Una momia puede llevar siglos a la vista y, aun así, seguir guardando sus secretos. A veces no hace falta desenvolverla, abrirla ni tocarla demasiado. Basta con colocarla bajo un escáner y dejar que la tecnología atraviese las vendas, los huesos, los tejidos secos y las decisiones funerarias de una sociedad desaparecida hace miles de años.
Eso es lo que acaba de ocurrir con dos momias infantiles procedentes de Qubbet el-Hawa, la necrópolis situada frente a la ciudad moderna de Asuán, en el sur de Egipto. Según informó la Universidad de Jaén, un equipo internacional ha estudiado ambos cuerpos mediante tomografía computarizada de alta resolución y ha encontrado algo más interesante que una simple diferencia de conservación: las técnicas de embalsamamiento aplicadas a los niños variaban de forma radical según la época histórica a la que pertenecían.
El trabajo, publicado en International Journal of Osteoarchaeology, reúne a investigadores del Museo Nacional de la Civilización Egipcia, la Universidad de El Cairo, la Universidad de Granada, la Universidad de Zúrich, la Universidad de Jaén e IPHES-CERCA. De acuerdo con el resumen académico del estudio, las dos momias corresponden al Reino Medio y al Periodo Tardío, y fueron analizadas para evaluar métodos de embalsamamiento, desarrollo esquelético y conservación interna.
La sorpresa no estaba en que fueran niños, sino en cómo habían sido preparados

Durante mucho tiempo, la momificación infantil se interpretó como una práctica más simple o menos desarrollada que la de los adultos. Tenía cierta lógica: si los tratamientos funerarios complejos exigían tiempo, recursos y especialistas, parecía razonable suponer que los niños recibían procedimientos más limitados. Pero estas dos momias obligan a matizar esa idea.
Según la Universidad de Jaén, el niño del Reino Medio presentaba un tratamiento relativamente limitado: poca conservación de tejidos blandos, ausencia de excerebración transnasal y sin evidencias de resina o relleno interno. El caso encaja con una etapa más temprana o minimalista de las prácticas de embalsamamiento.
La otra momia, en cambio, cuenta una historia muy distinta. El niño del Periodo Tardío mostraba señales de técnicas mucho más avanzadas, entre ellas excerebración transnasal (la extracción del cerebro a través de la nariz), presencia de resina craneal y una conservación extensa del cuerpo. De acuerdo con el estudio recogido por ResearchGate, estos rasgos son típicos de procedimientos más sofisticados y se interpretan dentro de su contexto histórico, no como una simple consecuencia de la edad del menor.
La edad no lo explicaba todo: la época sí

La clave del estudio está precisamente ahí. Las dos momias proceden del mismo yacimiento, pero no del mismo momento histórico. Y lo que cambia entre ellas no parece ser la edad, sino el marco cultural, técnico y funerario de cada periodo.
Tal como explica iDescubre, los investigadores concluyen que las diferencias responden a sus respectivos contextos históricos y no a que uno de los cuerpos perteneciera a un niño más pequeño o más mayor. Esto es importante porque desplaza el debate: la infancia no implicaba automáticamente una momificación sencilla. En ciertos momentos, y probablemente en ciertos grupos sociales, los niños podían recibir tratamientos comparables a los adultos.
Ese matiz cambia bastante la lectura. No se trata de decir que todos los niños egipcios fueran momificados con el mismo cuidado. El estudio apunta justo a lo contrario: había variedad, jerarquías, evolución tecnológica y decisiones funerarias complejas. La infancia, en el Antiguo Egipto, no era una categoría arqueológica menor, sino una ventana directa a la identidad familiar, el estatus y las creencias sobre la vida después de la muerte.
Joyas, cuentas y amuletos: los niños también hablaban de estatus
La tomografía no solo permitió mirar el interior de los cuerpos. También ayudó a identificar elementos funerarios asociados a las momias. Según la Universidad de Jaén, entre los objetos documentados aparecen cubiertas de redes de cuentas, joyas de fayenza y amuletos de conchas, piezas vinculadas tanto a la protección ritual como al estatus social.
Estos detalles importan porque el ajuar funerario no era un simple acompañamiento decorativo. En el Egipto antiguo, los objetos colocados junto al difunto formaban parte de un lenguaje religioso y social. Protegían, identificaban, señalaban pertenencia y ayudaban a construir la imagen del fallecido en el tránsito hacia el más allá.
En el caso de los niños, esa información es especialmente valiosa. La arqueología suele recuperar más datos de adultos que de menores, y durante mucho tiempo la infancia quedó en un segundo plano dentro de los grandes relatos sobre élites, faraones, funcionarios y sacerdotes. Estas momias muestran que los niños también participaban de un universo simbólico complejo.
Qubbet el-Hawa vuelve a demostrar por qué es un yacimiento clave

El lugar del hallazgo tampoco es un dato menor. Qubbet el-Hawa se encuentra en la orilla occidental del Nilo, frente a Asuán, y ha sido investigado desde 2008 por el proyecto de la Universidad de Jaén. Según la propia web del proyecto, la necrópolis conserva alrededor de 60 tumbas talladas en la roca y resulta clave para estudiar no solo Egipto, sino también sus relaciones con Nubia y el África interior.
La zona fue un espacio funerario de gran importancia para las élites de Elefantina, una región estratégica en el extremo sur del Egipto faraónico. Por eso, cada nuevo hallazgo allí no solo añade una pieza al rompecabezas local: también ayuda a entender cómo funcionaban las redes políticas, comerciales, religiosas y familiares en una frontera crucial del mundo egipcio.
En este caso, las momias infantiles aportan algo muy concreto: permiten observar cómo las prácticas funerarias cambiaron a lo largo del tiempo dentro de un mismo paisaje arqueológico. No es lo mismo comparar momias de museos distintos, con procedencias inciertas, que estudiar cuerpos vinculados a un contexto excavado y documentado.
La tomografía está cambiando la forma de estudiar momias
El otro protagonista del hallazgo es la tecnología. La tomografía computarizada de alta resolución permite estudiar momias sin desenvolverlas ni alterar su estado de conservación. La Universidad de Jaén destaca que este método ofrece un nivel de detalle extraordinario y preserva la integridad de los restos, algo fundamental cuando se trabaja con cuerpos antiguos y piezas frágiles.
La diferencia no es menor. Antes, conocer ciertos detalles podía implicar intervenir físicamente la momia, con el riesgo de dañarla para siempre. Ahora, los investigadores pueden observar tejidos, cavidades, huesos, resinas, vendajes y objetos internos de forma no invasiva. La momia deja de ser solo un objeto arqueológico y se convierte en una especie de archivo tridimensional.
Lo más potente de este estudio es que no presenta una respuesta espectacular y cerrada, sino una corrección fina. Los niños egipcios no fueron siempre tratados con técnicas simples. Algunos, dependiendo de la época y del contexto social, pudieron recibir procesos de momificación altamente sofisticados.
Y ahí está la verdadera sorpresa: no en que la tecnología moderna haya mirado dentro de dos momias, sino en que esas dos momias hayan devuelto una imagen menos rígida del Antiguo Egipto. Una sociedad donde incluso los cuerpos más pequeños podían cargar con enormes capas de ritual, estatus y memoria.