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Ciencia

Hace 2.500 años, un gobernante etrusco escribió en oro que había levantado un templo para una diosa. Ahora los arqueólogos han encontrado su rostro en ese mismo lugar

Las láminas de oro de Pyrgi cuentan que Thefarie Velianas dedicó un templo a la diosa Uni hacia el 510 a.C. Ahora, una excavación ha recuperado allí una antefija de terracota con su rostro.
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Hace más de 2.500 años, alguien dejó por escrito sobre unas delgadas láminas de oro quién había levantado uno de los grandes templos del puerto etrusco de Pyrgi y para quién lo había hecho. El gobernante de Caere Thefarie Velianas dedicaba aquel santuario a Uni, una de las grandes divinidades etruscas.

Ahora ha aparecido algo bastante más tangible que su nombre.

Las excavaciones de Sapienza Università di Roma en el área del llamado Templo B han recuperado un nuevo fragmento de antefija de terracota que conserva el rostro de Uni, precisamente la divinidad vinculada a ese edificio. El hallazgo se produjo durante la campaña arqueológica de 2026, en la que estudiantes e investigadores han vuelto a trabajar en el antiguo santuario costero.

Un rostro que originalmente miraba desde el tejado

Hace 2.500 años, un gobernante etrusco escribió en oro que había levantado un templo para una diosa. Ahora los arqueólogos han encontrado su rostro en ese mismo lugar
© Sapienza Università di Roma.

La pieza encontrada no era una estatua colocada dentro del templo. Se trata de una antefija, uno de los elementos de terracota situados en los extremos de las tejas de los edificios antiguos.

Además de proteger y rematar el tejado, estas piezas podían estar moldeadas con rostros humanos, divinidades y otras figuras. En el caso de los templos etruscos tienen una importancia especial porque buena parte de las construcciones utilizaban materiales perecederos, mientras que las decoraciones de terracota han conseguido sobrevivir durante milenios.

De esta manera, el pequeño fragmento permite recuperar literalmente parte de la cara que alguna vez decoró el santuario. La identificación resulta especialmente significativa por el lugar donde apareció. El Templo B de Pyrgi fue construido hacia el 510 a.C. y estaba dedicado a Uni. El Museo Nacional Etrusco de Villa Giulia explica que el edificio fue ofrecido a la diosa por Thefarie Velianas, gobernante de Caere, una poderosa ciudad etrusca cuya salida al mar era precisamente Pyrgi.

Sabemos a quién pertenecía el templo porque lo dejaron escrito en oro

Hace 2.500 años, un gobernante etrusco escribió en oro que había levantado un templo para una diosa. Ahora los arqueólogos han encontrado su rostro en ese mismo lugar
© Museo Nazionale Etrusco di Villa Giulia.

La historia sería mucho más difícil de reconstruir si en 1964 los arqueólogos no hubieran encontrado cerca del templo tres láminas de oro extraordinariamente conservadas.

Dos están escritas en etrusco y una en fenicio. Los textos no son traducciones exactas entre sí, pero cuentan esencialmente un mismo episodio: Thefarie Velianas dedicó un lugar sagrado a una divinidad que los etruscos identificaban como Uni y el texto fenicio como Astarté. Originalmente, las láminas habrían estado fijadas al marco de una puerta del Templo B mediante pequeños clavos de oro.

La equivalencia resulta fascinante porque convierte a Pyrgi en algo más que un santuario local. El puerto formaba parte de una red mediterránea donde coincidían etruscos, fenicios, cartagineses y griegos, y las inscripciones son una prueba directa de esas conexiones culturales y políticas.

Las láminas también se hicieron famosas porque ayudaron a comprender mejor el etrusco. A veces se las compara con una “piedra de Rosetta etrusca”, aunque el propio Museo Nacional Etrusco advierte que la comparación tiene límites: los textos son breves y las versiones etrusca y fenicia no coinciden palabra por palabra.

El hallazgo no cambia la historia del templo. La vuelve visible

Hace 2.500 años, un gobernante etrusco escribió en oro que había levantado un templo para una diosa. Ahora los arqueólogos han encontrado su rostro en ese mismo lugar
© Sapienza Università di Roma.

Los arqueólogos ya sabían quién era venerado en el Templo B. Las inscripciones habían resuelto esa cuestión hace décadas. Precisamente por eso el nuevo descubrimiento resulta tan llamativo.

Por un lado está el documento escrito hace unos 2.500 años, que menciona a la diosa y al hombre que dedicó el santuario. Por otro, apareció ahora una pieza material de su decoración con el rostro de esa misma divinidad, en el mismo sector arqueológico.

Aun así, conviene no ir más allá de lo que permite el anuncio inicial. Sapienza todavía no ha publicado un estudio detallado del nuevo fragmento que establezca, por ejemplo, su cronología exacta o la fase concreta del tejado a la que perteneció. Lo que ya puede afirmarse es suficientemente peculiar: durante milenios, un texto de oro y el rostro de una diosa permanecieron enterrados en el mismo santuario. Ahora, ambos vuelven a contar la misma historia.

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