Cuando la agencia espacial japonesa JAXA extendió la misión de la sonda Hayabusa2 tras su exitoso encuentro con el asteroide Ryugu, todo parecía bajo control. El nuevo objetivo, el pequeño 1998 KY26, debía convertirse en la primera roca diminuta estudiada de cerca. Sin embargo, un reciente análisis astronómico ha cambiado las reglas del juego: el asteroide es tres veces más pequeño de lo estimado y gira el doble de rápido. Eso convierte el aterrizaje en una maniobra tan fascinante como peligrosa.
Un asteroide diminuto y vertiginoso

El estudio, publicado en Nature Communications y liderado por Toni Santana-Ros (Universidad de Alicante y Universidad de Barcelona), muestra que 1998 KY26 tiene apenas 11 metros de diámetro y un periodo de rotación de solo cinco minutos. Es, literalmente, del tamaño de la propia nave que lo visitará.
Los primeros cálculos hablaban de un cuerpo de unos 30 metros que giraba cada diez minutos. La diferencia es enorme: cuanto más pequeño y más rápido, más difícil es mantener una nave estable en su entorno sin riesgo de perder el control.
Lo que complica la misión
“Las propiedades reales del objeto son completamente distintas a lo que pensábamos”, resume Santana-Ros. Y ese giro inesperado implica un reto técnico mayúsculo: Hayabusa2 deberá acercarse con una precisión sin precedentes para no sufrir daños.
Como explica Olivier Hainaut, astrónomo del Observatorio Europeo Austral (ESO), “el menor tamaño medido y la mayor rotación hacen que la visita sea aún más interesante, pero también mucho más difícil”.
Nunca antes una misión había intentado llegar a un asteroide tan pequeño. Hasta ahora, los objetivos elegidos tenían cientos de metros de diámetro, como Ryugu (900 m) o Bennu (500 m).
Un vistazo a lo desconocido

Para conseguir esta caracterización, el equipo combinó datos de radar antiguos con observaciones recientes desde algunos de los telescopios más potentes del mundo, incluido el Very Large Telescope en Chile. Los resultados muestran que KY26 tiene una superficie brillante, probablemente porque se desprendió de un objeto mayor.
Lo inquietante es que, por ahora, no se sabe si se trata de una roca sólida o de un cúmulo de fragmentos unidos por su propia gravedad. La incertidumbre es máxima: nunca hemos visto de cerca un asteroide de este tamaño.
Más allá de la exploración científica

Aunque el interés principal es científico, el hallazgo tiene un impacto directo en la defensa planetaria. Conocer en detalle cómo son los asteroides de 10 a 20 metros es clave para entender qué pasaría si uno de ellos impactara contra la Tierra. Basta recordar el evento de Cheliábinsk en 2013: un objeto apenas mayor que KY26 provocó una onda expansiva que hirió a más de mil personas.
“Ahora sabemos que podemos analizar incluso los asteroides más pequeños y peligrosos”, señala Hainaut. Y la técnica empleada abre la puerta a futuras misiones de minería espacial o de protección frente a impactos.
2031: una cita con el límite tecnológico
Hayabusa2 aún tiene un largo camino hasta llegar a 1998 KY26, pero la misión ya está reescribiendo lo que se creía posible en exploración espacial. Si logra posarse sobre este pequeño mundo giratorio, será un hito comparable al de traer muestras desde Ryugu.
El desafío ahora es doble: descifrar cómo interactuar con un objeto que gira tan rápido y, al mismo tiempo, no perder de vista que esta será la primera vez que una nave se enfrente a un cuerpo tan pequeño. La cita está marcada: 2031 será el año en que sabremos si la apuesta de JAXA consigue domar el caos de un asteroide que se comporta como un trompo cósmico.