Una granja en uno de los lugares más inhóspitos del planeta
Campbell Island se encuentra en el océano Austral, a más de 600 kilómetros al sur de Nueva Zelanda. Su clima frío, húmedo y extremadamente ventoso nunca hizo fácil la ganadería.
Las primeras ovejas llegaron en 1895 y, durante las décadas siguientes, se incorporaron miles de ejemplares procedentes de cruces de merinos, Lincoln y Leicester.
El último gran intento de mantener la explotación llegó en 1927, cuando el ganadero John Warren introdujo alrededor de 5.000 animales. Pero la caída de los precios de la lana y la carne, el aislamiento y los enormes costes terminaron haciendo inviable el negocio.
En 1931, Warren abandonó la isla. Detrás quedaron aproximadamente 4.000 ovejas.

De ganado doméstico a población salvaje
Desde ese momento desaparecieron los pastores, la alimentación suplementaria, el esquileo y la selección realizada por humanos.
Las condiciones de Campbell Island pasaron a decidir qué animales sobrevivían y cuáles conseguían reproducirse.
La población sufrió inicialmente una gran reducción. Después de haber superado los 8.000 ejemplares durante los años de explotación ganadera, hacia 1961 quedaban alrededor de 1.000 ovejas. Durante la década siguiente volvieron a aumentar hasta acercarse a las 3.000. Aquellas décadas de aislamiento convirtieron al rebaño en una especie de experimento involuntario de selección natural.
Ovejas capaces de sobrevivir prácticamente solas
Los animales que permanecieron en la isla presentaban algunas características especialmente útiles para vivir sin intervención humana.
Se documentó, por ejemplo, una mayor capacidad para desprenderse parcialmente del vellón por sí mismas, algo importante en una población que ya no era esquilada. También se observaron animales capaces de reproducirse a edades relativamente tempranas y cierta resistencia frente a enfermedades de las pezuñas. Con el tiempo se describieron incluso comportamientos llamativos, como hembras que podían parir de pie y corderos particularmente activos poco después del nacimiento.
Eso no significa que todas esas características surgieran exclusivamente durante los años de aislamiento, pero sí que los animales mejor adaptados tuvieron más oportunidades de dejar descendencia.
El problema era que estaban destruyendo la isla
Lo que resultaba interesante desde el punto de vista biológico era desastroso para el ecosistema.
La vegetación nativa de Campbell Island había evolucionado sin grandes herbívoros terrestres. Miles de ovejas alimentándose libremente durante décadas modificaron profundamente varias comunidades vegetales.
Cuando la isla fue declarada reserva natural en 1954, comenzó a plantearse un conflicto inevitable: conservar las ovejas significaba mantener una especie introducida que estaba dañando un ecosistema único. La decisión fue eliminarlas.
A comienzos de los años setenta se construyó una valla que dividió parte de la isla y comenzaron las campañas de erradicación. La separación permitió además comparar directamente cómo se recuperaba la vegetación en las zonas donde las ovejas desaparecían.
Antes de eliminarlas, salvaron diez
Sin embargo, los investigadores tampoco querían perder por completo aquella población singular.
Durante los veranos de 1975 y 1976 se seleccionaron diez ovejas y se trasladaron a Nueva Zelanda continental.
Sus descendientes fueron criados como una población separada y hoy las llamadas Campbell Island sheep se consideran una raza rara con interés genético y de conservación. Mientras tanto, la población salvaje de la isla terminó siendo erradicada y la vegetación nativa comenzó a recuperar el terreno perdido.
La historia tiene así una extraña paradoja: las ovejas tuvieron que desaparecer de Campbell Island precisamente porque habían conseguido adaptarse demasiado bien a ella.
Los humanos las introdujeron, las abandonaron y, décadas después, regresaron para eliminarlas. Pero antes se llevaron una pequeña muestra de aquel experimento evolutivo accidental para conservarla fuera de la isla.