Nueva Zelanda lleva décadas eliminando animales invasores de pequeñas islas. Ha conseguido hacerlo en más de 110 territorios insulares, convirtiéndolos después en refugios para especies amenazadas. Pero lo que prepara ahora juega directamente en otra liga.
Tres enormes proyectos apuntan a Maukahuka/Auckland Island, Rakiura/Stewart Island y las islas Chatham. Cada una de estas zonas es entre cuatro y 15 veces mayor que Campbell Island, la mayor isla neozelandesa de la que hasta ahora se habían eliminado plagas. Algunas, además, están habitadas, tienen montañas, bosques prácticamente impenetrables y un clima capaz de complicar cualquier operación durante semanas.
El objetivo es sencillo de describir y extraordinariamente difícil de ejecutar: encontrar y eliminar hasta el último ejemplar de varias especies invasoras y después impedir que regresen.
Hay una isla de 46.000 hectáreas donde quieren encontrar hasta el último ratón

Maukahuka/Auckland Island permite entender la magnitud del desafío. Está situada unos 465 kilómetros al sur de Nueva Zelanda, mide aproximadamente 46.000 hectáreas y alberga más de 500 especies autóctonas de plantas y animales. Más de 100 no existen en ningún otro lugar del planeta.
Hace unos 200 años llegaron allí cerdos, gatos y ratones. Desde entonces, los tres han transformado el ecosistema. Los cerdos remueven enormes extensiones de suelo y destruyen vegetación; gatos y ratones depredan aves, polluelos e invertebrados. El DOC calcula que decenas de especies de aves que antiguamente utilizaban la isla han desaparecido de ella o sobreviven únicamente en pequeños islotes cercanos.
Uno de los efectos más espectaculares se ve en las llamadas megahierbas subantárticas. Estas enormes plantas con flores llegaron a cubrir partes del paisaje, pero los cerdos las han reducido en muchos lugares a ejemplares aislados situados donde no consiguen alcanzarlos. El sueño del proyecto es que vuelvan a aparecer campos de plantas con flores que pueden alcanzar la altura del pecho de una persona.
Y hacerlo supone literalmente rastrear decenas de miles de hectáreas. En 2026, equipos del DOC ya trabajan con redes de cámaras y nuevos cebos para estudiar a los gatos salvajes como parte de una operación que, si sigue adelante con éxito, se extenderá durante años.
En Rakiura la recompensa podría ser devolver a uno de los pájaros más extraños del planeta

A unos cientos de kilómetros aparece otro objetivo gigantesco: Rakiura/Stewart Island, la tercera isla más grande de Nueva Zelanda. Aquí quieren erradicar ratas, zarigüeyas, gatos salvajes y erizos. El DOC lo describe como el proyecto de eliminación de depredadores más grande y complejo jamás planteado en una isla habitada.
La recompensa tiene nombre propio: kākāpō.
Este loro nocturno, incapaz de volar y uno de los pájaros más raros del mundo, vivió históricamente en Rakiura. La presión de los depredadores obligó a trasladar sus poblaciones supervivientes a pequeñas islas libres de mamíferos invasores. El problema es que esas reservas tienen espacio limitado. Conforme aumenta la población, encontrar nuevos territorios seguros se ha convertido en uno de los mayores obstáculos para su recuperación.
Rakiura podría cambiarlo todo: ofrece un hábitat enorme dentro de la antigua distribución natural del kākāpō. Pero antes debe convertirse en un lugar donde un ave que no puede volar vuelva a caminar por el bosque sin convertirse en presa fácil.
El plan no termina con matar depredadores: quieren reconstruir ecosistemas completos
Las Chatham completan el gigantesco experimento. Allí los proyectos persiguen gatos salvajes, zarigüeyas y, a largo plazo, ratas para proteger especies como el tāiko de las Chatham, un ave marina en peligro crítico que anida en madrigueras y cuyos polluelos pueden ser atacados bajo tierra por los roedores.
La idea va más allá de salvar animales individuales. Cuando vuelven grandes colonias de aves marinas, también regresan los nutrientes que transportan desde el océano hacia tierra firme. El suelo cambia, la vegetación responde y partes enteras del ecosistema pueden comenzar a reconstruirse.
Eso es lo que convierte estos proyectos en algo mucho mayor que una campaña contra ratas o gatos. Nueva Zelanda está intentando comprobar si es posible retroceder siglos de invasiones biológicas a una escala que nunca había afrontado.
Si lo consigue, en algunos de esos lugares el resultado podría parecer casi imposible: bosques nuevamente llenos de aves, kākāpō caminando por una isla de la que desaparecieron y enormes campos de flores subantárticas creciendo donde durante generaciones apenas consiguieron sobrevivir.