Image: Santae Tribble (Getty Images)

En 1978 se cometen dos terribles asesinatos muy similares en su modus operandi. Tras una investigación del FBI, se arresta a un posible sospechoso con unas pruebas incriminatorias “fuera de toda duda”: un mechón de pelo. Tres décadas después se descubre que el pelo no era del “asesino”, y algo mucho peor.

El 26 de julio de 1978, John McCormick, un taxista blanco de 63 años, fue acribillado en el porche de su casa en el sur de Washington con una pistola del calibre 32. La conmoción despertó a la esposa de McCormick, quién escuchó a su marido suplicando por su vida junto a la sombra de un tipo corpulento que llevaba una máscara de media.

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La mujer llamó aterrorizada a la policía. Poco después del crimen, un perro policía encuentra la máscara de media cerca de la escena del crimen. Se trataba del segundo asesinato en circunstancias muy similares en apenas unos días.

A comienzos de ese mes de julio, otro anciano, en este caso un hombre llamado William Horn, había sido asesinado a tiros en un robo a mano armada. La policía tenía pocas dudas: creía que el mismo asesino había cometido ambos crímenes.

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A partir de la media encontrada en el segundo asesinato, dos analistas del cabello entrenados por el FBI centraron su investigación en un sospechoso, Santae Tribble, por entonces un chaval de la zona de 17 años. Aunque Tribble mantuvo su inocencia desde el principio, nada de lo que dijo (ni sus familiares y amigos) importó.

Aquellos dos expertos federales alegaron que un solo mechón de cabello recuperado en la media coincidía con el ADN de Tribble. Gracias a esa evidencia, pionera en ese momento, Tribble fue declarado culpable y sentenciado a cadena perpetua tras menos de una hora de deliberación del jurado.

Santae cumplió 28 años de la pena hasta que se reveló la verdad: un análisis independiente descubrió que el testimonio del FBI era defectuoso. Ni un solo cabello de los encontrados en la escena coincidía con su ADN. Después de que los abogados llevaron la evidencia a los tribunales, Tribble fue exonerado del crimen en el 2012. En una orden de cinco páginas, la jueza Laura A. Cordero aceptó la solicitud de Santae de un certificado de inocencia:

El Tribunal encuentra con pruebas claras y convincentes que no cometió los delitos por los que fue condenado en el juicio.

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Image: FBI

Sin embargo, el caso resultó ser una bomba informativa terrible, sobre todo para el propio Santae. No solo ninguno de los cabellos presentados como pruebas era de Tribble, sino que un laboratorio privado descubrió que uno de los pelos, el mechón que lo había inculpado, en realidad provenía de un perro. Según relató la abogada del hombre:

Tal es el verdadero estado del microscopio capilar con el que se enjuicia a gente, que los dos analistas entrenados por el FBI ... ni siquiera podían distinguir los cabellos humanos de los caninos.

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Con aquel fallo tan espantoso, Tribble se convirtió en el segundo hombre de D.C. durante el 2012 (y el tercero desde 2009) en ser exonerado después de cumplir una larga condena en prisión basada en los estudios de cabello llevados a cabo por diferentes examinadores en el FBI. Sus casos ayudaron a centrar la atención nacional en un problema de fondo que podía ser mucho peor: los posibles fallos del sistema de ciencia forense de Estados Unidos.

En respuesta a ello, el Departamento de Justicia anunció una revisión nacional de todos los casos manejados por la unidad de cabello y fibras del Laboratorio del FBI antes de 2000, más de 21.000 en total, buscando casos donde los informes de laboratorio incorrectos o testimonios pudieron haber contribuido a una condena.

Image: Equal Justice Initiative

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¿Resultado? El Departamento de Justicia y el FBI reconoció que casi todos los examinadores de la unidad microscópica de comparación de cabello del Laboratorio del FBI dieron un testimonio erróneo en casi todos los juicios en los que ofrecieron pruebas contra acusados ​​durante más de dos décadas antes del 2000.

Veintiséis de los 28 examinadores exageraron sus informes forenses de forma que favorecieron a los fiscales en más del 95% de los 268 juicios revisados. Casos que incluían los de 32 acusados ​​condenados a muerte, y de ellos, 14 habían sido ejecutados o habían muerto en prisión.

Image: Wikimedia Commons

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¿Por qué? Resulta que en los años 80 y 90, los laboratorios de investigación forense no estaban muy vinculados a la comunidad científica, y los análisis de pelo a menudo se exageraban en los tribunales. Para empeorar el problema, no todos los pelos tienen ADN que pueda ser comparado. Para poder extraer ADN, el pelo debe tener intacta la raíz. De lo contrario lo único que se puede extraer es ADN mitocondrial, que tan solo sirve para determinar una herencia genética por línea materna.

Tras el 2000 todo cambió, y hoy en día el análisis de muestras de pelo es mucho más serio, pero en esas dos décadas, hay pruebas cuyo análisis puede poner en entredicho las sentencias en algunos casos.

Gracias a estas investigaciones destapadas por el periódico Washington Post, muchos de los casos fueron revisados. En cuanto a Santae A. Tribble, el hombre que estuvo encarcelado 28 años injustamente por culpa de un pelo que resultó ser de un perro, fue indemnizado por el gobierno de Estados Unidos en el año 2016 con 13,2 millones de dólares. [The Washington Post, LA Times, The Washington Post]