La relación entre alimentación y cáncer lleva décadas estudiándose, pero demostrar que un alimento concreto provoca directamente un tumor es mucho más difícil de lo que puede parecer. Ahora, investigadores de Weill Cornell Medicine han identificado un mecanismo molecular que ayuda a entender por qué una grasa muy presente en nuestra dieta podría influir en determinados tipos de cáncer.
El protagonista es el ácido linoleico, un ácido graso omega-6 esencial que el organismo no puede fabricar por sí solo y que debemos obtener mediante la alimentación. Está presente en grandes cantidades en aceites vegetales como los de soja, maíz o girasol, además de numerosos alimentos procesados.
El problema no parece estar simplemente en consumirlo, sino en cómo determinadas células tumorales pueden utilizarlo.
Una proteína que puede acelerar el crecimiento tumoral
El trabajo, publicado en Science, se centró en el cáncer de mama triple negativo, una forma especialmente agresiva de la enfermedad que carece de algunos de los receptores utilizados habitualmente como dianas terapéuticas.
Los investigadores observaron que, en determinadas células de este cáncer, el ácido linoleico puede unirse a una proteína llamada FABP5, encargada de transportar ácidos grasos dentro de las células.
Esa interacción activa a su vez la vía mTORC1, uno de los sistemas celulares encargados de regular el crecimiento, la producción de proteínas y el metabolismo.
Cuando esta vía permanece excesivamente activa, las células pueden crecer y multiplicarse con mayor rapidez, algo especialmente relevante en un tumor.
En experimentos realizados con ratones, los animales sometidos a dietas con grandes cantidades de ácido linoleico desarrollaron tumores de mayor tamaño. Los científicos también encontraron concentraciones elevadas de FABP5 y ácido linoleico en muestras asociadas a pacientes con cáncer de mama triple negativo.

Esto no significa que los aceites vegetales provoquen cáncer
Aquí aparece la distinción más importante.
El estudio aporta una explicación biológica de cómo el ácido linoleico podría favorecer la progresión de un tumor concreto bajo determinadas condiciones, pero no demuestra que utilizar aceite de girasol, soja o maíz provoque cáncer de mama en una persona sana.
De hecho, los estudios epidemiológicos realizados hasta ahora no muestran una relación clara entre un mayor consumo de ácido linoleico y un aumento general del riesgo de cáncer de mama.
Una revisión publicada en 2023 que reunió datos de 14 estudios y más de 350.000 mujeres no encontró una asociación significativa entre la ingesta de ácido linoleico y el riesgo global de desarrollar esta enfermedad.
Otros trabajos incluso han encontrado asociaciones neutrales o potencialmente favorables, lo que muestra hasta qué punto el contexto metabólico, el tipo de cáncer y el patrón completo de alimentación son importantes.
La dieta completa importa más que un ingrediente aislado
Los especialistas llevan tiempo advirtiendo sobre el problema de clasificar alimentos individuales como “buenos” o “malos” basándose únicamente en un mecanismo molecular.
El riesgo de cáncer depende de numerosos factores, entre ellos genética, edad, consumo de alcohol, tabaco, actividad física, peso corporal y dieta general.
En este sentido, mantener un peso saludable y seguir una alimentación rica en verduras, frutas, cereales integrales, legumbres y frutos secos tiene mucha más evidencia a favor que eliminar completamente un determinado aceite.

Un amplio estudio realizado por investigadores de Harvard, por ejemplo, siguió durante décadas a más de 100.000 personas y encontró que los patrones alimentarios basados principalmente en productos vegetales poco procesados estaban asociados con una mayor probabilidad de llegar a edades avanzadas manteniendo una buena salud física y cognitiva.
El nuevo hallazgo sobre el ácido linoleico es, por tanto, importante porque revela una posible vulnerabilidad metabólica del cáncer de mama triple negativo y podría ayudar a diseñar tratamientos más específicos.
Pero, por ahora, no existe evidencia suficiente para concluir que los aceites vegetales habituales deban eliminarse de la dieta por miedo al cáncer. La recomendación más sólida sigue siendo bastante menos espectacular: variedad, moderación y una alimentación en la que predominen los alimentos poco procesados.