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Ciencia

Un hueso fosilizado encontrado hace décadas acaba de revelar algo inquietante sobre el mayor depredador del Cretácico. Los tiranosaurios no solo cazaban a otros dinosaurios: también se devoraban entre ellos

Investigadores de Dinamarca analizaron con escaneos 3D las marcas presentes en el hueso del pie de un enorme tiranosaurio y descubrieron algo inesperado. Las mordeduras pertenecían a otro tiranosaurio más pequeño que había estado arrancando los últimos restos de carne del cadáver, una evidencia directa de comportamiento caníbal entre estos gigantes prehistóricos.
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El Tyrannosaurus rex lleva más de un siglo ocupando el mismo lugar en nuestra imaginación: el depredador absoluto del mundo prehistórico. Un animal gigantesco, brutal y prácticamente invencible. Pero un nuevo estudio acaba de mostrar una faceta bastante más incómoda de estos cazadores del Cretácico. Porque parece que, cuando el hambre apretaba, los tiranosaurios tampoco tenían demasiados problemas en alimentarse de otros tiranosaurios.

La evidencia apareció en algo aparentemente poco espectacular: un hueso del pie fosilizado. Sin embargo, al observarlo con técnicas modernas de escaneo tridimensional, los investigadores encontraron algo extraordinariamente raro en paleontología: marcas de mordedura lo bastante precisas como para identificar quién las hizo y qué estaba ocurriendo exactamente en aquel momento hace más de 75 millones de años.

Y lo que revelan esas marcas no habla de una gran cacería. Habla de carroñeo. Y de canibalismo.

Las mordeduras no fueron accidentales y encajan perfectamente con dientes de tiranosaurio

La investigación fue realizada por el Departamento de Geociencias de la Universidad de Aarhus, en Dinamarca, y estuvo liderada por Josephine Nielsen, estudiante de maestría especializada en análisis fósil digital.

El fósil estudiado era un metatarsiano, uno de los huesos largos del pie perteneciente a un gran tiranosaurio. A simple vista ya mostraba pequeñas marcas superficiales. Pero el verdadero trabajo comenzó cuando el equipo aplicó modelos virtuales y escaneos 3D de alta precisión para analizar profundidad, orientación y distribución de las huellas.

El resultado fue contundente. Las 16 marcas identificadas coincidían con la dentadura de un tiranosaurio más pequeño que había mordido repetidamente el hueso después de la muerte del animal. Y aquí aparece un detalle especialmente importante.

El lugar donde aparecieron las mordeduras cambia completamente la interpretación

Las marcas no estaban en zonas musculares grandes ni en regiones típicas de ataque. Aparecían en el pie. Eso resulta clave.

Los investigadores explican que un pie contiene relativamente poca carne aprovechable comparado con otras partes del cuerpo. Si el animal estaba mordiendo allí, probablemente no se encontraba cazando ni realizando un ataque territorial. Estaba aprovechando los últimos restos disponibles de un cadáver antiguo.

Además, el fósil no muestra señales de cicatrización ni regeneración ósea. Eso significa que el tiranosaurio mordido ya estaba muerto cuando ocurrió el episodio. En otras palabras: un tiranosaurio carroñeó el cadáver de otro tiranosaurio. Y lo hizo hasta prácticamente no dejar nada aprovechable.

Lo más fascinante es que este comportamiento tiene bastante sentido biológico

Un hueso fosilizado encontrado hace décadas acaba de revelar algo inquietante sobre el mayor depredador del Cretácico. Los tiranosaurios no solo cazaban a otros dinosaurios: también se devoraban entre ellos
© Pexels / yisus_arts.

Aunque el hallazgo resulte impactante, los paleontólogos llevan tiempo sospechando que muchos grandes depredadores prehistóricos debieron comportarse de manera oportunista.

En la naturaleza moderna ocurre constantemente. Leones, hienas, cocodrilos, osos y dragones de Komodo pueden alimentarse de individuos de su propia especie bajo determinadas circunstancias. Para un superdepredador enorme, desperdiciar una fuente de proteína tan valiosa simplemente no resulta eficiente.

Los tiranosaurios probablemente seguían la misma lógica. Mantener un cuerpo gigantesco requería cantidades absurdas de energía. Y en ecosistemas donde encontrar alimento no siempre era fácil, aprovechar cadáveres disponibles podía marcar la diferencia entre sobrevivir o morir.

La imagen clásica del T. rex como cazador puro quizá siempre estuvo incompleta.

Las marcas de mordedura son una especie de “fotografía congelada” del comportamiento animal

Hay algo especialmente valioso en este tipo de descubrimientos. La mayoría de los fósiles muestran huesos, dientes o estructuras anatómicas. Nos dicen cómo eran los animales, pero rara vez permiten reconstruir comportamientos concretos. Las huellas de mordedura son distintas. Funcionan casi como escenas congeladas en el tiempo. Permiten inferir interacción entre individuos, hábitos alimenticios, competencia e incluso momentos específicos ocurridos hace decenas de millones de años.

En este caso, el fósil conserva la evidencia directa de un tiranosaurio mordiendo cuidadosamente el cadáver de otro para arrancar los últimos restos de carne adheridos al hueso. Una escena bastante menos cinematográfica que las grandes persecuciones de Hollywood… pero probablemente mucho más realista.

El “rey de los dinosaurios” empieza a parecerse más a un animal real y menos a un monstruo perfecto

Quizá lo más interesante del estudio no sea únicamente el canibalismo. Lo verdaderamente fascinante es cómo este tipo de hallazgos desmonta la imagen simplificada que solemos tener de los grandes dinosaurios carnívoros.

El T. rex deja de parecer una máquina de matar casi mitológica y empieza a comportarse como cualquier gran depredador de la naturaleza: oportunista, eficiente y dispuesto a aprovechar cualquier recurso disponible. Incluso si eso implicaba alimentarse de otro miembro de su propia especie.

Porque al final, en los ecosistemas del Cretácico, sobrevivir probablemente importaba mucho más que cualquier idea de “rey” que los humanos inventaríamos millones de años después.

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