Desde el espacio no se distinguen las marcas ni las etiquetas. Tampoco los jerséis navideños, las botas para la nieve o los pantalones que alguien utilizó durante unos meses antes de descartarlos. Lo que aparece en las imágenes de satélite es una mancha irregular extendiéndose sobre el paisaje árido del norte de Chile.
Esa mancha está formada por toneladas de prendas abandonadas alrededor de Alto Hospicio, una ciudad situada sobre la meseta que domina el puerto de Iquique. SkyFi, una plataforma dedicada a comercializar imágenes satelitales, volvió a fotografiar el lugar en 2026 y confirmó que las enormes acumulaciones textiles continúan siendo visibles desde el espacio.
Suele hablarse de una única “montaña de 60.000 toneladas”, aunque la realidad es menos sencilla. No existe un pesaje oficial actualizado de una sola pila: las cifras mezclan estimaciones de los vertederos con el volumen de ropa que entra cada año en la región. Algunos cálculos, como el citado por The Guardian, sitúan en unas 60.000 toneladas el flujo anual histórico y estiman que decenas de miles de ellas terminaban descartadas en el desierto.
La ropa llega para tener una segunda vida, pero una parte nunca sale de Iquique

El viaje comienza en los sistemas de recogida, donación y clasificación de países ricos. Las prendas se comprimen en grandes fardos y se exportan como ropa de segunda mano hacia mercados donde, al menos sobre el papel, podrán volver a venderse.
La Unión Europea es el mayor exportador mundial de ropa usada: en 2021 concentró aproximadamente el 30% del comercio internacional, por delante de China, con un 16%, y Estados Unidos, con un 15%, según un informe conjunto de la Comisión Económica de las Naciones Unidas para Europa y la CEPAL. Eso no significa que toda la ropa de Atacama proceda de Europa: también llegan cargamentos de Estados Unidos, China, Corea del Sur y otros mercados.
Chile recibió unas 124.000 toneladas de ropa de segunda mano durante 2022, de acuerdo con Naciones Unidas. Las cifras gubernamentales más recientes sitúan las importaciones anuales alrededor de las 123.000 toneladas y consideran al país uno de los cuatro mayores importadores mundiales de estos productos.
Los cargamentos entran a través de la Zona Franca de Iquique, donde son abiertos y clasificados. Las prendas en mejor estado se venden en mercados locales, se trasladan a Santiago o se reexportan. El problema comienza con aquello que no encuentra comprador: ropa dañada, de calidad insuficiente, inadecuada para el clima o simplemente demasiado abundante para la demanda existente.
El satélite demuestra que el vertedero no es una fotografía aislada

Las imágenes más conocidas podrían dar la impresión de que el basurero apareció de forma repentina. Sin embargo, un estudio basado en datos de los satélites Sentinel-2 del programa Copernicus reconstruyó la evolución de uno de estos depósitos entre noviembre de 2016 y noviembre de 2024.
El análisis mediante teledetección y sistemas de información geográfica detectó cambios en la extensión y en la firma espectral de los residuos, confirmando que la superficie afectada fue creciendo durante esos ocho años. Los satélites no cuentan camisetas, pero sí permiten medir cómo una acumulación modifica el aspecto y las propiedades reflectantes del terreno.
La cifra europea utilizada habitualmente (26 kilos de textiles comprados y 11 descartados por habitante) procede de estimaciones anteriores. Los datos más recientes difundidos por el Parlamento Europeo indican que en 2022 cada ciudadano de la UE consumió de media unos 19 kilos de textiles y que se desechan alrededor de 12 kilos de ropa y calzado por persona cada año. La diferencia metodológica no cambia el fondo del problema: Europa genera millones de toneladas de residuos textiles y exporta una parte considerable de las prendas recogidas.
Quemar la ropa no hace desaparecer el problema
Una parte de las prendas abandonadas termina enterrada o incendiada. Cuando arden tejidos sintéticos (especialmente aquellos fabricados con poliéster y otras fibras derivadas del petróleo) se producen humos y residuos que afectan al suelo, al aire y a las comunidades cercanas.
En septiembre de 2025, el Primer Tribunal Ambiental de Chile determinó que la acumulación masiva de textiles, neumáticos y otros desechos había provocado un daño significativo en el suelo y el paisaje de varios sectores de Alto Hospicio. La sentencia responsabilizó al Estado por su falta de actuación y ordenó presentar un plan de reparación con retirada segura de residuos, recuperación del terreno y medidas para impedir nuevos vertidos.
El Estado apeló la resolución, por lo que a mediados de 2026 el proceso todavía no se encontraba definitivamente cerrado. Al mismo tiempo, Chile incorporó los textiles como producto prioritario dentro de su Ley de Responsabilidad Extendida del Productor, lo que obligará progresivamente a productores e importadores a participar en la recogida y valorización de los residuos que introducen en el mercado.
La reforma puede reducir la llegada de nuevos residuos, pero no elimina las toneladas que ya se encuentran mezcladas con arena, tierra quemada y plástico fundido. Tampoco resuelve por sí sola el desequilibrio de una industria que presenta la exportación como reutilización incluso cuando una parte de las prendas carece de un mercado real.
La montaña de Atacama no apareció porque una persona tirase una camiseta. Creció cuando millones de decisiones pequeñas se conectaron a una cadena global capaz de fabricar, vender y transportar ropa a enorme velocidad, pero incapaz de decidir quién debe hacerse cargo de ella cuando nadie vuelve a quererla.