Desde cientos de kilómetros de altura, el desierto de Atacama debería parecer relativamente sencillo: kilómetros de tonos ocres y marrones interrumpidos por carreteras, poblaciones y explotaciones mineras.
Hay un lugar cerca de Alto Hospicio, en el norte de Chile, donde aparece algo completamente diferente. Un enorme parche multicolor formado por montañas de ropa abandonada.
SkyFi, una compañía especializada en proporcionar imágenes de observación terrestre, localizó el vertedero y obtuvo una fotografía satelital de 50 centímetros de resolución. Desde arriba pueden distinguirse las enormes acumulaciones textiles e incluso compararse sus dimensiones con la ciudad cercana.
La imagen resulta impactante. La historia que explica cómo acabó toda esa ropa en uno de los lugares más áridos del planeta lo es todavía más.
La ropa puede recorrer medio mundo antes de acabar tirada en Atacama

Durante años, el norte de Chile se ha convertido en uno de los grandes nodos del comercio internacional de ropa usada y prendas que nunca encontraron comprador.
Una parte importante llega al puerto de Iquique, aprovechando su zona franca. Las prendas pueden haber sido fabricadas originalmente en China o Bangladesh, enviadas posteriormente a mercados de Estados Unidos, Europa o Asia y, después de no venderse o ser descartadas, recorrer miles de kilómetros nuevamente hasta Sudamérica.
Allí comienza una nueva selección.
La ropa que todavía tiene valor comercial puede venderse en Chile o volver a exportarse hacia otros mercados. El problema aparece con todo aquello que nadie quiere.
Las estimaciones históricas más citadas indican que alrededor de 59.000 toneladas de ropa llegaban anualmente a Iquique y unas 39.000 terminaban en vertederos del desierto.
Conviene hacer aquí una precisión: esas 39.000 toneladas no representan necesariamente el peso exacto de una única montaña fotografiada desde el espacio. Es una estimación del volumen anual de textiles que acababa siendo desechado en la región. Y el flujo no parece haberse detenido. Datos posteriores muestran que Chile recibió más de 131.000 toneladas de ropa usada y excedentes textiles solo en 2022, buena parte a través de Iquique.
El problema es que una montaña de ropa no desaparece como una montaña de hojas

Atacama es extremadamente seco. Eso ayuda a preservar algunas cosas extraordinariamente bien, pero resulta bastante menos conveniente cuando hablamos de residuos textiles.
Muchas prendas modernas contienen poliéster y otras fibras sintéticas derivadas del plástico. Pueden tardar muchísimo tiempo en degradarse y, cuando los montones son quemados para intentar eliminarlos, generan humo y otros contaminantes que afectan al entorno y a las comunidades próximas.
Además, entre aquellas montañas no aparecen únicamente camisetas destrozadas después de diez años de uso.
Se han documentado prendas prácticamente nuevas e incluso con sus etiquetas originales, una consecuencia especialmente absurda del exceso de producción: fabricar algo, transportarlo entre continentes y terminar enterrándolo en arena sin que nadie haya llegado a utilizarlo.
Chile ha empezado a responder al problema. En 2025 incorporó los textiles a su sistema de responsabilidad extendida del productor, una estrategia destinada a que importadores y productores asuman progresivamente más responsabilidad sobre lo que ocurre con esos productos cuando se convierten en residuos.
La imagen desde el espacio es probablemente la mejor explicación de la fast fashion
Durante años hemos descrito el problema de la moda rápida mediante estadísticas: compramos más prendas, las utilizamos durante menos tiempo y generamos cantidades enormes de residuos. Atacama consigue transformar todas esas cifras en algo mucho más difícil de ignorar.
Un pantalón descartado parece irrelevante. Una camiseta que nadie quiso comprar también.
Millones de esas decisiones acumuladas terminan convirtiéndose en una mancha de colores sobre el desierto lo suficientemente grande como para que un satélite pueda encontrarla desde el espacio.