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Ciencia

Eliminar una especie invasora puede provocar un desastre inesperado: la paradoja que complica la conservación

Eliminar una especie invasora parece, en principio, una buena noticia para cualquier ecosistema. Pero después de décadas conviviendo con ella, las relaciones entre depredadores, presas y plantas pueden haber cambiado tanto que retirarla de golpe desencadene consecuencias inesperadas. Una remota isla australiana ofrece uno de los ejemplos más famosos.
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Un ecosistema no tiene botón de reinicio

Cuando una especie invasora llega a un territorio puede desplazar especies autóctonas, modificar hábitats y alterar completamente las cadenas alimentarias.

Por eso, su erradicación es una herramienta fundamental de conservación.

El problema aparece cuando ese organismo lleva décadas —o incluso siglos— formando parte del ecosistema. Durante ese tiempo pueden surgir nuevas relaciones: depredadores autóctonos comienzan a alimentarse de él, otras especies invasoras pasan a estar controladas por su presencia e incluso algunas plantas o animales pueden aprovechar estructuras creadas por el recién llegado.

Las invasiones pueden modificar de manera profunda las redes alimentarias, creando relaciones directas e indirectas que hacen que eliminar una sola pieza tenga efectos mucho más allá de esa especie.

Eliminar una especie invasora puede provocar un desastre inesperado: la paradoja que complica la conservación
© Animales que Costaron Millones – Youtube.

Macquarie Island: gatos, conejos y un enorme problema

Uno de los casos más conocidos ocurrió en Macquarie Island, una isla subantártica situada entre Australia y la Antártida.

Durante el siglo XIX llegaron allí diferentes especies introducidas, entre ellas gatos, conejos, ratas y ratones. Los gatos se convirtieron en una amenaza especialmente grave para las aves marinas. Tras décadas de control, el último gato fue eliminado alrededor del año 2000. Después ocurrió algo preocupante.

La población de conejos aumentó con fuerza y enormes extensiones de vegetación comenzaron a sufrir una intensa presión de pastoreo. Un estudio publicado en 2009 interpretó el fenómeno como una cascada trófica: al desaparecer uno de sus depredadores, los conejos habrían aumentado y terminado alterando el paisaje.

Sin embargo, la historia resultó ser más compleja.

No todo fue culpa de eliminar los gatos

Otros investigadores señalaron que el crecimiento de los conejos no podía explicarse únicamente por la desaparición de los felinos.

Durante años, la población de conejos también había sido controlada mediante el virus de la mixomatosis. Ese programa perdió eficacia y acabó interrumpiéndose. A ello se sumaron una mayor disponibilidad de vegetación y posibles variaciones climáticas.

En otras palabras, eliminar a los gatos probablemente fue una pieza del rompecabezas, pero no necesariamente la única causa del aumento de conejos.

Precisamente eso hace que Macquarie sea tan interesante: demuestra lo difícil que puede ser predecir las consecuencias de intervenir en un ecosistema ocupado por varias especies invasoras.

La solución fue eliminar varias especies a la vez

Finalmente, Australia emprendió una intervención mucho más ambiciosa.

En lugar de actuar sobre una única especie, lanzó un programa para erradicar conjuntamente conejos, ratas y ratones mediante cebos, cazadores y perros detectores.

La isla fue declarada libre de esas plagas en 2014. Diez años después, la recuperación de la vegetación era descrita por los responsables del programa como extraordinaria y varias especies de aves marinas estaban recuperando terreno.

Eliminar sigue siendo necesario, pero hay que mirar todo el sistema

Nada de esto significa que las especies invasoras deban mantenerse porque hayan terminado formando parte de una red ecológica.

Las erradicaciones han producido enormes beneficios para la biodiversidad en multitud de lugares. La lección es otra: una invasión modifica el ecosistema y eliminar al invasor no hace que el pasado reaparezca automáticamente. Antes de intervenir hay que entender quién se alimenta de quién, qué especies están compitiendo entre ellas y qué ocurrirá cuando una de esas relaciones desaparezca.

En conservación, a veces quitar una pieza problemática es sencillo.

Lo verdaderamente difícil es saber qué otras piezas se moverán después.

 

 

Fuente: Investigación y Desarrollo.

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