Los teléfonos, computadoras y electrodomésticos que simplifican la vida moderna no desaparecen cuando dejan de funcionar. Muchos terminan acumulados en viviendas, talleres o vertederos informales, donde son abiertos, triturados o quemados para recuperar cobre y otros materiales valiosos.
Durante esos procesos pueden liberarse metales pesados, partículas contaminantes y sustancias químicas capaces de llegar al aire, el suelo, el agua y los alimentos. Los niños son especialmente vulnerables porque sus órganos y su sistema nervioso todavía se están desarrollando y, en proporción con su peso, respiran, comen y beben más que los adultos.
La Organización Mundial de la Salud advierte que el reciclaje informal de residuos electrónicos puede liberar hasta 1.000 sustancias perjudiciales, entre ellas plomo, mercurio, cadmio, níquel, dioxinas y retardantes de llama bromados.
El mayor peligro aparece cuando los dispositivos se rompen o queman
Un teléfono apagado y almacenado correctamente no libera automáticamente grandes cantidades de metales al ambiente. El riesgo aumenta cuando los equipos están deteriorados, las baterías se hinchan o los aparatos se desarman, trituran, calientan o queman sin equipos adecuados.
Estas prácticas son frecuentes en talleres domésticos y vertederos informales, donde se intenta recuperar cobre, oro y otros componentes. La contaminación resultante puede depositarse en el polvo del hogar, adherirse a la ropa de los trabajadores o alcanzar alimentos y fuentes de agua.
La OMS estima que más de 18 millones de niños y adolescentes trabajan en sectores que incluyen el tratamiento de residuos. Algunos menores participan directamente en la clasificación y el desmontaje, mientras otros viven o juegan cerca de los lugares donde se procesan los aparatos.

El plomo puede dañar el cerebro incluso en niveles bajos
Entre los contaminantes más preocupantes se encuentra el plomo, un potente neurotóxico que puede afectar el cerebro y el sistema nervioso infantil.
Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos señalan que no se ha identificado un nivel seguro de plomo en la sangre de los niños. Incluso exposiciones bajas se asocian con menor coeficiente intelectual, dificultades de aprendizaje, problemas de atención y alteraciones del comportamiento.
Esto no significa que el plomo sea una causa directa y única de trastornos como el TDAH o el autismo. El neurodesarrollo depende de una combinación compleja de factores genéticos, ambientales y sociales. La evidencia sí permite afirmar que la exposición al plomo puede perjudicar capacidades cognitivas y conductuales fundamentales.
Otros componentes de los residuos electrónicos, como el mercurio, también representan una amenaza particular durante el embarazo y los primeros años de vida.
No todos los plásticos son iguales
Determinados plásticos y productos cotidianos pueden contener sustancias capaces de interferir con las hormonas, como algunos bisfenoles y ftalatos. Estos compuestos se conocen como disruptores endocrinos porque pueden imitar, bloquear o modificar la acción hormonal.
La exposición durante el embarazo y la primera infancia preocupa especialmente porque las hormonas intervienen en el crecimiento, la reproducción, el metabolismo y el desarrollo cerebral. Sin embargo, no todos los plásticos contienen las mismas sustancias ni presentan el mismo nivel de riesgo.
Las investigaciones han relacionado determinados disruptores endocrinos con problemas reproductivos, alteraciones tiroideas, enfermedades metabólicas y algunos efectos sobre el neurodesarrollo. Aun así, para numerosas sustancias siguen existiendo vacíos de información y no siempre es posible establecer una relación causal directa con una enfermedad concreta.
🚨 New research warns: short videos quietly rewire children’s brains.
Short-form video platforms like TikTok, Instagram Reels, Douyin, and YouTube Shorts have rapidly become a constant backdrop in children’s lives, shifting from occasional entertainment to a primary way of… pic.twitter.com/jiXHyOe6j6
— Smart Science (@SmartScience) August 1, 2026
Qué hacer con los aparatos que ya no se utilizan
La medida más importante es evitar abrir, romper o quemar dispositivos y baterías en el hogar. Los aparatos deben llevarse a puntos autorizados de recolección o reciclaje electrónico, donde sus componentes puedan separarse con controles ambientales y protección para los trabajadores.
También conviene mantener los equipos deteriorados y las baterías hinchadas fuera del alcance de los niños, lavarse las manos después de manipular residuos y no permitir que los menores jueguen en talleres o espacios donde se desmontan aparatos.
El problema no está en utilizar tecnología, sino en lo que ocurre cuando termina su vida útil. Un teléfono viejo puede parecer inofensivo dentro de un cajón, pero tratado sin controles puede convertirse en una fuente de contaminación capaz de afectar precisamente a quienes tienen menos posibilidades de protegerse.