Que la dieta refleje la posición social no es un rasgo moderno. Ya en la Hispania romana, lo que llegaba al plato dependía directamente del estatus económico. Una investigación reciente en la villa romana de Noheda permite reconstruir con sorprendente precisión qué comían sus habitantes y confirma algo incómodo pero familiar: ricos y pobres no solo vivían separados, también comían mundos distintos.
Noheda, una joya romana en Castilla-La Mancha
A menos de 20 kilómetros de Cuenca se encuentra la antigua villa romana de Noheda, habitada entre los siglos I a. C. y VI d. C. Aunque menos conocida que otros enclaves, destaca por albergar uno de los mosaicos figurativos más espectaculares del Imperio romano.
El yacimiento es, además, relativamente joven desde el punto de vista científico. Aunque se conocía desde hace siglos —aparece ya citada en un mapa de 1554—, las excavaciones sistemáticas y los análisis modernos han permitido estudiar sus restos con técnicas de vanguardia.
Bajo un viñedo del norte de Italia se escondía un impresionante conjunto de mosaicos romanos. Eran parte de una lujosa villa del s. IV d.C. Su definitiva excavación arqueológica se produjo entre 2019 y 2022.
Vamos a conocer la historia de la Villa de Negrar y sus mosaicos 🧵👇 pic.twitter.com/y2R6oGAWEO— César Dorado (@CDorado75) September 7, 2024
La clave estaba en los huesos y las vasijas
Los arqueólogos no solo excavaron termas, zonas residenciales y áreas agrícolas —la pars urbana y la pars rustica—, sino también restos óseos, semillas, vasijas con residuos orgánicos e incluso una pequeña necrópolis.
Según explica Miguel Ángel Valero, director del yacimiento, el análisis de colágeno humano, huesos animales, polen y restos vegetales permitió reconstruir con precisión la dieta de los distintos grupos sociales que convivieron en la villa.
Dos dietas, dos mundos
Los resultados son claros: existía una diferencia radical entre lo que comían los terratenientes y lo que consumían esclavos y trabajadores agrícolas.
Las familias acomodadas, residentes en la pars urbana, disfrutaban de carnes jóvenes y tiernas —cordero, cabrito, aves y pescado—, además de productos de lujo como ostras. Todo ello acompañado de vino sirio importado, transportado en ánforas desde el Mediterráneo oriental.
En cambio, los esclavos y campesinos de la pars rustica se alimentaban de animales viejos: bueyes agotados tras años de labranza, ovejas usadas para lana y cabras envejecidas. Su carne era dura y requería largas cocciones. Para beber, el vino importado se sustituía por variedades locales mucho más humildes.
El hallazgo más sorprendente: carne de burro
Uno de los descubrimientos más llamativos fue el consumo habitual de carne de burro joven entre las clases bajas. Aunque se sabía que esta práctica existía en la Antigüedad tardía, era poco habitual documentarla con tanta claridad en la península ibérica.
Este dato revela no solo una dieta de subsistencia, sino también cómo la población adaptaba su alimentación a medida que la villa entraba en declive económico.

Mucho más que arqueología
El estudio de Noheda no se limita a reconstruir el pasado. En la investigación participan también carniceros, médicos, dentistas y el chef Jesús Segura, con el objetivo de reinterpretar recetas inspiradas en la Hispania romana.
Así, los restos arqueológicos no solo cuentan cómo vivían —y comían— los habitantes de la villa, sino que también permiten llevar ese conocimiento del laboratorio a la mesa.
Comer como acto de poder
El caso de Noheda confirma que en la Hispania romana la comida era una expresión directa del poder. La desigualdad no terminaba en la vivienda o el trabajo: se masticaba a diario. Siglos después, la arqueología demuestra que, incluso en el Imperio romano, el menú también era una frontera social.
Fuente: Xataka.