Más del 70% de la superficie terrestre está cubierta por agua, pero todavía desconocemos con exactitud cómo llegó hasta aquí. La pregunta obliga a retroceder miles de millones de años, cuando nuestro planeta era un mundo sometido a impactos constantes, temperaturas extremas y transformaciones geológicas que terminaron borrando buena parte de las pruebas de su nacimiento.
Durante décadas, una de las explicaciones más estudiadas apuntó hacia el espacio: meteoritos ricos en agua habrían bombardeado la Tierra primitiva y contribuido a llenar sus océanos. Pero ahora, una investigación ha encontrado una pista inesperada en un lugar donde no hay mares, ríos ni precipitaciones: la Luna.
Un equipo encabezado por Anthony M. Gargano, del Lunar and Planetary Institute y la NASA, analizó muestras recogidas por las misiones Apolo y descubrió que la cantidad de agua aportada por impactos meteoríticos tardíos pudo ser mucho menor de lo que sugerían algunas hipótesis.
El estudio, publicado el 20 de enero de 2026 en Proceedings of the National Academy of Sciences, no resuelve definitivamente el origen de los océanos. Sin embargo, introduce una restricción importante para una de las explicaciones sobre cómo se acumuló el agua terrestre.
La Luna conserva una historia que la Tierra lleva miles de millones de años borrando

La diferencia fundamental entre ambos mundos está en su evolución geológica. La Tierra tiene océanos, erosión, actividad volcánica y placas tectónicas que reciclan continuamente grandes extensiones de la corteza. La Luna, en cambio, conserva buena parte de las huellas dejadas por los impactos durante miles de millones de años.
Su superficie está cubierta por una capa de polvo y fragmentos rocosos denominada regolito. Cada impacto incorpora y transforma materiales, creando un archivo acumulativo de la historia del sistema solar. Como explica la NASA en su comunicado sobre el descubrimiento, ese registro permite investigar qué tipos de objetos golpearon la Luna y, por extensión, qué materiales pudieron alcanzar también la Tierra.
Los investigadores recurrieron a una técnica especialmente precisa: el análisis de tres isótopos del oxígeno. Al comparar sus proporciones, es posible distinguir las señales químicas del material lunar de las aportadas por determinados meteoritos, incluso después de que los impactos hayan fundido o vaporizado parte de los materiales originales. Y entonces apareció el dato decisivo.
El polvo del Apolo escondía una cantidad sorprendentemente pequeña de material extraterrestre

Los científicos identificaron una contribución meteorítica de al menos aproximadamente el 1 % de la masa del regolito analizado, compatible con materiales ricos en carbono que sufrieron vaporización parcial al impactar.
Este detalle es importante porque las condritas carbonáceas pueden transportar agua y compuestos hidratados. Por tanto, calcular cuánto material de ese tipo llegó a la Luna permite establecer límites sobre el agua que esos impactos pudieron aportar.
Según los resultados publicados por la Universidad de Nuevo México, los investigadores extrapolaron sus mediciones teniendo en cuenta que la Tierra recibió una cantidad de impactos considerablemente mayor. Incluso utilizando un escenario en el que nuestro planeta recibió unas veinte veces más material que la Luna, la cantidad de agua calculada representaba, como máximo, unos pocos puntos porcentuales del volumen de los océanos terrestres.
La conclusión cuestiona que los impactos ocurridos durante los últimos 4.000 millones de años fueran la fuente principal del agua que conocemos actualmente. Sin embargo, no descarta que meteoritos anteriores, durante las primeras etapas de formación terrestre, desempeñaran un papel fundamental.
El misterio de nuestros océanos podría empezar mucho antes de lo que pensábamos

Si los impactos tardíos no explican la mayor parte del agua terrestre, es necesario considerar otros mecanismos. Una posibilidad es que nuestro planeta incorporase materiales hidratados durante su formación. Otra es que parte de esa agua permaneciera almacenada en el interior terrestre y posteriormente llegase a la superficie mediante procesos geológicos. De hecho, una investigación publicada en Science Advances en 2018 ya había encontrado indicios isotópicos compatibles con que buena parte del agua de la Tierra estuviera presente antes del gigantesco impacto que dio origen a la Luna.
El nuevo estudio también tiene implicaciones para nuestro satélite. Aunque la cantidad de agua transportada por meteoritos sea insignificante comparada con los océanos terrestres, podría representar una aportación relevante a los pequeños depósitos lunares. Como destaca el Lunar and Planetary Institute, estas mediciones ayudarán a interpretar los materiales que recuperen futuras misiones y a comprender mejor la historia de los impactos en el sistema Tierra-Luna.
Todavía no sabemos exactamente cuándo ni mediante qué combinación de procesos apareció el agua que hizo habitable nuestro planeta. Pero el descubrimiento cambia una parte importante de la investigación: quizá no debamos buscar la mayor parte del agua terrestre entre los meteoritos que llegaron después, sino entre los materiales con los que se construyó la propia Tierra. Y para llegar a esa posibilidad hemos necesitado algo extraordinario: estudiar un puñado de polvo recogido en otro mundo hace más de cincuenta años.