La evolución suele imaginarse como un proceso tan lento que hacen falta miles o millones de años para observar sus resultados. Sin embargo, cuando la presión ambiental es suficientemente intensa, la selección natural puede producir cambios medibles en apenas unas generaciones.
Las ciudades constituyen un ejemplo extraordinario. Temperaturas más altas, edificios, carreteras, contaminación acústica, iluminación nocturna y presencia humana crean condiciones completamente diferentes de aquellas en las que evolucionaron muchas especies.
Una revisión publicada en Science ya señalaba que los ambientes urbanos pueden alterar procesos evolutivos, mientras investigaciones posteriores han encontrado patrones similares en ciudades de todo el planeta.
Los juncos urbanos están desarrollando alas más pequeñas
Los juncos ojioscuros (Junco hyemalis) ofrecen uno de los ejemplos más interesantes.
Una población comenzó a reproducirse de manera permanente en el campus de la Universidad de California en San Diego a principios de los años 80. Décadas después, aquellos pájaros urbanos presentan diferencias respecto de poblaciones de montaña cercanas.
Estudios anteriores encontraron alas y colas más cortas y una menor superficie blanca en las plumas externas de la cola. Un trabajo más reciente que comparó poblaciones del sur de California encontró además una relación consistente entre mayor presencia de construcciones y alas más cortas.
Pero existe un matiz importante: no sabemos que cada cambio sea específicamente una adaptación para “maniobrar entre edificios”. En evolución urbana intervienen simultáneamente selección natural, comportamiento, plasticidad y efectos fundadores.

Las carreteras parecen haber seleccionado golondrinas más ágiles
Un caso todavía más llamativo ocurrió con las golondrinas risqueras de Nebraska.
Durante 30 años, investigadores observaron que disminuía drásticamente el número de aves atropelladas cerca de carreteras. Al comparar ejemplares muertos con la población general encontraron algo peculiar: las víctimas tendían a tener alas más largas, mientras que la longitud promedio de las alas de la población fue disminuyendo.
La hipótesis es que unas alas algo más cortas permiten despegar con mayor verticalidad y realizar maniobras rápidas, aumentando la probabilidad de esquivar vehículos.
En pocas décadas, una carretera pudo convertirse así en una nueva presión de selección.
Las lagartijas de Puerto Rico están aprendiendo a vivir sobre vidrio y cemento
Las ciudades también están cambiando físicamente a algunos reptiles.
Las poblaciones urbanas del anolis crestado (Anolis cristatellus) de Puerto Rico muestran extremidades relativamente largas y almohadillas adhesivas mayores que las de poblaciones forestales.
Tiene sentido: desplazarse por paredes, vidrio y metal exige capacidades diferentes a agarrarse a ramas y troncos.
Lo más importante es que los investigadores han encontrado paralelismo genómico entre distintas poblaciones urbanas, reforzando la idea de que no se trata únicamente de animales modificando su comportamiento. Hay señales de evolución contemporánea asociada a la ciudad.

El cambio climático también está cambiando el color de los búhos
No todas las presiones proceden directamente del hormigón.
En Finlandia, décadas de seguimiento del cárabo común (Strix aluco) mostraron que los ejemplares marrones aumentaron frente a los grises durante un periodo en el que los inviernos se hicieron más cálidos y disminuyó la nieve.
El color tiene un componente hereditario, y el análisis concluyó que la mejor supervivencia de los individuos marrones durante inviernos suaves era la explicación más probable de aquel cambio poblacional.
Estudios posteriores con más de 40 años de información han confirmado que la dinámica del color es compleja, pero sigue mostrando cómo el clima puede modificar las presiones selectivas en periodos sorprendentemente cortos.

Evolucionar rápidamente no significa estar a salvo
Estos ejemplos necesitan una última precaución: no todo cambio observado en un animal es evolución. Algunas modificaciones son respuestas individuales al ambiente y desaparecen en la siguiente generación.
Para hablar de evolución rápida hacen falta evidencias de cambios heredables o de selección actuando sobre características genéticas.
Y tampoco todas las especies tienen suficiente diversidad genética, reproducción rápida o poblaciones grandes para responder a la velocidad actual del cambio ambiental.
La naturaleza puede evolucionar en décadas. El verdadero interrogante es otro: si el planeta continúa cambiando tan deprisa, cuántas especies conseguirán hacerlo a tiempo.