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Ciencia

Durante 25.000 años, alguien llevó plantas enteras al interior de una cueva australiana y las quemó una y otra vez. Los restos microscópicos de ceniza acaban de revelar que aquel lugar no era un refugio cualquiera

Cloggs Cave conserva capas superpuestas de hierbas quemadas, pequeños hogares ceremoniales y una piedra erguida rodeada de ceniza. El conjunto permite seguir prácticas culturales GunaiKurnai a través de cientos de generaciones.
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Una cueva utilizada habitualmente como refugio suele dejar restos reconocibles: huesos de animales consumidos, hogares para calentarse, herramientas abandonadas y residuos de la vida cotidiana. Cloggs Cave, situada en el territorio GunaiKurnai del sureste de Australia, cuenta una historia bastante diferente.

En su interior aparecieron finísimas capas de ceniza extendidas sobre el suelo, plantas trasladadas desde el exterior, pequeñas instalaciones de fuego y objetos colocados de una manera difícil de explicar mediante actividades domésticas. Ahora, un estudio publicado en Frontiers in Environmental Archaeology ha añadido una nueva pieza al puzle al analizar los fitolitos (estructuras microscópicas de sílice producidas por las plantas) preservados en sus sedimentos.

Los resultados muestran que las personas llevaron vegetación al interior de la cavidad y la quemaron durante buena parte de los últimos 25.000 años. No significa necesariamente que se repitiera exactamente el mismo ritual de forma ininterrumpida durante todo ese tiempo, pero sí que la cueva mantuvo una relación cultural excepcionalmente prolongada con las plantas, el fuego y las prácticas especiales de los Ancestros Antiguos GunaiKurnai.

Los investigadores tuvieron que distinguir las plantas llevadas por personas de las comidas por zarigüeyas

Durante 25.000 años, alguien llevó plantas enteras al interior de una cueva australiana y las quemó una y otra vez. Los restos microscópicos de ceniza acaban de revelar que aquel lugar no era un refugio cualquiera
© Frontiers in Environmental Archaeology.

El gran problema consistía en demostrar cómo habían llegado aquellas partículas vegetales. La cueva también fue frecuentada por zarigüeyas, cuyos excrementos contenían numerosos fitolitos procedentes de las plantas que habían comido. Encontrar restos microscópicos sin quemar no permitía determinar por sí solo si fueron transportados por personas o depositados por animales.

Por eso, el equipo comparó los sedimentos arqueológicos con excrementos de zarigüeya excepcionalmente bien conservados. La diferencia decisiva apareció en los fitolitos ennegrecidos, parcialmente fundidos o todavía articulados: esos restos no estaban presentes en las muestras animales y constituían una señal directa de plantas quemadas dentro de la cueva por seres humanos.

La mayoría procedía de gramíneas. Además, se encontraron formas producidas en las hojas, los tallos y las inflorescencias, lo que indica que no se transportaron únicamente semillas o partes comestibles. Los Ancestros Antiguos recogían las plantas completas, las llevaban hasta la cueva y las extendían en capas finas antes de quemarlas a temperaturas relativamente bajas.

Este comportamiento no encaja demasiado bien con la preparación habitual de comida. Según los autores, la presencia de partes no comestibles y la formación de amplias superficies de ceniza respaldan la interpretación de que las gramíneas eran seleccionadas para producir humo o ceniza con una finalidad especial.

Setenta y tres incendios rodearon una piedra colocada deliberadamente

Durante 25.000 años, alguien llevó plantas enteras al interior de una cueva australiana y las quemó una y otra vez. Los restos microscópicos de ceniza acaban de revelar que aquel lugar no era un refugio cualquiera
© Frontiers in Environmental Archaeology.

Uno de los sectores más llamativos conserva una piedra vertical de 28,1 centímetros erigida hace aproximadamente 2.000 años. A su alrededor, los arqueólogos identificaron 73 capas finas y diferenciadas de ceniza, acumuladas mediante quemas repetidas durante unos 400 años. Apenas contenían carbón vegetal, señal de que se quemaron principalmente materiales blandos como hierbas y hojas.

Las capas superiores estudiadas se formaron aproximadamente entre hace 4.400 y 1.600 años. En algunas muestras, hasta el 18,3% de los fitolitos presentaba señales de haber sido quemado, aunque la presencia de restos alterados por el fuego continúa en niveles mucho más antiguos.

Más abajo aparecieron dos pequeñas instalaciones de entre 11.000 y 12.000 años de antigüedad. Cada una contenía un hogar de apenas 15 o 20 centímetros y una vara de Casuarina cuidadosamente recortada, parcialmente quemada y untada con grasa animal o humana. Su configuración coincide de manera sorprendente con prácticas GunaiKurnai descritas por etnógrafos durante el siglo XIX.

Aquel trabajo anterior, publicado en Nature Human Behaviour, interpretó las estructuras como evidencia de una tradición ritual transmitida durante unas 500 generaciones. En los relatos históricos, especialistas espirituales conocidos como mulla-mullung utilizaban espacios apartados para actividades relacionadas con la curación, la magia, las maldiciones y el contacto con seres espirituales.

La cueva no conserva un único ritual de 25.000 años, sino algo quizá todavía más importante

El titular más tentador sería afirmar que Cloggs Cave contiene el mismo ritual repetido durante 25.000 años. La evidencia, sin embargo, exige algo más de cuidado. La correspondencia más directa entre una práctica arqueológica y otra documentada históricamente alcanza unos 12.000 años; el registro completo de uso de plantas y visitas humanas se remonta al menos 25.000 años.

Lo extraordinario es la combinación. En distintos niveles aparecen polen de plantas con usos medicinales o culturales, gramíneas completas quemadas, hogares en miniatura, varas untadas con grasa, una piedra erguida y decenas de capas de ceniza. No todos esos elementos pertenecen a una única ceremonia, pero juntos muestran que la cueva fue tratada repetidamente como un lugar apartado y especial, no como una vivienda común.

La conservación de materia vegetal durante tanto tiempo también es excepcional. Las condiciones secas, frescas y estables del interior evitaron que desaparecieran por completo hojas, polen, madera y partículas de sílice que normalmente se perderían.

Cloggs Cave no ha guardado una grabación exacta de lo que hicieron sus visitantes. Ha preservado algo más fragmentario: pequeñas hogueras, plantas reducidas a partículas invisibles y objetos que permanecieron donde alguien los dejó. Al reunirlos con el conocimiento de la comunidad GunaiKurnai, esos restos permiten seguir una historia cultural que comenzó durante la última glaciación y continuó durante aproximadamente mil generaciones.

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