En noviembre de 2009, un camión llegó al norte de Chihuahua después de recorrer durante 24 horas buena parte de Estados Unidos y México. En su interior viajaban 23 bisontes americanos procedentes del parque nacional Wind Cave, en Dakota del Sur. No era un traslado ganadero convencional. Aquellos animales eran el comienzo de uno de los experimentos de restauración ecológica más ambiciosos del desierto de Chihuahua.
Los bisontes fueron liberados en la reserva ecológica El Uno, dentro de la Reserva de la Biosfera de Janos. La operación involucró a organismos mexicanos, agencias estadounidenses y organizaciones conservacionistas que buscaban devolver la especie a una región donde apenas sobrevivía una pequeña manada transfronteriza.
Diecisiete años después, la población de Janos supera los 460 ejemplares. El programa mexicano acumula más de 600 bisontes distribuidos en tres poblaciones, mientras se prepara una cuarta en Sonora. Sobre el papel, el rescate parece espectacular. El problema es que todos esos números esconden otro mucho más pequeño: 23.
Una manada enorme puede seguir siendo genéticamente diminuta

Los fundadores de Janos no eran animales cualquiera. Wind Cave conserva una de las poblaciones de bisonte más valiosas de Norteamérica, con una elevada diversidad y sin indicios conocidos de cruzamiento con ganado doméstico. El Servicio de Parques Nacionales estadounidense los seleccionó precisamente por ese motivo. Pero incluso una buena representación genética puede quedarse corta cuando procede de tan pocos individuos.
Un equipo encabezado por Joel Domínguez-Viveros analizó el ADN de 174 bisontes de las poblaciones mexicanas. Los investigadores estudiaron miles de marcadores genéticos y calcularon el tamaño efectivo de la población: el número de animales que realmente está transmitiendo diversidad a la siguiente generación.
La conclusión introduce una sombra sobre el éxito: el tamaño efectivo estimado implica un aumento potencial de la consanguinidad cercano al 4% por generación. Eso no significa que los bisontes estén enfermos ni que la población vaya a colapsar inmediatamente. Significa que dejarla crecer sin gestionar sus cruces podría hacerla cada vez más homogénea, reduciendo su capacidad para responder a enfermedades, sequías o cambios ambientales.
Contar cabezas, por tanto, no basta. Habrá que vigilar parentescos, mover ejemplares entre reservas e incorporar animales no emparentados cuando sea necesario.
Cuatro Ciénegas muestra todo lo que pueden cambiar en solo nueve meses

El potencial ecológico del proyecto quedó especialmente visible en noviembre de 2025, cuando 44 bisontes de Janos fueron trasladados a El Santuario, una reserva privada próxima a Cuatro Ciénegas. Otros tres ejemplares se incorporaron desde el Museo del Desierto.
Nueve meses después habían nacido ocho crías. La organización responsable asegura que reaparecieron pastos, escarabajos peloteros y fauna que llevaba años sin ser captada por sus cámaras, incluidos pumas, linces y pecaríes. También observó aves recogiendo lana de bisonte para construir sus nidos.
Tiene sentido ecológico. Las pezuñas rompen la costra superficial, los revolcaderos forman depresiones que retienen agua y el estiércol devuelve nutrientes al suelo. En las praderas de Kansas, un estudio de casi tres décadas comprobó que la presencia del bisonte llegó a duplicar la riqueza de plantas nativas. Pero Cuatro Ciénegas no es Kansas y nueve meses todavía son muy pocos para proclamar que el desierto se ha recuperado. Además, El Santuario es un espacio cercado de 3.750 hectáreas y carece de lobos, por lo que una población creciente también podría terminar ejerciendo demasiada presión sobre la vegetación.
México ya demostró que puede devolver cientos de bisontes al paisaje. La segunda parte será más complicada: evitar que todos acaben siendo versiones genéticamente demasiado parecidas de aquellos mismos 23 viajeros.