanismos moleculares que sostienen esas capacidades todavía no se conoce bien.

Ahí es donde cambia todo con el nuevo genoma. Hasta ahora los investigadores podían observar que determinada población resistía mejor el frío o activaba ciertos genes bajo estrés. Con una referencia cromosómica completa pueden empezar a localizar esos genes, compararlos entre poblaciones y estudiar cómo están regulados.

Y el objetivo aplicado es evidente: comprobar si existen mecanismos que puedan reproducirse en patatas, tomates, vides u otros cultivos expuestos cada vez con más frecuencia a sequías, frío extremo u otros episodios climáticos. Reuters recoge que el equipo quiere explorar técnicas de edición genética en lugar de introducir directamente genes extraños en esas plantas.

No significa que vayamos a tener “tomates antárticos” mañana

El propio equipo insiste en que el mapa es solo el comienzo. Todavía deben identificar cuáles de los más de 40.000 genes están realmente detrás de cada adaptación, demostrar su función experimentalmente y comprobar si modificar genes equivalentes en cultivos produce el efecto esperado sin consecuencias indeseadas.

Eduardo Castro-Nallar, uno de los autores principales, estima que las primeras aplicaciones comerciales podrían tardar entre cinco y diez años una vez identificados los objetivos adecuados. Pero el avance cambia la pregunta.

Ya sabíamos que esta pequeña planta podía sobrevivir en uno de los entornos más extremos de la Tierra. Ahora tenemos por primera vez un mapa suficientemente detallado para empezar a descubrir exactamente cómo lo hace. Y algunas de esas respuestas podrían terminar siendo útiles muy lejos de la Antártida, en campos agrícolas obligados a enfrentarse a un clima cada vez menos predecible.

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