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Ciencia

Dos moscas separadas por 90 millones de años todavía construyen sus ojos compuestos con el mismo núcleo de 106 genes. La evolución cambió gran parte del circuito que los regula sin alterar el resultado final

Un estudio ha comparado el desarrollo ocular de Drosophila melanogaster y Episyrphus balteatus. Ambas conservan 106 genes esenciales, aunque buena parte de las conexiones que los controlan ha sido reorganizada por la evolución.
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A simple vista, los ojos de una mosca pueden parecer una estructura rígida, repetida durante millones de años sin demasiados cambios. Sin embargo, bajo esa superficie formada por cientos o miles de pequeñas lentes se esconde una red genética capaz de transformarse profundamente sin dejar de cumplir su función.

Un equipo encabezado por investigadores del Centro Andaluz de Biología del Desarrollo ha comparado la formación del ojo compuesto en dos especies de moscas cuyas líneas evolutivas se separaron hace aproximadamente 90 millones de años: la conocida mosca del vinagre, Drosophila melanogaster, y el sírfido Episyrphus balteatus, conocido también como mosca de la mermelada. Los resultados se han publicado en la revista científica PLOS Genetics.

La conclusión central es tan sencilla de formular como difícil de demostrar: ambas especies continúan utilizando un conjunto común de genes para construir sus ojos, pero han cambiado de manera considerable las instrucciones que determinan cuándo, dónde y con qué intensidad debe funcionar cada uno. Es como si dos máquinas conservaran las mismas piezas esenciales después de 90 millones de años, aunque sus circuitos internos hubieran sido conectados de formas diferentes.

Dos ojos construidos a partir de una historia muy distinta

Dos moscas separadas por 90 millones de años todavía construyen sus ojos compuestos con el mismo núcleo de 106 genes. La evolución cambió gran parte del circuito que los regula sin alterar el resultado final
© Alamy / Zoonar GmbH.

Drosophila melanogaster lleva décadas siendo uno de los grandes organismos modelo de la biología. Su rápido ciclo vital, su pequeño tamaño y la posibilidad de manipular sus genes han permitido estudiar desde la herencia hasta el desarrollo embrionario. Su ojo compuesto es, de hecho, uno de los sistemas visuales mejor descritos a escala genética.

El problema es que Drosophila pertenece a una rama bastante especializada de las moscas. Utilizarla como referencia universal plantea una pregunta inevitable: ¿sus mecanismos representan realmente a otros insectos o son, en parte, una peculiaridad adquirida por su propio linaje?

Para averiguarlo, los investigadores recurrieron a Episyrphus balteatus, una especie lo suficientemente distante como para que la evolución haya tenido tiempo de acumular grandes diferencias. Sus ojos también son notablemente mayores: mientras que el ojo de Drosophila contiene alrededor de 800 omatidios (cada una de las unidades visuales que forman el mosaico del ojo compuesto), el de Episyrphus supera los 3.500.

A pesar de esa diferencia, el proceso general de desarrollo guarda semejanzas importantes. En ambos casos, grupos de células se especializan progresivamente hasta producir fotorreceptores, estructuras pigmentarias y pequeñas lentes. La pregunta no era únicamente qué genes participan, sino cómo se relacionan entre ellos para coordinar toda esa transformación.

Un núcleo de 106 genes ha sobrevivido a 90 millones de años

Dos moscas separadas por 90 millones de años todavía construyen sus ojos compuestos con el mismo núcleo de 106 genes. La evolución cambió gran parte del circuito que los regula sin alterar el resultado final
© Georg Bullinger.

El equipo reconstruyó las redes reguladoras del ojo mediante dos técnicas complementarias. El análisis RNA-seq permitió identificar qué genes se encontraban activos durante el desarrollo, mientras que ATAC-seq sirvió para localizar regiones del ADN accesibles a las proteínas reguladoras, una señal de que podían funcionar como interruptores genéticos.

Al combinar ambas capas de información, los investigadores identificaron 533 genes vinculados a regiones reguladoras oculares en una especie y 624 en la otra. En la intersección apareció un núcleo de 106 genes compartidos, especialmente relacionado con el desarrollo del sistema visual, la diferenciación de los fotorreceptores y distintas rutas de señalización celular.

Dentro de ese grupo había 22 factores de transcripción. Estas proteínas funcionan como directores de orquesta: reconocen secuencias determinadas del ADN y activan o reprimen otros genes. El conjunto incluye algunos de los reguladores ya conocidos por controlar la formación, el crecimiento y la diferenciación inicial del ojo en Drosophila.

Según indica el estudio, esta red amplía considerablemente el catálogo genético conocido fuera del linaje de Drosophila. También ofrece una primera aproximación a una red mínima compartida por distintos dípteros, aunque los propios autores advierten de que el modelo todavía es incompleto y no incluye todas las posibles regiones reguladoras ni todos los motivos de unión al ADN.

La evolución conservó las piezas, pero reorganizó sus conexiones

Dos moscas separadas por 90 millones de años todavía construyen sus ojos compuestos con el mismo núcleo de 106 genes. La evolución cambió gran parte del circuito que los regula sin alterar el resultado final
© Unsplash / Jin Yeong Kim.

El resultado más interesante apareció al observar no solo los genes compartidos, sino las conexiones existentes entre ellos. El equipo encontró 700 relaciones reguladoras potencialmente comunes, pero también 384 que parecían exclusivas de Episyrphus y otras 390 propias de Drosophila.

Eso significa que conservar un órgano no obliga a mantener intacto todo el plano necesario para construirlo. Algunas regiones reguladoras han cambiado de posición, otras han adquirido combinaciones diferentes de sitios de unión y determinadas conexiones han desaparecido o han sido sustituidas por rutas alternativas.

Los investigadores describen este comportamiento como una forma de “fluidez reguladora”, relacionada con el fenómeno conocido como deriva de los sistemas de desarrollo. La anatomía final puede mantenerse estable mientras que los mecanismos internos que la producen evolucionan silenciosamente. El resultado visible permanece; el camino molecular para alcanzarlo no.

Para comprobar que la red reconstruida podía predecir relaciones biológicas reales, el equipo estudió dos de sus componentes: el factor de transcripción lozenge y el gen dachshund, necesario para el desarrollo normal del ojo. Los experimentos realizados en Drosophila confirmaron que lozenge actúa reprimiendo a dachshund, respaldando al menos una de las conexiones predichas por el modelo.

Un órgano no necesita una receta genética inmutable

El estudio no demuestra que cualquier modificación reguladora sea tolerable. Algunos genes presentan conexiones mucho más conservadas que otros, lo que sugiere que ciertas partes de la red tienen poco margen para cambiar. Otras, en cambio, parecen admitir una reorganización considerable sin alterar la construcción del ojo. Los autores todavía no han encontrado una regla que permita predecir qué zonas serán rígidas y cuáles podrán evolucionar con mayor libertad.

La relevancia del trabajo va más allá de las moscas. Comprender cómo una estructura compleja conserva su función mientras cambia su arquitectura reguladora ayuda a explicar de qué manera la evolución genera diversidad sin tener que empezar desde cero. Los genes no son instrucciones aisladas, sino componentes de redes dinámicas que pueden adquirir conexiones nuevas, perder otras y encontrar caminos alternativos.

Después de 90 millones de años, Drosophila y Episyrphus continúan fabricando ojos compuestos mediante un núcleo genético reconocible. Lo sorprendente no es únicamente que ese núcleo haya sobrevivido, sino que haya podido mantenerse operativo mientras gran parte del circuito que lo rodea era reescrito. La evolución, en este caso, no conservó exactamente la receta: conservó el plato final.

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