La población mundial supera actualmente los 8.000 millones de personas y, aunque su crecimiento se está desacelerando, seguirá aumentando durante las próximas décadas. En este contexto, un grupo de investigadores ha planteado un escenario que probablemente genere debate: reducir gradualmente la población mundial hasta aproximadamente 4.000 millones de habitantes hacia el año 2200.
El trabajo, liderado por Anastasia Pseiridis y publicado en la revista Sustainable Development, no propone eliminar población de forma abrupta ni imponer restricciones obligatorias sobre el número de hijos. Su planteamiento consiste en detener progresivamente el crecimiento demográfico y permitir que la población disminuya durante varias generaciones mediante herramientas como educación, acceso a la planificación familiar y libertad reproductiva.
La idea parte de una cuestión sencilla: si existen menos personas consumiendo recursos y, al mismo tiempo, cada una genera una huella ambiental menor, la presión sobre el planeta podría reducirse considerablemente.
El problema no es únicamente cuántas personas vivimos en la Tierra
Relacionar población y medio ambiente parece sencillo: cuantos más habitantes existen, mayores son las necesidades de alimentos, energía, vivienda y materias primas. Sin embargo, los investigadores recuerdan que el impacto ambiental está distribuido de manera muy desigual.
Una persona que consume grandes cantidades de energía, utiliza transporte intensivo en combustibles fósiles y mantiene un elevado nivel de consumo puede generar una huella mucho mayor que varias personas que viven con menos recursos.
Por eso, reducir la población por sí sola no solucionaría la crisis ambiental. Una humanidad de 4.000 millones de personas con niveles extremadamente altos de consumo podría continuar ejerciendo una enorme presión sobre los ecosistemas.
El escenario propuesto combina entonces dos movimientos: menos crecimiento demográfico y menor impacto ambiental por habitante.
Cómo podría reducirse la población sin imponer límites de natalidad
Uno de los puntos más delicados de cualquier propuesta demográfica es cómo conseguirla. En este caso, los autores rechazan medidas coercitivas y se apoyan en tendencias que ya se observan en numerosos países.
Cuando aumentan el acceso femenino a la educación, la atención sanitaria y los métodos anticonceptivos, y las personas pueden decidir libremente cuándo y cuántos hijos tener, las tasas de fecundidad suelen disminuir.
El estudio menciona varios ejemplos históricos. En Irán, la tasa de fecundidad cayó de 4,08 hijos por mujer en 1992 a 1,94 en 2001. Corea del Sur pasó de 4,07 en 1972 a 1,93 en 1984, mientras que Costa Rica descendió desde 4,16 hasta 1,98 entre 1972 y 2009.
Es decir, una reducción demográfica gradual no sería necesariamente el resultado de imponer menos nacimientos, sino de acelerar transformaciones sociales que ya se están produciendo.
A new study argues that cutting Earth's population to 4 billion is the best way to secure a ”pro-human,” sustainable future.
Published in the journal Sustainable Development, the paper, co-authored by Mark Keegan and an international team of researchers, argues that accelerating… pic.twitter.com/rDKBdg2Znv
— Shining Science (@ShiningScience) August 2, 2026
Tener menos habitantes también traería nuevos problemas
Una población mundial decreciente tampoco resolvería automáticamente todos los desafíos sociales.
Si las generaciones jóvenes son progresivamente más pequeñas, aumenta la proporción de personas mayores respecto a la población en edad de trabajar. Esto podría ejercer presión sobre sistemas de pensiones, servicios sanitarios y mercados laborales.
De hecho, varios países ya enfrentan hoy ese problema debido a tasas de natalidad persistentemente bajas.
Por eso, los 4.000 millones propuestos no deben interpretarse como una cifra mágica ni como la supuesta capacidad ideal del planeta. Se trata de un escenario utilizado para explorar cómo cambiaría nuestra relación con los recursos si abandonáramos la idea de que población y consumo deben crecer indefinidamente.
El debate, por tanto, va más allá de decidir cuántas personas deberían vivir en la Tierra. La pregunta central es cómo combinar bienestar, libertad reproductiva y sostenibilidad en un planeta con recursos limitados.
Porque incluso con varios miles de millones menos de habitantes, el desafío seguiría siendo el mismo: no solo cuántos seamos, sino cuánto consumamos y cómo decidamos vivir.