El dodo (Raphus cucullatus) es uno de los animales extinguidos más famosos del mundo y, paradójicamente, uno de los que todavía conocemos peor.
Sabemos que vivía en Mauricio, que perdió la capacidad de volar y que desapareció pocas décadas después de la llegada de los humanos. Pero reconstruir cómo percibía su entorno, qué sentidos utilizaba o cómo se comportaba resulta mucho más complicado.
Un nuevo análisis de su cráneo ofrece ahora algunas respuestas. Investigadores estudiaron mediante tomografías computarizadas tres cráneos de dodo y cuatro de su pariente extinguido, el solitario de Rodrigues, comparándolos con decenas de palomas y tórtolas actuales.
La sorpresa apareció dentro del propio cráneo.
Sus ojos eran grandes, pero su cerebro visual era extraño
Los ojos del dodo no parecen haber sido pequeños. De hecho, sus órbitas eran aproximadamente un 9% mayores que las del palomo de Nicobar, uno de sus parientes vivos más próximos utilizados en la comparación.
Pero detrás de esos ojos aparecía algo inesperado: sus lóbulos ópticos eran extraordinariamente pequeños. Estas regiones cerebrales participan en funciones relacionadas con la detección de movimientos, la atención y el procesamiento visual. En el dodo ocupaban alrededor del 0,88% del cerebro, mientras que en el solitario de Rodrigues alcanzaban aproximadamente el 2,47%.
Esto no significa que el dodo viera mal ni que fuera un animal nocturno. Pero sí sugiere que procesaba la información visual de una manera diferente a la mayoría de las palomas actuales.

Quizá también estuviera activo cuando había poca luz
Cuando los investigadores compararon las proporciones del sistema visual del dodo con las de otras aves, apareció una similitud inesperada con algunas rapaces nocturnas.
Los científicos son prudentes: no hay pruebas suficientes para afirmar que fuese nocturno.
Pero su anatomía permite plantear que quizá no fuera exclusivamente diurno y que pudiera mantener actividad durante el amanecer, el atardecer o en condiciones de baja luminosidad. Eso modificaría considerablemente la imagen tradicional de un animal lento que pasaba el día caminando despreocupadamente por los bosques de Mauricio.
El olfato también pudo ser importante
El análisis de los cráneos reveló otra posible peculiaridad.
En algunos ejemplares, los bulbos olfatorios parecen relativamente grandes, aunque existe una importante variabilidad entre individuos y los propios investigadores advierten que hacen falta más fósiles antes de confirmar esta característica. Si realmente poseía un olfato desarrollado, podría haberlo utilizado para localizar alimento entre la vegetación o durante épocas de escasez.
También se estudió el sistema trigeminal, relacionado con la sensibilidad del pico.
El enorme pico del dodo pudo tener funciones táctiles importantes, aunque los restos óseos todavía no permiten reconstruir con precisión cómo utilizaba esa información.
Tampoco hay pruebas de que fuera un animal “estúpido”
El resultado más importante quizá sea el que no apareció.
El tamaño relativo del telencéfalo, una región cerebral asociada en las aves con comportamientos complejos, innovación y resolución de problemas, no era significativamente diferente al de otros columbiformes.
En otras palabras, su cerebro no respalda la vieja caricatura del dodo como un animal especialmente poco inteligente. Su falta de miedo frente a los humanos probablemente tenga una explicación mucho más sencilla: evolucionó durante miles de años en una isla donde no necesitaba enfrentarse a grandes depredadores terrestres.
Cuando llegaron personas y animales introducidos, esa adaptación se convirtió repentinamente en una desventaja.
Tres siglos después, sus huesos siguen cambiando su historia
El dodo y el solitario de Rodrigues eran grandes, no podían volar y estaban estrechamente emparentados. Sin embargo, sus sistemas sensoriales evolucionaron de manera diferente.
Eso indica que perder el vuelo o aumentar de tamaño no explica por sí solo las peculiaridades del dodo.
Probablemente fue su ambiente particular en Mauricio el que terminó moldeando una manera diferente de percibir el mundo. Nunca podremos observar uno vivo.
Pero los pocos cráneos que sobrevivieron siguen conservando pistas suficientes para cambiar una imagen que parecía establecida desde hace siglos: el dodo quizá no fue aquel pájaro torpe y simple que popularizó la cultura, sino un animal mucho más especializado de lo que imaginábamos.