Bajo el suelo totalmente lleno de humedad de la selva ecuatoriana, un bosque de hace 112 millones de años acaba de regresar a la luz. Allí, en una cantera de la Formación Hollín, los científicos hallaron fragmentos de ámbar prehistórico que conservan en su interior insectos, telarañas y restos de polen.
No se trata de, lo que podemos decir, un simple fósil: es una cápsula del tiempo que transporta intacto un ecosistema del Cretácico. Lo más sorprendente es que este hallazgo, publicado recientemente en Nature Communications Earth & Environment, constituye la primera evidencia de ámbar con insectos en toda Sudamérica.
Una ventana a Gondwana

Hace poco más de cien millones de años, Sudamérica formaba parte de Gondwana, el supercontinente que reunía también a África, la Antártida, Australia y la India. La región que hoy ocupa Ecuador era entonces un bosque tropical que bullía de vida. Pero hasta ahora, ese paisaje solo podía imaginarse a partir de fragmentos incompletos: hojas fosilizadas, polen disperso o restos de madera mineralizada.
El ámbar recién hallado cambia todo eso. Dentro de sus diminutas burbujas doradas, los investigadores identificaron insectos de cinco órdenes distintos (entre ellos moscas, escarabajos y avispas), además de un delicado fragmento de telaraña, prueba inequívoca de la presencia de arácnidos. Cada inclusión es una escena detenida. Un instante de vida atrapado cuando la resina, exudada por los árboles, se endureció y quedó sepultada bajo el lodo.
Lo que el ámbar reveló

El equipo ha analizado más de sesenta fragmentos y descubrió que las resinas provenían de dos fuentes distintas: una que se formó bajo tierra y otra que quedó expuesta al aire, donde actuó como trampa natural. Fue esta última la que capturó los organismos. Los detalles son tan precisos que permiten distinguir estructuras microscópicas, como las alas de los insectos o las hebras de la telaraña.
Pero el ámbar no fue el único testigo. La roca circundante conservaba espora y granos de polen, lo que permitió reconstruir el entorno vegetal que los rodeaba: un bosque cálido y denso, repleto de helechos y coníferas, donde los insectos desempeñaban un papel esencial en la polinización.
El valor del hallazgo

Los investigadores comparan este descubrimiento con los grandes depósitos de ámbar de Myanmar o el Báltico, pero con una diferencia crucial: su antigüedad y ubicación amplían el mapa fósil de la Tierra. Hasta ahora, se pensaba que los ecosistemas tropicales del Cretácico temprano eran poco conocidos fuera de Asia. Este hallazgo demuestra que Sudamérica también albergaba ecosistemas ricos y complejos, conectados a través de Gondwana.
Además, las piezas de ámbar ecuatoriano ofrecen una oportunidad sin precedentes para estudiar la evolución temprana de los artrópodos y su relación con las plantas con flor, que comenzaban a expandirse en ese mismo periodo. Es, en palabras del equipo, “una fotografía molecular de los bosques perdidos”.
Más que un fósil, una advertencia
Este tipo de hallazgos no solo nos hablan del pasado histórico. También nos recuerdan la fragilidad de los ecosistemas actuales. Los bosques que alguna vez cubrieron Gondwana fueron testigos del cambio climático, la fragmentación continental y la extinción de innumerables especies. Hoy, las selvas tropicales que quedan en Ecuador enfrentan una amenaza distinta, pero igual de devastadora: la deforestación.
El ámbar es, de alguna manera, un mensaje que nos da el tiempo. Una voz que lleva millones de años intentando contarnos algo sobre la vida, la adaptación y la pérdida. Y ahora que por fin lo escuchamos, la pregunta es si estaremos dispuestos a aprender de él.