Imaginemos que alguien termina de comer un plato de hongos y, poco después, comienza a observar pequeñas personas caminando entre los muebles, trepando por las paredes o moviéndose sobre su ropa. No se trata de personajes de una película fantástica. Son experiencias descritas por personas de diferentes regiones de Asia, algunas separadas por miles de kilómetros, que durante décadas desconcertaron a los investigadores.
Lo extraño no es únicamente que estos episodios involucren alucinaciones, sino que muchos relatos coinciden en un detalle extraordinariamente específico: las figuras humanas parecen diminutas, como si pertenecieran al mundo de Los viajes de Gulliver.
Después de años de investigación, científicos de la Universidad de Utah identificaron una conexión biológica entre varios de estos casos. Un hongo conocido como Lanmaoa asiatica aparece detrás de los episodios documentados en China y Filipinas. Sin embargo, el descubrimiento abrió una pregunta todavía más inquietante: ¿qué sustancia puede producir unas visiones tan particulares?
El hongo que convirtió una comida cotidiana en una experiencia difícil de explicar

En la provincia china de Yunnan, Lanmaoa asiatica es conocido como jian shou qing, un nombre asociado con el color azulado que puede adquirir cuando se manipula. Crece en bosques donde establece relaciones con árboles, especialmente pinos, y se comercializa como alimento durante la temporada de recolección. Pero existe una advertencia conocida entre las comunidades locales: consumirlo crudo o insuficientemente cocinado puede provocar intoxicaciones acompañadas de alucinaciones.
Los médicos de la región conocen estos episodios desde hace décadas. En 1991, investigadores chinos describieron pacientes que aseguraban observar pequeñas figuras moviéndose sobre su ropa, sus platos y los objetos de su entorno. Este fenómeno recibe el nombre de alucinaciones liliputienses, en referencia a los habitantes de Liliput, la isla ficticia imaginada por Jonathan Swift.
Según explica la Universidad de Utah en su investigación sobre el hongo, los hospitales de Yunnan atienden numerosos casos relacionados con su consumo. Los síntomas no constituyen una experiencia recreativa inocua, sino una forma de intoxicación que puede requerir atención médica.
La misma visión apareció a miles de kilómetros y el ADN reveló una coincidencia

Durante mucho tiempo, los investigadores se preguntaron si las semejanzas entre los testimonios respondían a tradiciones culturales, relatos populares o efectos biológicos compartidos.
La pista decisiva llegó desde Filipinas. En 2024, el micólogo Colin Domnauer viajó a comunidades de la región montañosa de la Cordillera septentrional, donde los habitantes conocían un hongo llamado sedesdem. Allí encontró relatos sobre figuras humanas diminutas similares a los documentados en China. Domnauer recogió muestras y analizó su ADN junto con Bryn Dentinger, investigador del Museo de Historia Natural de Utah. El resultado fue sorprendente: el hongo filipino pertenecía a la misma especie, Lanmaoa asiatica, que se consumía en Yunnan.
El Museo de Historia Natural de Utah explica que la identificación genética permitió relacionar dos tradiciones independientes con una misma especie biológica. Los científicos también investigaron relatos históricos de Papúa Nueva Guinea, aunque todavía no consiguieron muestras que permitan confirmar si allí interviene el mismo hongo.
Los científicos buscaron la sustancia responsable y encontraron algo que no esperaban

El siguiente paso parecía evidente: buscar la molécula que altera la percepción. Muchos hongos alucinógenos contienen psilocibina, mientras que otros producen compuestos como el ácido iboténico. Sin embargo, el análisis genético de Lanmaoa asiatica no detectó las rutas biosintéticas conocidas para producir esas sustancias.
En el estudio publicado en la revista Mycologia, Domnauer y Dentinger examinaron 53 ejemplares del género Lanmaoa. Su investigación permitió reconocer 17 especies, incluidas cuatro desconocidas hasta entonces.
Lo más interesante fue que los resultados apuntaban a la posible existencia de un compuesto psicoactivo todavía no identificado. Los científicos sospechan que podría actuar mediante mecanismos diferentes de los conocidos, aunque no han aislado la molécula ni demostrado cómo produce las alucinaciones.
El misterio podría tener implicaciones mucho más amplias que la biología de los hongos. Comprender por qué determinadas sustancias generan imágenes tan específicas podría aportar nuevas herramientas para estudiar cómo el cerebro construye la percepción visual y por qué aparecen alucinaciones en algunas enfermedades neurológicas.
Por ahora, la ciencia ha conseguido relacionar relatos separados geográficamente mediante pruebas genéticas, pero todavía no puede explicar por completo su origen químico. Y quizá esa sea la parte más extraordinaria de la historia: un hongo que se vende como alimento desde hace generaciones podría esconder una molécula desconocida capaz de revelar nuevos aspectos del funcionamiento del cerebro humano.