A miles de kilómetros bajo nuestros pies existe un mundo que ningún ser humano ha visto directamente. Allí, las rocas soportan presiones descomunales, las temperaturas alcanzan valores extremos y el interior del planeta cambia lentamente de forma. Ahora, una inteligencia artificial encontró señales de que ese territorio oculto es mucho más complejo de lo que se creía.
Un equipo de investigadores chinos analizó más de dos millones de registros sísmicos recopilados durante 34 años. El resultado fue la detección de seis regiones desconocidas a unos 2.900 kilómetros de profundidad, muy cerca de la frontera donde el manto terrestre se encuentra con el núcleo externo líquido.
Por el momento, los científicos no saben con precisión qué contienen esas estructuras. Sin embargo, las primeras hipótesis abren posibilidades sorprendentes: podrían albergar restos de placas tectónicas desaparecidas, materiales preservados desde la juventud de la Tierra o incluso fragmentos relacionados con la colisión que habría dado origen a la Luna.
Un territorio que solo puede explorarse mediante terremotos
Llegar físicamente hasta esas profundidades está fuera del alcance de la tecnología actual. La perforación más profunda realizada por el ser humano apenas superó los 12 kilómetros, una distancia insignificante frente a los aproximadamente 2.900 kilómetros que separan la superficie del límite entre el núcleo y el manto.
Para observar esa región, los geólogos recurren a las ondas producidas por los terremotos. Estas vibraciones atraviesan distintas capas del planeta y modifican su velocidad, dirección e intensidad según los materiales que encuentran. En la práctica, funcionan como una especie de radiografía natural del interior terrestre.

El nuevo estudio, publicado en Journal of Geophysical Research: Solid Earth, se concentró en señales particularmente débiles conocidas como precursores de ondas PKP. Estas aparecen cuando determinadas ondas sísmicas atraviesan el núcleo externo líquido y se dispersan al chocar con pequeñas irregularidades situadas en las profundidades.
El problema es que esos precursores llegan poco antes que las ondas principales y pueden pasar fácilmente inadvertidos entre millones de datos. Durante décadas, encontrarlos requirió una revisión manual lenta y compleja, influida además por la interpretación de cada especialista.
La inteligencia artificial cambió esa situación. Los investigadores entrenaron un modelo de aprendizaje profundo con señales que ya habían sido clasificadas por expertos. Después revisaron sus errores, corrigieron los resultados y volvieron a incorporar esa información al sistema para aumentar progresivamente su precisión.
Dos millones de registros revelaron un mapa inesperado
Una vez entrenada, la herramienta examinó información procedente de casi 5.000 terremotos registrados entre 1990 y 2024. En total, identificó 174.929 precursores PKP de alta calidad, más de diez veces la cantidad reunida por estudios anteriores.
Esa enorme base de datos permitió observar el manto profundo con un nivel de detalle mucho mayor. Algunas anomalías que antes parecían pequeñas estructuras aisladas comenzaron a mostrar conexiones entre sí. En lugar de estar distribuidas al azar, varias podrían formar extensos cinturones cerca del límite con el núcleo.
Pero la mayor sorpresa fue la aparición de seis regiones con heterogeneidades significativas que no habían sido documentadas. Las anomalías se encontrarían bajo zonas como las altas latitudes de Eurasia, Asia Central y el Atlántico Sur. A partir de ahora, esos sectores se convertirán en objetivos prioritarios para estudios de mayor resolución.
La región donde fueron detectadas es una de las fronteras más activas y enigmáticas del planeta. Por encima se encuentra el manto inferior, compuesto por rocas sólidas capaces de deformarse lentamente. Debajo está el núcleo externo, una gigantesca capa de hierro y níquel fundidos.
En ese límite se producen cambios bruscos de temperatura, densidad y composición. El calor que escapa del núcleo alimenta los movimientos del manto y favorece la formación de plumas mantélicas, columnas de material caliente que pueden ascender y tener efectos sobre la actividad volcánica de la superficie.
La explicación podría estar en el pasado más remoto del planeta
Una posibilidad es que las estructuras sean acumulaciones termoquímicas: grandes concentraciones de materiales con características diferentes de las rocas que las rodean. Su origen podría remontarse a procesos geológicos ocurridos hace cientos o incluso miles de millones de años.
Algunas anomalías quizá estén formadas por antiguas placas tectónicas hundidas mediante la subducción. Cuando una placa se introduce debajo de otra, parte de la corteza oceánica, los sedimentos y otros materiales son arrastrados hacia el manto. Con suficiente tiempo, esos fragmentos podrían alcanzar regiones cercanas al núcleo y acumularse allí.
También podrían intervenir transformaciones minerales, procesos de fusión parcial o la separación de componentes químicos causada por las enormes presiones y temperaturas. A semejante profundidad, los materiales no necesariamente se comportan como lo hacen cerca de la superficie.
La hipótesis más intrigante, aunque todavía no ha sido comprobada, involucra a Theia. Este hipotético protoplaneta, de un tamaño similar al de Marte, habría chocado contra la Tierra hace unos 4.500 millones de años. El impacto habría expulsado el material que terminó formando la Luna, mientras que algunos restos podrían haber quedado atrapados en el interior terrestre.
Determinar si las seis estructuras guardan relación con aquel choque requerirá nuevas observaciones. Sin embargo, el hallazgo demuestra que décadas de registros sísmicos todavía contienen información sin explorar. Gracias a la inteligencia artificial, los científicos ahora pueden recuperar esas señales ocultas y reconstruir, poco a poco, una historia de la Tierra escrita en lugares que nunca podremos visitar.