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El arca del fin del mundo suma un nuevo tesoro: el futuro de este producto milenario ya duerme bajo el hielo del Ártico

Cincuenta variedades de este producto fueron enviadas a la bóveda más protegida del planeta. En pleno Ártico, estas semillas buscan blindar uno de los cultivos más emblemáticos frente al clima extremo y las crisis globales.
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A miles de kilómetros de los paisajes soleados donde crecen los olivos, en un territorio dominado por el hielo y la oscuridad polar, acaba de ocurrir algo que podría cambiar el destino de este cultivo milenario. Bajo capas de permafrost y roca ártica, una nueva colección de semillas ha sido depositada en el lugar más seguro del planeta para la biodiversidad agrícola. No se trata de cualquier especie: es el olivo, símbolo del Mediterráneo, que ahora tiene un respaldo silencioso en el extremo norte del mundo.

Un refugio helado para tiempos inciertos

En el corazón del Círculo Polar Ártico, excavada en la montaña de una isla remota, se encuentra la Svalbard Global Seed Vault. Conocida popularmente como la “arca del fin del mundo”, esta infraestructura funciona como una copia de seguridad global de cultivos esenciales. Allí se almacenan duplicados de semillas enviadas por bancos de germoplasma de distintos países, conservadas a −18 °C para garantizar su viabilidad durante décadas, incluso si se producen fallas eléctricas o crisis internacionales.

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© Jason.H – shutterstock

Este invierno, la bóveda amplió su colección con un hito inédito: por primera vez recibió semillas de olivo. Son 50 variedades ampliamente cultivadas en diferentes regiones del mundo, seleccionadas por su relevancia agrícola y su diversidad genética.

La decisión no es casual. El olivo enfrenta una combinación de amenazas cada vez más preocupante: aumento de temperaturas, sequías prolongadas, nuevas plagas, expansión de monocultivos y pérdida de diversidad genética. Proteger su base genética ya no es una cuestión académica, sino estratégica.

La iniciativa forma parte de un esfuerzo europeo más amplio. A través del proyecto GEN4OLIVE, financiado por el programa Horizon 2020, investigadores trabajan para conservar y valorizar los recursos genéticos del olivo. Las semillas enviadas proceden de una de las colecciones más importantes del mundo, gestionada por la Universidad de Córdoba, que alberga cientos de variedades, incluidas formas silvestres.

Una estrategia distinta para un cultivo milenario

El caso del olivo plantea un desafío particular. A diferencia de muchos cultivos, no suele reproducirse por semillas, sino por métodos vegetativos como esquejes o injertos. Esto permite conservar exactamente las mismas características de una variedad, pero limita la diversidad genética si no se gestionan adecuadamente los recursos.

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© AtlasStudio – shutterstock

Por eso, el depósito en el Ártico implicó una estrategia complementaria. En lugar de conservar únicamente clones vivos en campos experimentales, se optó por preservar semillas obtenidas mediante polinización abierta y poblaciones silvestres. Así se amplía el espectro genético protegido y se garantiza una reserva más flexible frente a escenarios futuros imprevisibles.

El proceso técnico fue meticuloso. Para cada variedad seleccionada se recolectaron más de 1.500 aceitunas. En laboratorio se retiró la pulpa, se limpiaron los endocarpos, se secaron cuidadosamente y se clasificaron las semillas. Antes de su envío, se realizaron pruebas de germinación para verificar su viabilidad.

Una parte quedó almacenada en España como respaldo, bajo la custodia del INIA-CSIC, mientras que otra fue acondicionada en sobres especiales con información genética detallada y enviada hacia el norte. Los datos también fueron registrados por NordGen, entidad responsable de la gestión operativa de la bóveda.

El trayecto final incluyó transporte terrestre y aéreo hasta Longyearbyen, la ciudad más cercana a la instalación. Desde allí, las muestras descendieron a las cámaras subterráneas donde ahora permanecen en reposo helado.

Vigilancia a largo plazo y cooperación global

El almacenamiento no es un acto simbólico. Cada diez años, las semillas serán sometidas a evaluaciones de viabilidad para asegurar que continúan aptas para germinar. Este seguimiento periódico es clave para mantener activa la reserva genética.

La incorporación del olivo amplía la diversidad de especies preservadas en la bóveda ártica y refuerza un mensaje claro: la seguridad alimentaria depende de la anticipación. En un contexto de inestabilidad climática y tensiones geopolíticas, contar con duplicados genéticos puede marcar la diferencia entre la recuperación y la pérdida irreversible.

El olivo no es solo un cultivo. Es base económica para millones de productores, pilar cultural en numerosas regiones y origen de productos esenciales como el aceite de oliva. Preservar su diversidad genética significa proteger sistemas agrícolas completos frente a sequías extremas, enfermedades emergentes o cambios bruscos en las condiciones ambientales.

La llamada “arca del fin del mundo” no es un simple almacén congelado. Es un seguro para el futuro de la agricultura. Y desde ahora, también guarda en silencio el potencial genético de uno de los árboles más antiguos y emblemáticos de la historia humana.

Al final, mientras los olivos siguen creciendo bajo el sol en sus tierras tradicionales, una parte de su futuro descansa bajo el hielo perpetuo del Ártico, esperando si alguna vez es necesario, volver a brotar.

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