El origen de la vida es uno de esos problemas científicos que parece condenado a quedarse sin testigos directos. No hay fósiles del primer ser vivo, ni grabaciones de aquel momento en que la química empezó a comportarse como biología. Todo lo que sabemos se reconstruye a partir de pistas indirectas: moléculas actuales, genes compartidos y modelos de cómo pudo ser la Tierra primitiva. Hasta ahora, ese viaje hacia atrás se detenía siempre en el mismo punto: LUCA, el último ancestro común universal de todos los seres vivos.
LUCA no fue el “primer” ser vivo, sino el último antepasado que comparten bacterias, arqueas, plantas, hongos y animales. Es el punto más antiguo al que la genética moderna puede retroceder con cierta seguridad. Más allá de él, el terreno se vuelve brumoso: protocélulas, química prebiótica, estructuras a medio camino entre lo vivo y lo inerte. La gran pregunta es si queda alguna huella de ese mundo previo escondida en los genomas actuales.
La pista inesperada: genes duplicados en todos los seres vivos

Un estudio reciente publicado en Cell Genomics, liderado por Aaron Goldman, Greg Fournier y Betül Kaçar, propone que esa huella podría existir. Los investigadores se han centrado en un grupo muy particular de genes: los llamados parálogos universales. Son genes duplicados que aparecen, al menos en dos copias, en todos los grandes linajes de la vida actual.
La clave está en la duplicación. Si todos los seres vivos poseen dos versiones emparentadas de un mismo gen, lo más probable es que esa duplicación ocurriera antes de que los linajes se separaran. Es decir, LUCA ya heredó esas copias. Y si LUCA ya las tenía duplicadas, entonces el evento original de duplicación tuvo que producirse antes de LUCA, en una etapa aún más primitiva de la evolución.
Una ventana al mundo previo a LUCA

Este tipo de genes no nos cuenta cómo era exactamente aquel mundo prebiológico, pero sí ofrece una pista valiosa: algunos de los mecanismos básicos de la vida podrían haberse “ensayado” antes de que existiera la vida tal y como la entendemos hoy. Los parálogos universales identificados están relacionados, sobre todo, con procesos fundamentales como la producción de proteínas y el transporte de moléculas a través de membranas.
Dicho de otro modo, las herramientas para construir y mantener una célula funcional podrían haberse originado en un contexto anterior al primer ancestro común. Es como encontrar piezas de una casa antes de que existiera la casa en sí. No había todavía organismos complejos, pero ya se estaban formando los cimientos bioquímicos que harían posible la vida celular estable.
Reconstruir proteínas del pasado remoto

El trabajo no se queda solo en el análisis comparativo de genomas modernos. En estudios previos, el equipo de Goldman logró reconstruir versiones ancestrales de algunas de estas proteínas mediante modelos computacionales y biología sintética. Esas proteínas “resucitadas” eran más simples que las actuales, pero capaces de cumplir funciones básicas, como asociarse a membranas o facilitar el movimiento de otras moléculas.
Este tipo de experimentos no nos dice cómo surgió la vida, pero sí nos permite probar hipótesis de forma directa: ver qué podía hacer una proteína primitiva y hasta qué punto esas funciones básicas pudieron sostener sistemas cada vez más complejos. Es un raro caso en el que la biología evolutiva deja de ser solo un ejercicio de reconstrucción teórica para convertirse en algo que se puede experimentar en el laboratorio.
Mirar al pasado para entender qué es la vida
La idea de que existieron “intentos” de vida antes de LUCA no es nueva. Desde hace décadas se habla de un mundo prebiótico lleno de protocélulas, muchas de las cuales habrían fracasado sin dejar descendencia. Lo novedoso aquí es disponer de una posible huella genética de aquel periodo, incrustada en los genomas de todos los seres vivos actuales.
Si estos parálogos universales realmente son anteriores al primer ancestro común, significaría que parte de la historia de la vida no se perdió del todo. Quedó codificada en genes que seguimos usando miles de millones de años después. La genética, que durante tanto tiempo se ha empleado para rastrear parentescos entre especies modernas, empieza ahora a servir como una máquina del tiempo imperfecta: no para ver el pasado con claridad, sino para intuir que, antes de la vida que conocemos, hubo algo más.