Algarrobo siempre pareció mirar al mar, incluso en su pasado más remoto. Durante años, sus fósiles hablaron de plesiosaurios, mosasaurios, tortugas marinas y tiburones: criaturas de un océano antiguo que cubría parte de la costa chilena durante el Cretácico. Pero había una pieza que no terminaba de encajar. Algunos huesos guardados en colecciones históricas estaban contando otra historia.
Un estudio desarrollado por paleontólogos de la Universidad de Chile acaba de confirmar que Algarrobo no fue solo un escenario de reptiles marinos. También conserva evidencia de dinosaurios terrestres y aves del Cretácico Superior, un hallazgo que cambia la lectura de uno de los sitios fósiles más relevantes de Chile central. La investigación fue publicada en Cretaceous Research.
Un hueso mal clasificado puede cambiar todo un paisaje

La clave estuvo en revisar fósiles que ya existían. No se trató únicamente de encontrar algo nuevo en terreno, sino de volver a mirar con otros ojos materiales conservados durante décadas. Algunos restos que habían sido identificados como pertenecientes a reptiles marinos fueron reinterpretados por el equipo como fósiles de dinosaurios.
Uno de ellos resultó especialmente revelador: una parte proximal de un fémur, es decir, una sección cercana al cuerpo del hueso de la pata. Sus características permitieron asociarlo a un dinosaurio herbívoro de gran tamaño, probablemente vinculado al grupo de los ornitópodos. No alcanza para describir una nueva especie, porque el material está incompleto, pero sí para abrir una puerta enorme: había dinosaurios terrestres en una zona que la ciencia chilena miraba sobre todo como un antiguo ambiente marino.
El matiz es importante. Los ornitópodos fueron dinosaurios herbívoros muy diversos, con formas y tamaños variados. Algunos linajes sudamericanos se relacionan popularmente con los llamados dinosaurios “pico de pato”, aunque los investigadores son prudentes: para afinar esa identificación harían falta restos más completos.
Algarrobo ya no parece solo una postal marina del Cretácico
Hasta ahora, la imagen más conocida de Algarrobo en clave paleontológica era la de un mar lleno de grandes reptiles. El nuevo estudio no borra esa historia, pero la amplía. Si en esos estratos también aparecen restos de animales continentales, entonces el paisaje debió ser más complejo: una zona costera donde el mundo marino y el terrestre estaban mucho más cerca de lo que se pensaba.
Sergio Soto Acuña, paleontólogo de vertebrados y autor principal del estudio, lo resume con una idea sencilla: el ecosistema no involucraba únicamente especies marinas, sino también una condición costera que permitía la cercanía de fauna terrestre. En otras palabras, Algarrobo no era solo un océano perdido. Era un borde, una frontera viva entre ambientes.
Ese cambio de mirada es lo que vuelve tan valioso al yacimiento. Un fósil aislado puede parecer poco, pero dentro de una secuencia geológica bien interpretada funciona como una pista. Y cuando esa pista aparece donde no se la esperaba, obliga a reescribir el mapa.
El ave fósil que era más antigua de lo que se creía

La investigación también reinterpreta restos de un ave fósil que antes habían sido asignados a rocas mucho más jóvenes, de unos 40 millones de años. La nueva información sobre su procedencia permitió situarlos en niveles del Cretácico Superior, el periodo final de la era de los dinosaurios.
Eso convierte al registro en especialmente relevante: sería el fósil de ave más antiguo hallado hasta ahora en Chile, y una pista poco común sobre la presencia de aves modernas, o cercanas a ellas, en plena época dinosauriana. No es un detalle menor. Explica La Tercera que los fósiles de aves de ese intervalo son escasos, y cada nuevo resto ayuda a reconstruir una etapa todavía borrosa de su evolución.
La escena resulta casi cinematográfica: mientras grandes reptiles marinos dominaban las aguas y dinosaurios herbívoros se movían cerca de la costa, pequeñas aves ya formaban parte de ese mundo antiguo. No como una rareza posterior, sino como habitantes de un ecosistema que recién ahora empieza a mostrarse completo.
El problema es que el sitio también está desapareciendo
El hallazgo tiene una segunda lectura, menos romántica. Algarrobo no solo es importante: también es vulnerable. Los afloramientos costeros están expuestos a la erosión natural, al crecimiento urbano y a posibles obras de infraestructura. Todo eso puede destruir sectores que aún no han sido estudiados con detalle.
Por eso los investigadores llaman a proteger el sitio. Rodrigo Otero, integrante del equipo, destacó que Algarrobo se convirtió en una localidad con un espectro de posibilidades mucho mayor para hallar fauna fósil. Lo que antes parecía un resto dudoso de vertebrado marino podría ser, en realidad, la señal de un dinosaurio que pasó inadvertido durante décadas.
La paleontología muchas veces avanza así: no con un rugido bajo la tierra, sino con una etiqueta corregida en un museo, un hueso revisado, una pregunta nueva sobre algo que parecía resuelto. Algarrobo acaba de demostrarlo. Sus fósiles no solo cuentan la historia de un antiguo mar chileno. También advierten que, si nadie protege ese archivo natural, parte de esa historia podría desaparecer antes de ser leída.