Durante el invierno, las montañas funcionan como gigantescos depósitos naturales de agua. La nieve acumula durante meses las precipitaciones y, cuando llega la primavera, comienza a fundirse progresivamente para alimentar ríos, embalses y cultivos.
Pero ese mecanismo puede descontrolarse en cuestión de días.
Un estudio dirigido por Alan Rhoades, del Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley, identificó un tipo particular de episodio meteorológico al que los investigadores denominan “snow-eater heat waves”, algo así como olas de calor “devoranieve”.
Su característica principal es que mantienen temperaturas anormalmente altas durante varios días y noches consecutivos, acelerando drásticamente el deshielo.
El problema empieza cuando tampoco vuelve el frío por la noche
Una jornada cálida aislada no necesariamente provoca un gran deshielo.
La nieve contiene una especie de reserva térmica: antes de fundirse intensamente debe absorber suficiente energía para acercarse al punto de congelación.
Por las noches, las temperaturas más bajas pueden volver a congelar parte del agua y frenar temporalmente el proceso. Las olas devoranieve rompen ese ciclo. Para ser clasificadas de esta manera, las temperaturas deben permanecer por encima de los 0 °C durante varias jornadas consecutivas, tanto de día como de noche. Sin esa recuperación nocturna, la nieve continúa perdiendo masa durante muchas más horas seguidas.
Los investigadores relacionan además estos episodios con extensas zonas de altas presiones, que favorecen cielos despejados, estabilidad atmosférica y temperaturas persistentemente elevadas.

La nieve puede desaparecer casi al doble de velocidad
El equipo reconstruyó estos eventos en las montañas del oeste de Estados Unidos utilizando datos atmosféricos que se remontan hasta 1850, modelos de nieve y observaciones modernas. Entre 1980 y 2015, durante las olas devoranieve, el manto perdió en promedio el equivalente a unos 17 milímetros de agua por día.
Durante el conjunto de los días normales de deshielo, la cifra fue de aproximadamente 9 milímetros diarios.
Es decir, bajo estas condiciones extremas, la pérdida puede acercarse al doble.
Desde la década de 1950, los investigadores identificaron aproximadamente entre tres y cinco episodios por año, normalmente con una duración de entre tres y cinco días.
Cinco días de calor provocaron graves inundaciones en 1983
Uno de los casos más extremos ocurrió a finales de mayo de 1983.
Tras un invierno con acumulaciones extraordinarias de nieve, una intensa anomalía térmica provocó un deshielo acelerado en las montañas del oeste estadounidense.
Nueve cursos de agua del frente de Wasatch alcanzaron niveles de inundación y Salt Lake City tuvo que improvisar canales de emergencia.
Más tarde, el aporte de agua al lago Powell llegó al 180% de los valores normales, obligando a tomar medidas para proteger la presa de Glen Canyon.El episodio resume perfectamente el riesgo: mucha nieve acumulada y suficiente calor para transformarla rápidamente en una enorme cantidad de agua circulando montaña abajo.
European extremely hot summer has not just contributed to another disastrous alpine melting season,but also far North in Scandinavia.
The Norwegian Galdhøpiggen glacier around 2000m asl
looks in terrible shape with a larger and larger lake formed by its melting.
Kudos:vindnå. no pic.twitter.com/4sBfIkilfl— Extreme Temperatures Around The World (@extremetemps) August 13, 2026
Ahora ocurren antes y afectan a más territorio
El estudio detectó además una evolución preocupante.
Desde el siglo XIX, la superficie afectada por estas olas de calor aumentó aproximadamente 102.000 kilómetros cuadrados por siglo, mientras su primera aparición anual se adelantó cerca de un mes.
Esto modifica la forma en que debemos interpretar una montaña cubierta de nieve.
Una gran acumulación al final del invierno ya no garantiza necesariamente abundante agua durante el verano. Si una ola devoranieve aparece demasiado pronto, parte de esa reserva puede terminar en los ríos semanas o meses antes de cuando realmente se necesita.
La paradoja es evidente: el mismo fenómeno puede aumentar el riesgo de inundaciones en primavera y favorecer posteriormente una escasez de agua.
El problema, por tanto, ya no es únicamente saber cuánta nieve hay sobre una montaña.
También importa cuánto tiempo será capaz de conservarla.