Durante décadas, As Pontes fue uno de los grandes motores energéticos de España. La mina gallega proporcionaba el lignito que alimentaba la central térmica situada junto al yacimiento, pero el proceso dejó una cicatriz difícil de esconder.
Entre 1976 y 2007 se extrajeron alrededor de 263 millones de toneladas de carbón y se retiraron 697 millones de metros cúbicos de materiales estériles. Cuando terminó la explotación, el hueco medía aproximadamente seis kilómetros de largo, 2,7 de ancho y alcanzaba una profundidad máxima de 290 metros.
No era posible cubrirlo con tierra ni devolver el paisaje a su estado anterior. La alternativa elegida fue tan sencilla de explicar como difícil de ejecutar: convertir todo aquel vacío en un lago.
Llenar el cráter necesitó algo más que abrir una compuerta

La inundación controlada comenzó a finales de enero de 2008. El agua procedía principalmente de las lluvias y de cursos fluviales cercanos que habían sido desviados durante la explotación minera y ahora podían reintegrarse al terreno.
El proceso concluyó el 18 de abril de 2012. Durante esos cuatro años y medio entraron unos 547 hectómetros cúbicos de agua, equivalentes a 547.000 millones de litros. El nuevo lago alcanzó una superficie cercana a las 865 hectáreas, un perímetro de 17,8 kilómetros y una profundidad máxima de 206 metros.
Los estudios académicos lo describen como el lago artificial más grande y profundo de España, aunque esa clasificación no incluye los grandes embalses construidos mediante presas. El llenado tampoco podía realizarse a cualquier velocidad. Los técnicos debían vigilar el peso acumulado sobre las paredes, la estabilidad de los taludes y el efecto de unas olas que podían alcanzar dimensiones considerables dentro de una masa de agua tan extensa.
El peligro estaba escondido en la química de la mina

El mayor problema no era conseguir agua, sino evitar que terminara convertida en una sopa ácida y cargada de metales. Las paredes excavadas contenían materiales con pirita que, al entrar en contacto con el oxígeno y el agua, podían producir drenaje ácido. Ese proceso libera sulfatos, hierro, aluminio y manganeso, y ha convertido numerosos lagos mineros del mundo en espacios incapaces de sostener una vida acuática normal.
Antes y durante el llenado, los responsables utilizaron modelos hidrodinámicos y geoquímicos para anticipar cómo cambiarían la temperatura, la densidad y la concentración de sustancias en cada nivel. También controlaron la calidad de las fuentes de agua y analizaron continuamente el contenido del nuevo lago.
El resultado fue una estratificación química. La capa superior presenta oxígeno y un pH solo ligeramente ácido, mientras que en las zonas más profundas existe una masa más densa, anóxica y con mayor acidez. Ambas permanecen separadas por una frontera conocida como quimioclina.
Según una investigación publicada por el Boletín Geológico y Minero, la metodología consiguió que el agua que sale del lago cumpla los límites establecidos, aunque las profundidades siguen exigiendo vigilancia.
Donde había excavadoras ahora hay una playa y cientos de especies
La transformación no terminó en el agua. En los terrenos afectados por la mina se remodelaron taludes, se plantó vegetación y se construyeron islas destinadas a ofrecer refugio a las aves.
Endesa afirma haber identificado en el el área restaurada 217 especies vegetales y 205 especies de vertebrados. El lago cuenta además con playa, zonas recreativas y espacios donde se practican deportes náutico. Entre 2009 y 2014, otro estudio identificó 126 tipos de fitoplancton y concluyó que el agua superficial presentaba condiciones ecológicas buenas y un estado oligotrófico, con poca concentración de nutrientes y biomasa. Ninguno de los organismos registrados estaba reconocido como tóxico.
As Pontes no recuperó el valle que existía antes de la minería. El lago es un ecosistema nuevo, artificial y todavía condicionado por lo que permanece en sus profundidades. Pero allí donde durante tres décadas se abrió un agujero para extraer carbón, hoy existe una masa de agua de ocho kilómetros cuadrados. La mina no desapareció: cambió de forma hasta convertirse en uno de los mayores experimentos de restauración industrial de Europa.