En 1931, los últimos trabajadores de una explotación ganadera abandonaron una pequeña isla perdida en el océano Austral. No pudieron llevarse todo lo que había allí. Unas 4.000 ovejas quedaron atrás y, de repente, dejaron de tener pastores, alimento suplementario, esquilas o cualquier tipo de selección realizada por humanos. Lo que ocurrió después fue un experimento evolutivo que nadie había planeado.
Las ovejas pasaron décadas sobreviviendo por su cuenta en Campbell Island, una isla subantártica situada al sur de Nueva Zelanda, sometida a lluvias, fuertes vientos y temperaturas bajas. Cuando los científicos volvieron a prestar especial atención a aquella población en los años 70 encontraron animales que habían desarrollado características muy útiles para sobrevivir sin humanos.
Había un inconveniente: las mismas ovejas que habían conseguido adaptarse tan bien estaban contribuyendo a destruir uno de los ecosistemas más particulares del planeta.
Todo comenzó como una granja en uno de los peores lugares imaginables

La ganadería en Campbell Island comenzó en 1895, cuando unas 300 o 400 ovejas fueron introducidas en el territorio. El experimento llegó a adquirir una escala considerable: en determinados momentos hubo miles de animales y durante los años 20 podían esquilarse hasta 6.800 ovejas por temporada. El verdadero problema era mantener una granja en aquel lugar.
El aislamiento complicaba el transporte de suministros y lana, resultaba difícil encontrar trabajadores dispuestos a permanecer allí y el clima tampoco ayudaba. En 1927 todavía se introdujeron alrededor de 5.000 ovejas adicionales, pero el descenso del precio de la lana y la carne, las dificultades logísticas y la crisis económica terminaron haciendo inviable la explotación. En 1931, el último arrendatario se marchó prácticamente arruinado.
Quedaron aproximadamente 4.000 ovejas.
A partir de ese momento desapareció la protección humana. Los animales que enfermaban, tenían dificultades para reproducirse o no soportaban las condiciones de la isla tenían menos posibilidades de dejar descendencia. Después de varias generaciones, la población empezó a mostrar características llamativas.
Aprendieron incluso a librarse solas de su lana

Una de las adaptaciones documentadas fue particularmente útil para un animal que ya no tenía a nadie dispuesto a esquilarlo.
Las ovejas de Campbell Island desarrollaron una mayor tendencia a desprenderse de parte de su vellón por sí mismas. También se documentó resistencia a la podredumbre de las pezuñas (foot rot), una enfermedad especialmente problemática en ambientes húmedos. Te Ara, la enciclopedia oficial de Nueva Zelanda, señala explícitamente ambas características como rasgos evolucionados dentro de aquella población aislada.
Observadores posteriores describieron además animales resistentes y corderos especialmente vigorosos. Algunos descendientes conservados en Nueva Zelanda también se hicieron conocidos por comportamientos poco habituales, como hembras que podían parir de pie y crías capaces de caminar muy poco después de nacer. Sin embargo, no todos esos rasgos pueden atribuirse exclusivamente a las décadas de selección natural en Campbell Island.
Por fuera seguían pareciendo ovejas bastante normales. Genéticamente y desde el punto de vista de conservación ganadera, aquella población ya era otra historia.
El problema es que también se habían vuelto demasiado buenas sobreviviendo
Campbell Island no había evolucionado con grandes herbívoros terrestres capaces de consumir su vegetación. Décadas de pastoreo alteraron gravemente las comunidades vegetales autóctonas, provocaron erosión y llegaron a preocupar incluso por sus efectos sobre zonas utilizadas para anidar por los albatros reales.
La isla fue declarada reserva natural en 1954 y la supervivencia de las ovejas comenzó a chocar directamente con la conservación del ecosistema.
En 1970 se construyó una valla que dividió parte de la isla y comenzó la eliminación progresiva del rebaño. Hacia 1980 quedaban aproximadamente 3.000 animales, muchos de los cuales fueron abatidos para permitir que la vegetación se recuperara. Los últimos ejemplares salvajes fueron eliminados en las campañas posteriores, completándose la erradicación entre finales de los años 80 y comienzos de los 90. Pero los científicos no quisieron perder todo lo que aquellas décadas habían producido.
Durante el verano de 1975-1976 seleccionaron diez ovejas y las trasladaron a Nueva Zelanda continental. Sus descendientes se mantuvieron posteriormente como una raza rara separada, conservando fuera de la isla una pequeña muestra genética de aquel experimento involuntario.
La paradoja es difícil de mejorar: los humanos introdujeron ovejas en una isla, las abandonaron cuando dejaron de ser rentables y décadas después regresaron para eliminarlas porque habían aprendido demasiado bien a vivir allí. Antes de hacerlo, guardaron diez.