Hay especies que se salvan por suerte y otras que se salvan a fuerza de trabajo, tecnología y paciencia. El kakapo, o kākāpō en lengua maorí, pertenece claramente al segundo grupo. A mediados de los años 90, este loro de Nueva Zelanda estaba prácticamente sentenciado: solo quedaban 51 ejemplares. Hoy su población oficial alcanza los 325 individuos, la cifra más alta desde que comenzó su programa de recuperación. Según las autoridades neozelandesas, la última vez que hubo más de 300 kakapos pudo haber sido hace unos 75 años.
El último impulso llegó con una temporada reproductiva histórica. Según el Departamento de Conservación de Nueva Zelanda (DOC), 90 pichones nacidos en 2026 se sumaron al conteo oficial el 1 de septiembre, cuando el más joven de los sobrevivientes cumplió 150 días, la edad a la que se los considera independientes. «Noventa pichones en una sola temporada es un récord», destacó Deidre Vercoe, responsable de operaciones del programa.
Un loro que no se parece a ningún otro

El kakapo es una rareza evolutiva. Es el loro más pesado del mundo, no puede volar y es principalmente nocturno. Evolucionó durante millones de años en islas sin mamíferos depredadores, por lo que su estrategia de defensa ante el peligro era quedarse inmóvil y confiar en su plumaje verde musgo para camuflarse.
Esa estrategia funcionaba bien contra las aves rapaces, pero se volvió fatal cuando los humanos llevaron a Nueva Zelanda gatos, ratas y armiños. Los kakapos, que además se reproducen de forma muy lenta y solo en algunos años, no tuvieron forma de adaptarse.
La operación de rescate
La recuperación empezó con una decisión drástica: trasladar a todos los ejemplares que quedaban a islas libres de depredadores, como Whenua Hou, también conocida como isla Codfish, y Pukenui, o isla Anchor. Allí cada ave es monitoreada individualmente y tiene su propio nombre.
Cuando el ritmo de recuperación resultó demasiado lento, los equipos sumaron otras herramientas: crianza a mano de pichones, madres sustitutas, inseminación artificial y transmisores colocados como pequeñas mochilas, que registran la ubicación y el nivel de actividad de cada ave.
Un genoma para cada ejemplar

Uno de los avances más innovadores fue la genética. Los científicos secuenciaron el genoma de todos los kakapos vivos, algo que se hizo con muy pocas especies en el mundo. Con esa información pueden decidir qué parejas conviene formar para mantener la mayor diversidad genética posible y evitar los problemas de la endogamia en una población que pasó por un cuello de botella tan extremo.
Hoy, la estrategia empieza a cambiar. «Nuestro foco está cada vez más en determinar dónde todavía se necesita una intervención intensiva», explicó Tāne Davis, representante del pueblo maorí Ngāi Tahu en el equipo de recuperación. Con más aves, el objetivo es que la especie dependa cada vez menos de la asistencia humana.
Todavía en peligro
El kakapo sigue en peligro crítico de extinción y su futuro todavía depende de la protección de las islas donde vive y de la búsqueda de nuevos territorios para una población en crecimiento. Pero su historia se volvió un ejemplo mundial de que una especie al borde de la desaparición puede recuperarse cuando la ciencia, la tecnología y la constancia trabajan juntas.