Un ecosistema no tiene botón de reinicio
Cuando una especie invasora llega a un territorio puede desplazar especies autóctonas, modificar hábitats y alterar completamente las cadenas alimentarias.
Por eso, su erradicación es una herramienta fundamental de conservación.
El problema aparece cuando ese organismo lleva décadas —o incluso siglos— formando parte del ecosistema. Durante ese tiempo pueden surgir nuevas relaciones: depredadores autóctonos comienzan a alimentarse de él, otras especies invasoras pasan a estar controladas por su presencia e incluso algunas plantas o animales pueden aprovechar estructuras creadas por el recién llegado.
Las invasiones pueden modificar de manera profunda las redes alimentarias, creando relaciones directas e indirectas que hacen que eliminar una sola pieza tenga efectos mucho más allá de esa especie.

Macquarie Island: gatos, conejos y un enorme problema
Uno de los casos más conocidos ocurrió en Macquarie Island, una isla subantártica situada entre Australia y la Antártida.
Durante el siglo XIX llegaron allí diferentes especies introducidas, entre ellas gatos, conejos, ratas y ratones. Los gatos se convirtieron en una amenaza especialmente grave para las aves marinas. Tras décadas de control, el último gato fue eliminado alrededor del año 2000. Después ocurrió algo preocupante.
La población de conejos aumentó con fuerza y enormes extensiones de vegetación comenzaron a sufrir una intensa presión de pastoreo. Un estudio publicado en 2009 interpretó el fenómeno como una cascada trófica: al desaparecer uno de sus depredadores, los conejos habrían aumentado y terminado alterando el paisaje.
Sin embargo, la historia resultó ser más compleja.
No todo fue culpa de eliminar los gatos
Otros investigadores señalaron que el crecimiento de los conejos no podía explicarse únicamente por la desaparición de los felinos.
Durante años, la población de conejos también había sido controlada mediante el virus de la mixomatosis. Ese programa perdió eficacia y acabó interrumpiéndose. A ello se sumaron una mayor disponibilidad de vegetación y posibles variaciones climáticas.
En otras palabras, eliminar a los gatos probablemente fue una pieza del rompecabezas, pero no necesariamente la única causa del aumento de conejos.
Precisamente eso hace que Macquarie sea tan interesante: demuestra lo difícil que puede ser predecir las consecuencias de intervenir en un ecosistema ocupado por varias especies invasoras.
La solución fue eliminar varias especies a la vez
Finalmente, Australia emprendió una intervención mucho más ambiciosa.
En lugar de actuar sobre una única especie, lanzó un programa para erradicar conjuntamente conejos, ratas y ratones mediante cebos, cazadores y perros detectores.
La isla fue declarada libre de esas plagas en 2014. Diez años después, la recuperación de la vegetación era descrita por los responsables del programa como extraordinaria y varias especies de aves marinas estaban recuperando terreno.
📖Published!
Assessing the success of a horizon scanning approach in predicting invasive non-native species arrival🐀
This paper highlights the importance of citizen science, biological recording, and of local expertise for detecting INNS👇️https://t.co/IwsqTcNZer pic.twitter.com/uAMSNQdzSt
— Journal of Applied Ecology (@JAppliedEcology) February 2, 2026
Eliminar sigue siendo necesario, pero hay que mirar todo el sistema
Nada de esto significa que las especies invasoras deban mantenerse porque hayan terminado formando parte de una red ecológica.
Las erradicaciones han producido enormes beneficios para la biodiversidad en multitud de lugares. La lección es otra: una invasión modifica el ecosistema y eliminar al invasor no hace que el pasado reaparezca automáticamente. Antes de intervenir hay que entender quién se alimenta de quién, qué especies están compitiendo entre ellas y qué ocurrirá cuando una de esas relaciones desaparezca.
En conservación, a veces quitar una pieza problemática es sencillo.
Lo verdaderamente difícil es saber qué otras piezas se moverán después.